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Los pueblos más bonitos de Italia

Por si os quedastéis con ganas de más, los pueblos más bonitos de Italia son la segunda entrega de aquel “los pueblos más bellos de Italia”. De repente caigo en la cuenta de este post cuyo título escribí hace mucho tiempo y que ha quedado en el olvido, no intencionado, claro. Aunque hay quien puede pensar que es una buena forma de enmascarar la desidia o la pereza, y tampoco puedo quitarle la razón.

 

Uno de esos pueblos más bonitos de Italia, Corciano, en Umbria, celebraba el día que lo visitamos su famoso “Agosto Corcianese”: exposiciones, conciertos, proyecciones cinemátográficas, representaciones teatrales… que culminn el 15 de agosto con el famoso Corteo del Gonfalone, un desfile en el que participa todo el pueblo, en el que se rememoran hechos acontecidos en el siglo XV, y que toma su nombre del estandarte que portaban los militares en la batalla y que era llevado en procesión para ahuyentar las epidemias, como la peste, o la pobreza.

Precisamente es el Gonfalone de Benedetto Bonfigli el que protege a la población, y se puede ver en la iglesia de Santa Maria Assunta. A ella acudimos para contemplar el magnífico retablo de la Asunción, obra de “Il Perugino”, que impresiona más si cabe entre las paredes blancas del Templo. Apenas si puedo acercarme pues se celebra la misa a esas horas y es por ello que las calles estaban vacías, tan sólo algunos jóvenes artistas que trabajan y exponen sus obras en los lugares habilitados por el Ayuntamiento, hermosos talleres entre las paredes de piedra de las casas que rodean la piazza Coragino, centro neurálgico de la ciudad que debe su nombre al que se dice fue su fundador, compañero del héroe griego Ulises por más señas.

 

 

No me extraña en absoluto que Corciano sea merecedor del distintivo de “I Borghi più belli”, pues puedo afirmar que es merecedor de estar en esa lista de los pueblos más bonitos de Italia. Enclavado en una colina, rodeado de frondosos árboles, la piedra impoluta y limpia de sus edificios, a pesar de los siglos, se torna dorada bajo el sol del mediodía.
Umbria- la sombría, pero tan sólo por la cantidad de bosques que la cubren- el corazón verde de Italia, como también se la conoce, está repleta de pueblos de los más bonitos de Italia.

Tiene Corciano, además, y toda la región, otro aliciente nada despreciable: una magnífica cocina y unos excelentes vinos, que nada tienen que envidiar a los de Toscana. En estos días de agosto se puede disfrutar en cualquiera de los restaurantes- yo llevaba anotado uno en especial “La locanda di San Michele”- de menús basados en las recetas de la cocina medieval, aunque finalmente decidimos seguir ruta y dejar la comida para una próxima ocasión.

No fue intencionado, puedo jurarlo, sino fruto de la casualidad que, en pocos días y pocos kilómetros, visitásemos un gran número de pueblos pertenecientes al selecto Club de los pueblos más bonitos de Italia, en nuestro recorrido por la región de Umbria.
Spello supera en belleza al anterior y es uno de los lugares más bonitos y con mayor encanto de cuantos he conocido.

 

Photo credit: Pilù.2008 via Foter.com / CC BY-NC-ND

 

Después de atravesar su muralla os encontraréis una sucesión de calles cuesta arriba hasta llegar a la Piazza Matteotti. Es un buen punto para reponer fuerzas, sentados en la terraza de alguna enoteca, probad los quesos… pecorinos, con trufa. De camino, no he podido evitar la visita a un par de Iglesias y oratorios. Si proponérmelo, me he tropezado con bellísimas obras de Pinturicchio y como la memoria me juega malas pasadas- ha transcurrido un año- busco en internet y concluyo que he visitado las de la Maddalena y Sant’Andrea. Y es que si algo tiene Umbria, como toda Italia, es una concentración impresionante de arte por metro cuadrado.

Pero si las obras del Perugino o de Pinturicchio no os subyugan, el recorrido por sus calles ofrece otro tipo de arte nada despreciable: la decoración floral. A pesar de que la ornametación de calles y balcones se hace desde el mes de mayo hasta primeros de julio, en agosto todavía permanece, ofreciendo una imagen de postal. Cada año, a finales del mes de junio y coincidiendo con la celebración del Corpus, las calles de Spello se cubren de pétalos de flores con los que se crean tapices que representan motivos y figuras ornamentales y litúrgicas. Los habitantes de la localidad, tras la preparación durante los días previos, cubren en una noche- la llamada noche de las flores- los 2 kilómetros que ocupará el tapiz, para que por la mañana puedan contemplarlo los miles de visitantes que se desplazan hasta allí con motivo de la celebración.

 

 

Spello será, en mi memoria y para siempre, no sólo uno de los pueblos más bonitos de Italia, sino, y sobretodo, la ciudad de las flores, en clara competencia con el distintivo de “ciudad del arte” que también posee. La rememoro cada vez que veo,  pegado en mi nevera, un bonito imán pintado a mano sobre madera, que compré a una artista local.

Bevagna posee el encanto de esos pueblos cuya vida se desarrolla entorno a las Plazas, con gente sentada a la puerta de su casa o en las mesas de cualquier bar, las vecinas que conversan frente a la carnicería, todavía con las bolsas en la mano… y cuyos veranos bullen de actividad: fiestas, conciertos en la Plaza- están montando un pequeño escenario a nuestro paso- que invitan a quedarse un rato más. Esto es así hasta tal punto que acabo de descubrir una asociación que se llama precisamente ” la Piazza”, lo que corrobora que esa primera impresión que uno se lleva al visitar Bevagna es del todo cierta.

 

Photo credit: artnbarb via Foter.com / CC BY-NC-SA

Aprovechamos para callejear, sin rumbo ni prisa, para comprar salsa tartufata y otras especialidades con trufa- he descubierto una a base de tomate, albahaca y trufa con la que acompañar la pasta… simplemente impresionante-. En mi recorrido descubro uno de esos establecimientos de toda la vida, que además presume de su antiguedad en la fachada, tanto años vendiendo carne, embutidos o pasta. Para celebrar su aniversario, expone una receta tradicional, que me resulta muy apetitosa. Os la dejo aquí, traducida, por si os animáis a hacerla y ya me contaréis:

 

 

PICCHIERILLI ALLA BEANATA

Los picchierilli son un tipo de pasta fresca de origen campesino. Están hechos con ingredientes simples como la patata y el aceite de oliva virgen. Esta receta se ha transmitido de generación en generación a través de la tradición oral, como un patrimonio a salvaguardar. En España no se conoce esta pasta, así que se puede optar por unos ñoquis (también son de patata) u otra pasta fresca gruesa.

Para 4/5 personas: 800 grs de picchierilli, 100grs de panceta o tocino de papada, 1 cebolla, aceite de oliva, 2 vasitos de vino tinto, queso parmesano o pecorino (podéis utilizar un queso de oveja curado), rúcula (a voluntad)

En una sartén, pochar la cebolla junto con la panceta o tocino, añadir un poco de agua y el vino y dejar reducir (que quede un poco de líquido)

Cocer la pasta (muy poco tiempo, cuando suba a la superficie es suficiente) y añadirla a la sartén para terminar la cocción. Añadir abundante queso y la rúcula finamente picada.

 

Si hay algo que me gusta en mis viajes es descubrir pequeños rincones curiosos, de esos cuyo nombre a menudo olvidamos- y cada vez más- pero que se fijan en la retina y se quedan en un pequeño escondite de la memoria. Seamos serios, lo que de verdad sucede es que repasando cientos de fotos almacenadas, de repente nos topamos con la imagen y ecco!. Paseando por Bevagna encontramos un antiguo Claustro, ahora convertido en Hotel, en el que obtuvimos una instantánea curiosa. Realmente, el lugar invitaba a quedarse… o al menos a esperar un rato.

En mi recorrido por los pueblos más bonitos de Italia, y más bellos de Umbria, no me puedo olvidar de uno que, curiosamente, nunca he visto con la luz del día. Castiglione del Lago se erige tras los muros de una fortaleza, emplazado sobre una colina desde la que se divisan las aguas del Lago Trasimeno.

 

Photo credit: just_jeanette via Foter.com / CC BY-NC-SA

Era allí donde acudíamos a cenar casi todas las noches, atraídos por su ambiente festivo, las terrazas de los restaurantes repletas, los comercios abiertos hasta muy tarde compartiendo espacio con los tenderetes callejeros… pero sobre todo por las excelentes pizzas cocidas en horno de leña de “La Cantina”, que todavía ocupan el número uno en nuestro particular ranking de “pizzas en Italia”. Puedo asegurar que también bajo la luz de la luna, y alumbrado por farolas, es uno de los pueblos más bonitos de Italia de cuantos podáis visitar.

Los pueblos más bellos de Italia ¿A qué esperas para conocerlos?

¿Cuáles son los pueblos más bellos de Italia?  Es posible que el título pueda sonar categórico, que dé lugar  a tribulaciones sobre si son los que están o están los que son pero, sin atreverme a suscribir la afirmación que contiene, puedo asegurar que los pueblos que aparecen en la guía de tan selecto club no están exentos de belleza, interés y encanto.


Allá por el año 2001, en un intento no sólo de promocionar turísticamente determinadas poblaciones que quedaban al margen de los circuitos ofrecidos por las agencias, sino de preservar y revalorizar su patrimonio cultural y artístico, nace este “club” de los pueblos más bellos de Italia, a semejanza de los que ya funcionaban en otros países – véase Francia con “les plus beaux villages”-. Aunque debo decir que este propósito queda ya superado pues algunos de los pueblos que forman parte de esta asociación, esos pequeños lugares en los mapas que siempre me han gustado, se incluyan en una lista o no, se han convertido también en algunos de los más visitados y turísticos.

La primera vez que encontré el distintivo de “I borghi piú belli” fue en mi visita a Poppi, inmerso en las montañas del Casentino, en una de las zonas menos visitadas de Toscana. Vaya por delante la observación  de que traducir Borghi como pueblos no es del todo correcto. En la pasada edición del World Travel Market de Londres tuve la oportunidad de asistir a una rueda de prensa de esta asociación. Insistieron en que no se tradujese como los pueblos más bellos de Italia ya que el Borgo (un término “inventado”) se caracteriza por tratarse de poblaciones amuralladas en las que se conservan edificios nobles, de gran valor artístico o histórico.

Scarperia, en el Valle de Mugello; Buonconvento, cerca de Siena; Sovana y Pitigliano en la provincia de Grosseto, son algunos de los nombres que figuran y que merecen sin duda alguna el distintivo de los pueblos más bellos de Italia, y una parada en nuestro viaje, aun cuando ello suponga sustituir algún destino en el itinerario previsto. Recorrer los nombres propios que figuran en esta guía- ya está disponible la última edición 2017 – puede ser una buena manera de conocer esa “otra Italia” y una excusa perfecta para regresar siempre que se pueda.

Sin haberlo previsto de ningún modo, únicamente fruto de la casualidad,  en el verano de 2011 tuve la oportunidad de visitar algunos de los considerados “i borghi più belli”. Unos al norte, en la región de Liguria, y otros en el centro del país, en la  de Umbría. Curiosamente tanto una como otra  no son regiones muy extensas, si no me equivoco Umbría es una de las más pequeñas de todo el país, y sin embargo en ellas se concentran un buen número de los pueblos más bellos de Italia.

Tellaro es apenas un punto diminuto en el mapa, asomado literalmente al mar, en el extremo oriental del Golfo de la Spezia. Apenas accesible con un reducido servicio de transporte marítimo, o tras un breve pero fatigoso recorrido en autobús desde Lerici,  ofrece una imagen inconfundible con sus fachadas en tonos ocre y la torre del campanario de San Giorgio.

Su orografía, especialmente su costa accidentada y rocosa, sirvió de refugio a los habitantes de las poblaciones vecinas ante los ataques de piratas sarracenos, aunque circule la leyenda de que fue el “pulpo campanero” el verdadero héroe de la historia. Comienza así…

Erase una vez, hace cientos y cientos de años, en un pequeño pueblo hecho de casitas de colores aferradas a una empinada colina sobre el mar…
El mar , en aquel tiempo, no era un lugar seguro. Estaban, de hecho, los terribles piratas sarracenos. Llegaban de noche, silenciosos como fantasmas, sobre sus velocísimas naves. Robaban todo aquello que se podía robar y destruían todo aquello que se podía destruir…
Por este motivo, en todos los pueblos de la costa por la noche había siempre un hombre de guardia sobre el campanario de la Iglesia, dispuesto a tocar la campana para dar la alarma apenas apareciese por el mar cualquier barco de vela sospechoso…

Tras esta breve traducción libre, si queréis saber como sigue la historia, tendréis que leer “El polpo Campanaro” de Beppe Mecconi, un delicioso cuento para niños que recoge la leyenda más famosa de Tellaro.

El asunto del pulpo ha dado origen también a otra delicia, como lo es el plato más típico del lugar, “polpo alla tellarese”: cocido con patatas y condimentado con aceite del lugar, aceitunas deshuesadas y un picadillo de ajo, perejil, sal, pimienta y zumo de limón. El segundo domingo de agosto se celebra la tradicional “sagra del polpo”(algo así como la feria del pulpo) en recuerdo de la victoria ante el ataque de los sarracenos, gracias a la alarma que dio el pulpo gigante.

Tellaro se recorre en un abrir y cerrar de ojos, paseando entre sus callejones silenciosos y empinados,respirando la calma en el embarcadero, tomando un café en la pequeña terraza de un bar, sin apenas visitantes… un lugar perfecto para perderse y “desconectar”, gastando el tiempo con el deleite que produce la contemplación de las aguas azules del Golfo. Quizá aquí se cumple la premisa de una total ausencia de turismo de masas, pero bien pensado… sería posible que cientos de visitantes pudiesen discurrir entre sus callejones estrechos?

 

 

 

 

Desconozco si los habitantes de Tellaro echan en falta un mayor número de turistas , yo desde luego no. Observo a un grupo de mujeres que conversan en la mesa de al lado, poniéndose al día sobre sus vidas, de regreso al lugar de su infancia.

No muy lejos de allí se encuentra otro de esos lugares de gran belleza y singularidad, que merece sin duda alguna su pertenencia a la lista de pueblos más bellos de Italia. Si les Cinque Terre se han convertido por mérito propio, y por su gran riqueza natural, en Patrimonio de la Humanidad, entre ellas destaca sin duda alguna la población de Vernazza.

Desgraciadamente, el  25 de Octubre de 2011 unas terribles inundaciones sepultaron tan hermoso lugar bajo el lodo, entre los restos de los muros derruidos de las casas y los árboles que la lluvia arrancó montaña arriba hasta llevarlos a desembocar en el mar. Las imágenes eran demoledoras y las lágrimas se me saltan recordando ese lugar en el que me senté, con los pies sumergidos en las aguas cálidas y limpias, el estanco en el que compramos una postal, en la que escribimos: aquí se encuentra el paraíso… un paraíso que la naturaleza furiosa destruyó, irreconocible en las fotos del “antes y el después”.

Poco a poco las poblaciones vecinas, mucho menos afectadas, se recuperaron: se abrió la línea ferroviaria, el Sendero del amor (que años más tarde ha vuelto a cerrar debido también a los desprendimientos causados por lluvias torrenciales) y los turistas volvieron.

En aquellos duros momentos, autoridades locales y gente de todo el mundo, entre ellos el periodista de viajes Rick Steves, no cesaron en sus llamamientos a la solidaridad, con distintas iniciativas. A través de una página web se podía consultar que negocios y establecimientos estaban abiertos o que iban a reanudar su actividad en breve.
Recuerdo consultarla y leer entre ellos el de “Il Pirata delle Cinque Terre” con un desesperanzador “uncertain”. De cualquier modo, la mejor contribución en aquel momento fue visitar las poblaciones de Cinque Terre, especialmente Vernazza, para que sus habitantes  recuperasen sus casas, sus negocios y sus vidas, para volver a mostrar al mundo porque es, sin duda alguna, uno de los pueblos más bellos de Italia.

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La Costa Amalfitana: desde Sorrento a Positano y Amalfi, buscando a Marcello

Me he lanzado cuesta abajo nada mas apearme del autobús que, desde Sorrento y cargado de turistas, nos ha llevado a Positano, recorriendo las curvas vertiginosas de la Costa Amalfitana. He gritado: Marcello, Marcelloooo… entre risas, emulando a Diane Lane en “Bajo el sol de la Toscana”, esperando que el guapísimo italiano se asomase a un balcón que no consigo localizar. Así que decido bajar hasta la playa con la esperanza de encontrar aquel bar que regentaba su familia… pero solo encuentro restaurantes caros.
Antes, no obstante, no me he podido resistir a la foto junto a la baranda, la misma en la que Marcello decía aquello de…”Francesca, hay alguien para ti…” el vaporoso vestido blanco agitado por el viento, con el mar al fondo y la imagen de la cúpula de la Iglesia -la de la Assunta- con sus azulejos de color verde brillando bajo el sol.

Ahora repaso las fotos de nuestro viaje a la Costa Amalfitana y vuelvo a visionar el film. Como en un juego, intento buscar las diferencias: las mismas calles empinadas de Positano, flanqueadas por casitas pintadas de blanco, por cuyos balcones y terrazas asoman esplendorosas las buganvillas. Perfectas para recorrerlas sobre una vespa, sorteando a los curiosos que deambulan entre las tiendas para turistas, esas en las que venden cerámica pintada a mano, en tonos amarillos, como los motivos que la decoran, los limones, los famosos limones de Sorrento ¡Caramba!- exclamo desde el sofá de mi casa- ya se donde vive Marcello. Es lo que tiene observar un lugar a través de la cámara, como en el cine, uno nunca sabe si es real o simple atrezzo.

 

A Positano le ocurre lo que a muchas personas, que sin ser extremadamente bellas, resultan enormemente fotogénicas. Unos ojos azules, como el mar de Positano; un defecto apenas imperceptible que se pasa por alto en el conjunto armonioso del rostro; una luz especial; un perfume, otra vez el del mar que nos acompaña desde que hemos llegado, o el de las glicinas que cuelgan graciosas sobre un porche… Y así no se advierten algunos rasgos que la afean, como los techados de uralita junto a algunas casas, y las tupidas redes que cubren los huertos de limoneros- luego he sabido que para protegerlos del  sol- que ofrecen una imagen poco atractiva, sobre todo vistos desde lo alto, mientras nuestro autobús gira, vertiginosamente, en las últimas curvas justo antes de detenerse.

A ras de suelo todo resulta distinto. Siguiendo el larguísimo y serpenteante Viale Pasitea se alcanzan las callejuelas del pueblo, donde el aroma a limón es inconfundible: caramelos de limón, velas perfumadas, la apetitosa “delizia” que se vende en todas las pastelerías y, como no, el famosísimo limoncello, realmente bueno, distinto a cualquiera que se haya probado antes. Y un cierto bullicio, no demasiado agobiante- ¡No quiero pensar como será en verano!- de visitantes, que se confunden con la gente del pueblo que, en Viernes Santo, acompaña una procesión.

Abajo, sobre la arena de la playa, se trabaja para preparar la temporada: casetas donde alquilar embarcaciones, tumbonas o sombrillas… sin embargo la mejor vista de este mar se obtiene desde cualquiera de las terrazas de los hoteles que hay en Positano. Son pequeños establecimientos de aspecto sencillo, aunque la inmensa mayoría lucen 4 estrellas, las que otorgan una comodidad oculta a los ojos de extraños y el privilegio de ver el azul -cielo azul, mar azul- cada día al levantarse.

Guiados por el sentido común, nos alejamos de la playa y sus restaurantes pegados al mar para buscar alguna pequeña trattoria en la parte alta. No llegamos a contar las escaleras, pero creo que son alrededor de 400, por entre las que se abren ventanas al mar, pequeños callejones que dejan entrever retazos de horizonte.

Nos resulta complicadísimo encontrar uno de esos locales de comida a buen precio, ya que en Positano abundan los “Ristorantes”. Al menos la comida es buena- la fritura de calamares y gambas es excelente, al igual que la pasta con marisco- pero, a pesar de que hay muchas mesas vacías, veo demasiados turistas extranjeros y creo que ningún italiano entre los comensales. Seguramente lo mejor ha sido comer en la calle, bajo un entoldado, y disfrutar del limoncello al acabar.

El camino en dirección a la parada del autobús resulta duro después de la comida, pero nos permite encontrar la pequeña Iglesia dedicada a Santa Caterina, reconstruida por última vez en los años treinta y cuyo altar es lo único que queda de la estructura original, del S. XVIII.

El trayecto entre Positano y Amalfi no es apto para todos los estómagos y tan sólo la visión del panorama desde el autobús, que no circula a más de veinte kilómetros por hora, nos distrae durante el serpenteante recorrido. Durante el viaje -casi 50 minutos para completar 17 kilómetros- no nos abandona una continua sensación de vértigo, situados al borde del abismo, tan cerca del precipicio. La Costa Amalfitana es abrupta. Desde la ventanilla, vemos las rocas afiladas sobre las que tememos caer, tanto que cerramos los ojos de vez en cuando, como en una de esas atracciones de feria.

Intento no perder detalle, aprovechando las paradas que tiene que hacer el autobús para dejar paso a los que realizan el trayecto en sentido contrario o para sortear los vehículos aparcados en tantos miradores, puntos estratégicos desde los que obtener las mejores fotografías de la Costa Amalfitana. Así que resulta imposible que pase desapercibido un pequeñísimo pueblo, con sus casas enclavadas dentro de la roca, como uno de esos “pesepres” napolitanos. Un lugar curioso y lleno de encanto, merecedor sin duda del distintivo de “I borghi piú belli d’Italia” que descubro rápidamente… Furore – anoto en mi teléfono móvil , el método infalible contra la mala memoria-. Y del otro lado, el mar.
Busco rápidamente en la maraña de internet y me sorprende de nuevo. En la web del municipio leo:
” Furore, il paese che non c’è…”(el pueblo que no existe).
Merece la pena detenerse a leer con detenimiento, y anoto este lugar en esa lista donde etiqueto “lugares donde perderse”, aunque me asalta la duda : ¿Será posible disfrutar de la calma en medio de una de las rutas más turísticas de Italia?.
Al llegar a Amalfi tengo una extraña sensación, algo así como dicen los franceses un “dejà vu”. Y es que, una vez abandonamos la explanada junto al mar, donde paran todos los autobuses y se encuentra el parking, y nos dirigimos hacia el centro, me parece atravesar otra puerta, la de Monterosso al Mare en Liguria – que tan sólo unos meses antes habíamos visitado. Pero la sensación se desvanece en cuanto llegamos a la Piazza, en la que la impresionante fachada del Duomo, con su larguísima escalinata (hay quien afirma haber contado uno a uno hasta 99 escalones), nos hace elevar la vista y contemplar atónitos los reflejos, sobre los mosaicos dorados de su cielo, con la luz de la tarde.

La Catedral de Amalfi es un fiel reflejo de su historia; construida en el siglo IX, sufrió numerosas transformaciones, fue destruida y reconstruida, y aglutina por ello una variedad de estilos, como el árabe o el normando – por quienes fue conquistada la que fue la primera República Marinera de Italia- y posee un campanario de estilo románico. Pero, cuestiones arquitectónicas aparte, subyuga y sorprende encontrarla en medio del entramado de callejuelas que conforman el lugar. Como un testimonio de gloriosos tiempos pasados, el conjunto monumental de la Catedral- consagrada a San Andrés- incluye además el bellísimo Claustro del Paraíso, la Basílica del Crucifijo y la Cripta, en la que reposan la cabeza y los huesos del Santo.

Pero es el Claustro el lugar que mayor emoción me transmite, quizá por el silencio, quizá por la luz que a estas horas de la tarde se filtra entre los bellísimos arcos entrelazados, que descansan sobre 120 finas columnas dobles, herencia de la cultura oriental, por el color blanco, simple y puro, que permite reposar a nuestros ojos y seguramente a nuestras almas. No en vano, el llamado Claustro del Paraíso es el antiguo cementerio de los nobles de Amalfi, y en él se conservan algunos sarcófagos bellamente tallados.

Una vez reconfortado el espíritu, lo mejor es disponerse a recorrer sus calles, entre tiendas de souvenirs y productos típicos, donde se puede descubrir el secreto del presunto ardor amoroso de los amantes italianos: “la viagra natural”. Se ofrece en numerosos puestos y no es otra que la guindilla – el peperoncino- presente en tantas recetas tradicionales.

Después de callejear, una buena opción es pasear sin rumbo a lo largo del “lungomare” y esperar la puesta de sol. Impaciente, mientras tanto, yo sigo buscando:
– Marcello, Marcellooooooo…

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Un gran viaje, todo lo que necesitas saber para organizarlo

¿Soñando con un gran viaje? ¿Dispuesto a embarcarte en la aventura? Entonces no dejes de leer esta reseña que escribí (en mi antiguo blog) hace ya algún tiempo, sobre la primera edición de “Cómo preparar un gran viaje”. En 2016 se publicó la segunda edición. Os recomiendo leer este post hasta el final (hay sorpresa)

Reseña de la primera edición de Cómo preparar un gran viaje

Decía así:

Si estás leyendo este blog, con toda probabilidad, serás alguien a quien le gusta viajar. Seguramente habrás hecho en tu vida algún viaje, tal vez muchos; cercano o lejano,  breve o, si eres afortunado, extenso en el tiempo… Si te encuentras entre ellos no me cabe duda que en alguna ocasión has soñado con hacer un gran viaje; ponerte el mundo y la vida “por montera” y partir hacia ese destino que en ocasiones se te antoja inalcanzable, mientras suspiras diciendo: algún día…

Pero no desesperes. Otros lo hicieron mucho antes que tú- y que yo- y algunos, como Itziar Marcotegui y Pablo Strubell, viajeros infatigables, nos ofrecen un buen montón de consejos en su libro “Cómo preparar un gran viaje”, recientemente autopublicado.

Aun para quienes viajan, o viajamos, de forma más o menos habitual plantearse un viaje de varios meses puede suponer un gran quebradero de cabeza. Para todos ellos- nosotros- la lectura de este manual resultará muy útil y clarificadora.
El libro está bien estructurado, con explicaciones muy sencillas sobre cada uno de los aspectos a tener en cuenta en un proyecto como el de hacer “un gran viaje” (transporte, alojamiento, visados y otros trámites…).

Pablo e Itziar son viajeros experimentados, y por tanto sus opiniones mucho más “autorizadas” que la mía, pero debo decir que difiero de aquello que exponen al afirmar que cualquiera puede hacer un viaje de este tipo y que, por tanto, esta guía es “para todo el mundo”. Seguramente  muchas de sus recomendaciones sean válidas para cualquiera que se inicie en la experiencia, totalmente adictiva, de viajar. Pero sinceramente opino que es necesario un cierto bagaje, estar algo “curtido” o “bregado” antes de emprender un proyecto como el que plantean.

Especialmente útiles me parecen las indicaciones que hacen referencia a trámites de visados, fronteras y aduanas, quizá porque me resultan los más engorrosos. Aunque en el libro no se hace referencia a paises en concreto, las experiencias de Pablo e Itziar y los pequeños “trucos”que nos ofrecen para solucionar problemas resultan muy interesantes.

Por otra parte, debo decir que su planteamiento – 1º escoje la fecha para tu viaje, 2º escoje el destino, 3º calcula el presupuesto- no siempre es aplicable.

La primera vez que viajé por mi cuenta fue gracias a un bote de café instantáneo. Que nadie piense que tuve la fortuna de ganar ese “sueldo para toda la vida” que publicitaba una conocidísima marca. Sin embargo, me obsequió con un pequeño objeto que desató en mi una auténtica fiebre viajera. Era una tapa de color verde con una ranura. Agotado el café soluble, esta tapa de regalo lo convirtió en una hucha, en la que comencé a guardar, cual hormiguita, todo lo que pude arañar al presupuesto doméstico. Cada vez que abría el armario de la cocina lo miraba, contaba y recontaba, quizá con la absurda esperanza de que durante la noche su contenido se hubiese multiplicado.

Una vez calculado el presupuesto del que podía disponer comencé a indagar sobre los destinos  que más me apetecían. Descarté alguno porque el alojamiento excedía mis cálculos; también cambié el medio de transporte elegido, renunciando al avión y al coche de alquiler para viajar con el mío.

He rememorado todo esto mientras leía “Cómo preparar un gran viaje” pues se plantean este tipo de reflexiones a la hora de tomar tantas decisiones, y sobre tantos aspectos, en la organización de nuestro periplo. En mi caso puedo decir que el presupuesto condicionó el destino, y sobre todo la duración del viaje. Sobre la fecha no cabía decisión posible pues se limitaba, como siempre, a nuestro periodo vacacional.

Aquel viaje, que fue el primero de muchos otros, fue además un viaje familiar- niña incluida- y sobre éste y otros modos de viajar (solo, en pareja, con niños…) también ofrece el libro un gran número de consejos y experiencias viajeras.

Si en algo estoy totalmente de acuerdo es en afirmar que hay un viaje para cada uno de nosotros, sin exclusiones. Tan solo es necesario un poquito de ese “espíritu viajero”. También en aquello de que “un gran viaje” es aquel que cambia para siempre nuestras vidas, independientemente de que dure un mes o un año; de que atravesemos montañas y desiertos o  que maltratemos nuestros pies sobre el asfalto, bajo la sombra “amenazante” de los rascacielos.

Conozco a algunas personas a quienes un viaje les ha cambiado la vida. Mi querida amiga Leonor ha volado hasta Uruguay y Argentina, donde ahora se encuentra. Ha emprendido un viaje no sólo de kilómetros sino también de sensaciones y experiencias, que seguramente llenarán las líneas y páginas de algún libro, pero sobre todo de su propia vida.

El bote de café con la tapa verde tiene una nueva dueña. Hace poco mi hija cumplió veinte años y, harta de devanarme los sesos en busca de un regalo original con que sorprenderla, envolví cuidadosamente el bote, con una pequeña aportación en su interior. Ahora es ella la que atesora y mira el tarro de cristal, y proyecta escapadas con sus amigos.

En cuanto a Pablo Strubell  e Itziar Marcotegui, son los culpables de que tras la lectura de “Cómo preparar un gran viaje” sienta un nudo en el estómago, una enorme desazón, un hormigueo que me recorre todo el cuerpo. Y es que, ya lo decía Paul Theroux, “un viajero es aquel que se siente descontento con la idea de estar en casa”.

Para finalizar…

Cosas de la vida. En estos días precisamente  se celebran las Jornadas de los grandes viajes, en las que Pablo Strubell tiene mucho que ver. Lo que quizá no imagine ni él, ni nadie, es qué fue de la heredera del bote de café soluble. ¿Lo adivináis? Es la creadora de este blog.

Viajera reincidente, 5 síntomas para descubrir si lo eres.

Hola, me llamo Eva, soy una viajera reincidente y llevo 2 semanas, 1 día y 4 horas sin viajar.

Naturalmente, esto es una broma pero estoy pensando muy seriamente en crear una asociación de afectados, un club o algo parecido, porque estoy absolutamente segura de que hay más gente como yo. No se trata sólo de que uno tenga deseos constantes de viajar, de que regrese de un viaje y ya esté pensando en el siguiente. No, se trata de algo más; mi problema es que hay lugares a los que viajo una y otra vez. Hay quien me me pregunta, y no les quito razón, porque en lugar de conocer otras ciudades regreso a las que ya he visitado.

Al principio pensé que exageraban pero, bolígrafo y papel en mano, decidí escribir mis destinos como viajera reincidente para ver si la cosa de verdad era tan grave. Te aconsejo hacer lo mismo y descubrir si optas a un puesto en tan peculiar Club.

  •  1. Si tu lista incluye al menos tantos destinos a los que has regresado como la mía, “háztelo mirar”. Esta es mi lista:
    • Toscana (5 veces)
    • Venecia (3 veces) y regreso dentro de poco.
    • París (3 veces)
    • Milán y Bérgamo (en 3 ocasiones)
    • Roma (2) y pendiente de nueva visita.
    • Londres y Condado de Kent (2 veces)
    • Perugia, Asis (2 visitas)
    • Cinque Terre (2 veces) y no me importaría repetir.
  • 2. Si cuando viajas a un destino siempre te marchas con la sensación de que te te han faltado cosas por ver ( Personalmente creo que no es una sensación sino una realidad, hay tantas cosas interesantes  en cualquier lugar…)
  • 3. Si no comprendes a esos que te dicen “pero si total eso se ve en medio día” o a quienes te aseguran que han recorrido un país entero en dos semanas.
  • 4. Si dejaste atrás las jornadas maratonianas y la fase en la que preferías reventarte los pies antes que perderte algo ( a eso se llega con el tiempo y con la edad)
  • 5. Y sobre todo si mientras lees este artículo, y en mi caso mientras lo escribo, sigues pensando en que te quedan muchas pero que muchas cosas pendientes en la última ciudad que visitaste.

En mi “defensa” argumentaré cual es el motivo que me ha llevado a tal situación: nunca dispongo de demasiados días para viajar, por falta de tiempo y, porque no admitirlo, por una cuestión de presupuesto. De manera que dosifico mis breves escapadas cual pildoritas para curar mi mal y siempre que abandono una ciudad con esa sensación de que me han faltado días me consuelo con la frase: “No pasa nada, ya volveré”.

Me encantaría descubrir que no estoy sola en este mundo (lo intuyo), que no soy la única viajera reincidente y que hay muchas o muchos como yo. Si te encuentras entre ellos… ¡Bienvenido al club! Me encantaría saber cuales son tus destinos reincidentes, ¡Cuéntanoslos!