The shoes on the Danube

Miro el reloj, siete y media de la tarde. Aún no ha anochecido y hace un calor asfixiante en Budapest. El vuelo se ha retrasado y he tenido que cambiar mi programa para lo que quedaba del día de hoy, así que tras llegar al hostel ‘Casa de la música‘, dejar la maleta y darme una ducha me decido a salir para descubrir la ciudad.

Camino, camino y camino sin parar, mochila con cámara y guía a mis espaldas, que pesan más que un ladrillo y me hacen sudar, pero me da igual. Cruzo avenidas, recorro callejuelas, todo sin un rumbo fijo. Necesito cambiar dinero pero… sorpresa, es domingo y las casas de cambio están cerradas. Así que nada, tendré que arreglarme con los florines que llevo encima.

Miro el reloj y son las ocho y media. He caminado durante más de una hora cuando miro hacia arriba y veo una ‘torre’ que resulta ser el campanario de la Sinagoga. Entonces saco el mapa y pienso: “¿Cuanto narices he caminado? Tenía la visita prevista para el día siguiente, pero visto que estaba ahí, ¿Por qué no aprovechar el momento? Además sin demasiada gente rondando, sería más fácil fotografiarla.

Ya… eso pensaba. Empiezo a moverme, a buscar la posición perfecta para capturar ese imponente monumento. Y empiezo a pensar ‘Pon un gran angular en tu vida’… hasta que se acerca alguien:

-Te veo un poco preocupada… ¿Estás buscando el mejor ángulo para fotografiar la Sinagoga?

+Ehm… diría que si. Digamos que no consigo encuadrarla bien -en ese momento despego el ojo del objetivo y veo un señor de unos… 60 o 65 años, vestido con camisa azul, chaqueta elegante, boina, zapatos de piel. Con aire un poco ‘aristócrata’-

-Tranquila, a mi me ha pasado un millón de veces. Ven.

Me hace una seña y cruzamos la calle.

-Si te pones aquí agachada deberías poder sacarla bastante bien.

+Gracias, pero ¿Cómo sabías…?

-Me he pasado años intentando sacar la foto perfecta. Pero llega un momento en el que desistes… Quiero decir, no es algo así como “rendirse”, sino más bien darte cuenta de que llegado a un cierto punto tienes que conformarte.

+¿Eres fotógrafo profesional?

-Lo de profesional son palabras mayores. He vendido algunas de mis obras, pero no se si eso me convierte en un profesional.

+Entiendo

-¿Qué haces en Budapest?

+Decir ‘turismo’ sería demasiado banal. He venido para poder escribir sobre la ciudad en mi blog… he abierto hace poco un blog de viajes.

-Osea que eres una travelblogger

+Si, aunque acabo de empezar – Pienso… para la edad que tiene está bastante informado… quiero decir, no todo el mundo, y menos la gente de esa edad, conoce la palabra ‘blogger’-

-¿Tienes tiempo? Creo que puedo contarte algo para que lo escribas en tu blog.

Espera, rebobinemos. Yo estaba intentando fotografiar la Sinagoga cuando se me ha acercado éste señor que no conozco de nada (¿Y si me quiere secuestrar? Nah…) y la conversación está tomando una especie de cauce filosófico o algo así.

+Si, por supuesto… -Esto se está poniendo interesante, pienso-

Nos sentamos en un banco. Miro el reloj, las nueve menos cuarto.

-¿Conoces el monumento de los Zapatos en el Danubio?

+He leído acerca de ello, pero aún no lo he visitado. Pensaba ir pasado mañana.

-Bien -se ajusta las gafas y me mira- ¿Qué sabes del holocausto?

+Pues… se que los Alemanes invadieron Hungría en el año 1944 y se llevaron a los judíos a los campos de concentración de Auschwitz para asesinarlos, y que a los que dejaron en Budapest, tampoco les fue muy bien.

-¡Correcto! Mi padre era uno de ellos. Me refiero, de los que se quedaron en Budapest, aunque lo único que hizo fue retrasar lo inevitable. Si pasas por los zapatos, salúdalo.

En ese momento se me hizo un nudo en la garganta. Claro que yo no sabía como “responder” a eso. Una cosa es leerlo en los libros de historia y otra que te lo cuenten de primera mano, y sobre todo darse cuenta de que no hace tantísimo tiempo que ocurrió. Creo que se dió cuenta de la situación.

-Pero no te preocupes.  Ya hace muchos años de eso y yo ni siquiera me acuerdo, tenía solo 2 años

Hago cálculos… 72. Menudo ojo más malo que tengo. ¿Me estás contando que a sus 72 años este señor conoce la palabra ‘blogger’? Flipo, seguro que me está tomando el pelo… o no.

+¿Y después que pasó?

-Mi madre escapó a Israel. Me crié allí y estudié leyes en la universidad de Jerusalén, pero a mi lo que me gustaba era la fotografía. Varios años más tarde conseguí mi primera cámara, una polaroid.

+¿Y qué haces en Budapest?

-Trabajé para un buffette de Abogados en Israel durante muchos años… bueno, se podría decir que aún hago algunos trabajillos -me da su tarjeta- , pero vivo aquí. Trasladé mi “oficina” a Budapest hace algunos años… no se si por nostalgia familiar o qué… mientras viví en Israel nunca pude visitar Hungría, así que hace casi 10 años cuando me  jubilé y cambié los tribunales por la fotografía, me mudé aquí. ¿Es la primera vez que vienes?

+Si, de hecho acabo de llegar. El vuelo se ha retrasado y me ha fastidiado los planes que tenía para hoy.

-A mi también me gusta viajar, pero no me gusta llevar itinerarios, nunca consigo seguirlos. Por cierto, ¿De dónde eres?

+Soy española, pero desde hace un par de años vivo en Italia.

-Ah Italia, la he visitado varias veces: Pasta, pizza…

+Que cliché.

-¿Que has pensado visitar en Budapest?

Saco cuidadosamente mi guía de la mochila y se la enseño.

-Ya veo… para ser la primera vez que vienes, estás bastante informada.

+He pasado un mes largo leyendo cosas en internet… blogs, revistas de viajes… lo típico.

-Haces bien. Es una bonita ciudad, disfrútala.

Durante los siguientes 30 minutos hablamos de fotografía, blogs, viajes, terrorismo, guerras, de la gente que ha dejado de viajar por “miedo”… y un sinfín de temas de actualidad. Nos despedimos intercambiando un abrazo.

+Ha sido un placer

-Lo mismo digo. ¿Cual es tu nombre?

+Marina. ¿Y el tuyo?

-Friedman. Avner Friedman.

+Me has dado grandes ideas para mi blog. Creo que la próxima vez que vuelva a Budapest te llamaré para enseñarte los progresos…

-Y yo estaré encantado de ver cuánto has avanzado.

+Cuídate. Y recuerda saludar a mi padre.

-Lo haré.

Miro el reloj: Las nueve y media.

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