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Il pirata delle Cinque Terre

Tal y como prometí en nuestro completísimo post con los mejores lugares para comer, sirva este breve relato para contar como conocí al «pirata delle Cinque Terre». Siento que no haya grandes dosis de aventura, peligros ni luchas cruentas al más puro estilo hollywoodiense, pero lo que si puedo asegurar es que al final hubo botín, suculento y dulce como pocos. Fue en mi primera visita a Vernazza…

Vernazza es uno de los pueblos de este bello paraje natural conocido como Cinque Terre. Es probablemente uno de los que mayor encanto posee y también uno de los que recibe mayor afluencia de visitantes. Como es tan frecuente en estas tierras, el Castillo Doria con su torre vigila desde hace siglos ante la amenaza y los ataques de piratas que surcaban el Mediterráneo. Ahora, los únicos barcos que se ven, acercándose desde el horizonte, son las lanchas privadas, los taxis acuáticos o el servicio regular del Consorzio Marittimo Turistico 5 Terre.

Acostumbrada al asedio de los visitantes, especialmente en la época veraniega, esta población encaramada a las rocas, con una larga calle que une la estación ferroviaria con el puerto y estrechísimos callejones de empinadas escaleras, recibe al visitante con sus fachadas de colores alegres, desconchados por el azote de los vientos, la humedad y el salitre que se saborea en al aire. Demorarse en esta plaza, de sencillos pero hermosos soportales, es un placer para los sentidos y a falta de largas playas de arena fina, sumergir los pies en el mar, sentados sobre una roca, proporciona instantes de felicidad absoluta, tanto que dan ganas de gritar o chapotear como haría un niño.

 

Il pirata delle Cinque terre Vernazza

 

Los toldos y sombrillas en la plaza, en las terrazas de los restaurantes, son un verdadero reclamo para el visitante. Cestillos con ajos y limones dispuestos a posar ante las cámaras o la paleta de un pintor, casi de atrezzo si no fuera porque despiden un auténtico y profundo perfume. Pero, fiel a mi idea de que es mejor huir de los lugares con «mejores vistas» o de las zonas más concurridas en cualquier destino, salvo que a uno no le importe que las vistas vayan incluidas en la factura y a riesgo de que las mismas nos distraigan sobre la calidad de la comida (hay excepciones, claro, pero uno debe poder o querer darse el capricho) he decidido buscar uno de esos lugares donde el buen comer sea el «primer mandamiento».

 

Comer en Il pirata delle Cinque Terre

Esta fue nuestra primera experiencia en Il Pirata delle Cinque Terre. La reseña se publicó en mi antiguo blog «De viajes y libros» el 29 de agosto de 2011. Si leéis este post hasta el final, además de agradeceros la paciencia, entenderéis la importancia de la fecha.

Días antes de mi viaje, decidí indagar por internet… videos, opiniones, guías. En algunos casos uno solo logra obtener mayor confusión pues al adjetivo ¡excelente!, por parte de unos, sigue el de ¡nefasto! por parte de otros. Pero, por una vez, me alegro de haber insistido en buscar Il Pirata delle Cinque Terre, situado en Via Gavino – por cierto, preguntamos en varias tiendas por la dirección y no supieron indicarnos dónde estaba- que finalmente encontramos gracias a la chica de la farmacia, a quien preguntamos directamente por el restaurante…»Ah, lo conosco». Y así dimos al fin con el pirata más famoso y alegre de Cinque Terre, que conquistó este lugar con las mejores armas: simpatía, estupenda comida y pastelería siciliana!

 

il pirata delle Cinque Terre

Cannoli sicilianos

 

Siguiendo la calle de la izquierda, si miramos de frente a la estación de tren, llegaréis al parking (aparcar en Cinque Terre resulta bastante complicado). Justo allí veréis un bar, el típico bar que podemos encontrar en cualquier pueblo, con algunas mesitas en la calle en las que los lugareños toman un vino. La primera reacción puede ser la sorpresa, como confieso que nos ocurrió, pero no lo penséis más, ocupad una de las mesas y dejaos aconsejar, o elegid al azar cualquiera de los suculentos platos de pasta que ofrecen y alguna ensalada – si vais al mediodía es lo que hay, los antipasti sólo los sirven en la cena-. Mi único consejo es que dejéis un hueco en vuestro estómago para el postre.

Probablemente parezca un sinsentido comer en un restaurante siciliano en Liguria, aunque entre los platos de su carta hay espacio para la cocina ligur, como los ñoquis al pesto, o la ensalada con frutti di mare (pulpitos, calamares, gambas…) y para otras recetas tradicionales en toda la cocina italiana, como una excelente lasagna de carne. Pero esta vez la excepción bien merece la pena.

El hallazgo, además, no es sólo gastronómico. Al placer de la comida se une el de la conversación, en perfecto castellano. Esto tiene una sencilla explicación, ya que «Il Pirata» y todas sus tentaciones corren a cargo de Massimo y Luca, dos gemelos sicilianos que se establecieron en este bellísimo pueblo de Cinque Terre. Massimo está casado con Noelia, una donostiarra de origen gallego, que además atiende el  negocio, osea que nos encontramos con un «rizar el rizo» de los movimientos migratorios, y el tema daría para una tesis doctoral. Como italianos y españoles compartimos una especie de deporte nacional, que no es otro que el de «pegar la hebra» (no se si el «Fare una chiacchieratta» serviría como sinónimo) la sobremesa puede alargarse con peligrosos resultados: ¡repetir postre y café!.

 

il pirata delle Cinque terre Vernazza

Con Gian Luca y Noelia

No es la primera vez que escribo sobre mi adicción y/o pasión por el café. Intento recordar, en cada lugar que visito, el mejor que he tomado y puedo asegurar, sin duda alguna, que fue el mejor de este viaje. Parece ser que hay un motivo para ello, según me contaba Noelia, Massimo es tremedamente exigente con el café y cambia el grosor en el molido dependiendo de las condiciones atmosféricas, mayor o menor humedad en el ambiente etc. Está bien descubrir que una no es tan neurótica con el asunto del café o que al menos hay quien comparte mi exigencia.

Luca, de cuya mano- o quizá posee una varita mágica?- surgen las más dulces tentaciones de la pasteleria siciliana, me «riñe» porque los cannoli, quizá el más conocido y popular de los dulces de esa región, son un postre para el invierno. Pero… yo no puedo viajar en invierno, y la bella Sicilia es todavía un destino escrito en el papel, en una larga lista de la que tan sólo he logrado tachar algunos nombres, de manera que creo que bien merezco la oportunidad de comer uno, al menos. Para no defraudarle, y siguiendo sus consejos, hacemos un pequeño «sacrificio» y también pedimos la panna cotta con frutos rojos…

Pero mi paso por «Il Pirata delle Cinque Terre» todavía me tenía reservada una última sorpresa: entre las decenas de fotos y postales en la pared, descubro ¡al mismísimo Rick Steves!… Ahora ya puedo decir aquello de «al fin soy como Rick Steves»… Bromas aparte, y dejando bien claro que desconocía la recomendación en su guía, a pesar de que soy consciente que para los turistas norteamericanos es una especie de «biblia», voy a hacer un «poquito mío» el descubrimiento y la recomendación desde este pequeñísimo rincón de los viajes (cuando escribí esto me refería a mi modesto blog, que me dio tantas satisfacciones)

Supongo que a Massimo y Luca no les habrá importado el apelativo de «Cannoli brothers» por parte del señor Steves, ya que ellos mismos hacen gala de su alias, pero puedo asegurar que el humor siciliano es mucho más hilarante que el norteamericano. Sin que nadie se moleste- yo no lo hago- Massimo nos cuenta que la primera vez que visitó España y le sirvieron un café con leche preguntó a la camarera si no se había confundido, ¡No había pedido té!

Tan estupenda experiencia sólo tuvo un resultado: al día siguiente hicimos todo lo posible por volver, esta vez a la hora de la cena… Ahora, cumplimos penitencia por el pecado de la gula, recordando con nostalgia la textura crujiente del hojaldre de un millefoglie con crema.

Il pirata delle Cinque Terre navega de nuevo

Máquinas excavadoras, hierro y bloques de hormigón, barro y polvo…. el enorme socavón aún sin cubrir en lo que fue el antiguo parking de Vernazza, junto al río, que llegado el verano discurre tranquilo, con poca agua. El mismo río desbordado meses atrás por la furia de una lluvia incesante, como jamás recuerdan los mayores del pueblo, aquel fatídico 25 de octubre de 2011, que arrastraba muros y tejados, árboles y automóviles, lavadoras, neveras y otros enseres domésticos… y las vidas, se contaron hasta tres, de quienes obstinados o temerosos miraban al cielo sin ser capaces de abandonar el lugar que les vió nacer.

Regresamos en 2012, enamorados de esta tierra, para pasar unos días de verano en Riomaggiore.

Ya me lo había advertido Noelia en su último correo: «tenemos polvo, barro… mucho polvo» pero nadie en el pueblo puede permitirse mantener su negocio cerrado durante un año, y al menos haría falta ese tiempo para que todo volviese a la normalidad. Así que «Il pirata delle Cinque Terre» abre, precisamente en la zona más devastada de Vernazza. La figura del corsario, sable en mano, sigue recibiendo a los visitantes en el mismo lugar de siempre, aunque me olvido de preguntar si es nueva o si acaso pudo ser rescatada de entre el fango y los escombros.

La estación del ferrocarril parece la misma, pero no lo es. Mirándola ahora, desde abajo, las imágenes que emitieron por televisión, las que circularon por internet, me parecen irreales, increíbles… si la estación queda a una buena altura sobre mi cabeza, ¿como es posible que los railes quedasen sepultados bajo el lodo?. Doy unos pasos… retrocedo, convencida de que algo falta en este escenario. Estaba a la izquierda, de eso estoy completamente segura… pero tan solo encuentro los muros blancos. En cuanto tengo ocasión repaso las fotos del verano anterior, y allí está: la imagen a tamaño real sobre la pared , bajo un arco, el camino de piedra y la mujer de espaldas que acarrea un cesto en su cabeza; y estoy yo, jugando a simular que voy por el mismo camino que ella.

 

Il Pirata delle Cinque Terre Vernazza

 

Más arriba, en la «piazzetta dei Caduti», hay columpios nuevos para los niños. Como es pronto para comer, damos la vuelta, calle abajo, ansiosos por ver como se ha recuperado el lugar o si quedan todavía restos del naufragio. Y nos sorprende reencontrar la imagen alegre y apacible, de visitantes curioseando entre las tiendas de souvenirs, tomando un bocado rápido en la calle, como si no hubiese un antes y un después del desastre.

La pequeña capilla dedicada a Santa Marta de Betania se ha recuperado por completo y en su interior permanece la imagen venerada, patrona del hogar y la hospitalidad. Sobre ella, subiendo unas escaleritas, sigue la vineria del mismo nombre, Vineria Santa Marta. Nos alegra ver el negocio abierto de nuevo, con sus productos expuestos en la entrada, los parroquianos sentados alli mismo, junto a la puerta…. la última vez que supimos de la vinería fue a través de internet: de ella solo quedaba a la vista el rótulo de letras, color vino, descoloridas, sobre el toldo.

Angela, la propietaria, va y viene sirviendo el vino a los clientes de siempre- no es éste un negocio sólo para turistas- colocando con mimo y esmero  los productos que vende en su local. Se sorprende, con un ligero resquemor que desaparecerá enseguida, cuando le decimos que hemos traído un regalo para ella.

 

Il pirata delle Cinque terre Vernazza

Vineria Santa Marta, antes de las inundaciones

 

El verano anterior, apenas dos meses antes de las devastadoras inundaciones, tomamos desde la calle una foto de su local; el mismo toldo ahora renovado, los lugareños tomando el vino, ella misma exponiendo con sumo cuidado sus mercancías, y en los bancos más abajo, a ras de calle, las señoras que charlan entre ellas mientras reposan en el suelo las bolsas de la compra… una escena cotidiana, casi imposible de lograr si hubiésemos pretendido, a propósito y de forma premeditada, crear la escenografía de la vida diaria en Vernazza.

Por cierto, los bancos de la calle ya no están- desconozco si a fecha de hoy los habrán repuesto-. El estanco, en el que compramos una preciosa postal, y cuya propietaria nos contó orgullosa que una de sus hijas estudiaba español en el colegio, está remodelado por completo, mucho más bonito que antes. Recuerdo a la niña explicándonos, en perfecto castellano, dónde se encontraba el buzón para mandar desde allí nuestro recuerdo.

En la Plaza, bajo los soportales, allí se encontraba el buzón. Y allí siguen las fachadas de colores vivos, la Iglesia de Santa Margarita de Antioquia, que sirvió de refugio y almacén, de improvisada farmacia, a cuantos voluntarios trabajaron para auxiliar al pueblo de Vernazza; en cuyos bancos encontraron reposo los cuerpos extenuados por jornadas interminables de lucha contra el lodo y los escombros… lo veo en las fotos del libro que compramos, para colaborar en la reconstrucción, obra de Andrea Erdna. Entre las páginas llenas de devastación y deseperanza, de miradas llenas de dolor, me emocionan las sonrisas de gratitud, de solidaridad, las muestras de afecto que trasmiten el trabajo codo a codo, mano a mano, de jóvenes y mayores, de propios y extraños…

Desde esta misma Iglesia veo como arriban los barcos turísticos, cual piratas al abordaje. Algunos atrevidos se bañan en las aguas del puerto, que todavía se ven algo turbias. Me advierte Noelia que ella no ha dejado que su niño se bañe en ese mar, a pesar de que durante un mes han estado dragando el fondo, no vaya a lastimarse con algún resto de metal retorcido, con cualquier objeto- las cámaras frigoríficas de los restaurantes, los electrodomésticos caseros, cualquier pieza perteneciente a los automóviles- pues no termina de creerse que todo lo que sus ojos vieron junto a la orilla haya desparecido para siempre.

No me canso de subir y bajar, de atravesar los callejones ocultos, desbordantes de encanto, de Vernazza. En ellos se puede olvidar el trasiego del puerto, el ir y venir de turistas en la calle principal, se puede olvidar incluso la tragedia. Pero hablar exhorciza los demonios, los miedos; limpia los rastros de la tristeza, como el agua y las palas limpiaron las calles. Aquí nadie evita hablar de lo ocurrido. Aquí nadie busca la compasión. Saben que este es un lugar especial, que deben preservar, y han luchado con todas sus fuerzas para recuperarlo.

Otra cosa son las vidas, los cuerpos arrastrados, que meses más tarde aparecieron en las costas de Niza, porque según dicen aquellos que conocen bien el mar: el mar devuelve a la tierra todo lo que de ella le llega.
La señora Pina, que a sus ochenta años limpiaba afanosamente el balcón de su casa, un segundo piso en la zona alta de Vernazza, justo enfrente de «Il Pirata», desoyendo los gritos y ruegos de los vecinos que le pedían que subiera al piso más alto del edificio.
Sauro, el hombre todavía joven que atenazado por el miedo, incrédulo ante lo que sucedía, no fue capaz de asir la cuerda que le lanzaban y decidió quedarse sentado en su negocio, un bazar en la calle principal, y dejó que la fuerza del agua lo llevase junto con el esfuerzo y el trabajo de toda su vida. Circulan videos por internet en los que se ve al hombre y se escuchan los gritos de aquellos que le piden que agarre la cuerda… no he querido verlos, no he querido poner rostro a la tragedia, bastante duro fue escuchar el relato de Noelia, la voz quebrada al hablar de otro amigo perdido: Pino, toda una vida endulzando los días desde su heladería, que esa mañana, al igual que todas, se despedía de ella al llegar a Vernazza en el tren que ambos tomaban desde la Spezia:
-Que pases un buen día!- «españolita» la llamaba.

Estoy releyendo el texto y no puedo evitar un escalofrío, un velo de tristeza que me empaña la mirada. Pero no este el objetivo de mi relato.
En apenas unos meses todo el pueblo de Vernazza había sumado esfuerzos para recibir a todos aquellos que decidieron visitar uno de los lugares con mayor encanto de Le Cinque Terre. Además, me reconforté con una buena comida en «Il Pirata», mucho más agradable desde que lo reformaron- a pesar de las circunstancias de tal «reforma»-  y endulcé cualquier resto de tristeza o melancolía gracias a Gian Luca y sus pasteles sicilianos. La chiacchierata, aunque fuese en español, corrió a cargo de Noelia. Hablamos de su añorada Galicia, de su familia tan lejos, de la temida crisis… pero nos dió una enorme lección: de nada sirve lamentarse y sólo queda -en un dicho tan español- «tirar palante».

Con la llegada del invierno Vernazza cuelga el cartel de «cerrado por vacaciones». La primavera es una época excepcional para visitar este paraje natural privilegiado. Cada año, a partir de Semana Santa, como es habitual, » Il Pirata delle Cinque Terre» navega de nuevo por las aguas del mar de Liguria.

 

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Escala en Portofino

Una escala en Portofino… Podría parecer, pero nada más lejos de mi intención, que intento dar publicidad a una conocida fragancia, de una de esas marcas que son sinónimo del lujo absoluto. Gesticulo ante el teclado intentando pronunciar con un afectadísimo acento y termino desmadejada por la risa. Aunque debo decir que el perfume al que me refiero posee un innegable frescor cítrico, que me recuerda a los limones de aroma profundo que se cultivan en la costa ligur, tan pegados al mar que su olor se confunde con el de la sal, que va y viene a merced de la brisa o de los cambios de dirección del viento.

 

«Escala en Portofino» no es el primer título que se me había ocurrido para esta entrada, pero es que el otro, algo así como «¿dónde quedó el glamour?», me pareció sarcástico en exceso. Porque en realidad lo mío fue una escala en Portofino, aunque no descendiese de un crucero de lujo ni de un yate privado sino de un simple barco de recorrido turístico . El que, sólo en temporada estival, los lunes, miércoles y viernes, hacía el trayecto desde Cinque Terre hasta el promontorio de Portofino, recorriendo la hermosa Riviera de Levante. Actualizamos: en 2018 el servicio se limitaba a los lunes y viernes.

 

Portofino

Photo by gminguzzi on Foter.com / CC BY-SA

 

Los toldos y hamacas de rayas azules y blancas, las casetas de playa, de madera o lona, a nuestro paso por las localidades balnearias de Bonassola o Deiva Marina, conforman una imagen idílica desde el agua, con cierto encanto decadente, a bordo del barco que se mueve más de lo deseable.

Intento concentrarme en el dibujo de la costa, en el mapa que sigo mentalmente, y de vez en cuando sobre el papel, en las torres y campanarios que asoman, entre el azul y el verde, cuando estamos frente a  Moneglia -ese pueblecito con enorme encanto y sus dos iglesias, que desde siglos atrás provocan un enfrentamiento dialéctico, una auténtica competitividad, entre sus habitantes: ¿cual de las dos es más bella, la de San Giorgio o la de la Santa Croce?…la verdad, no sabría por cual decantarme.

A pesar de ello no puedo olvidarme de un leve malestar en mi estómago, acrecentado seguramente por la visión de un pasajero pálido que soporta el viaje, apenas iniciado, tendido sobre el suelo de madera del barco, atendido por su esposa, con un paño húmedo en la frente. Ella le jura que regresarán en tren mientras pregunta, suplicante, a la tripulación si no hay ninguna otra parada, desde la última que hicimos, hasta Portofino.

El viento en la cara, mi afán en sujetar el sombrero de paja, tan coqueto, adornado con una cinta de gasa, que amenaza con salir despedido hacia arriba como un globo de helio, las gotitas saladas que saboreo en mis labios, me mantienen entretenida durante el trayecto. También la incertidumbre, la duda, una cierta actitud ansiosa por descubrir si el viaje valdrá la pena.

Portofino ocupaba un lugar secundario en mis preferencias cuando organicé nuestro itinerario. Alguien me dijo que no era mucho más bello que cualquier otro pueblo de la costa, solo que en lugar de puestos de souvenirs encontraría tiendas de lujo. Y yo, prejuiciosa, tal y como me reconozco, siempre afirmo que no me interesan los lugares que solo ofrecen la ostentación, el lujo y los caprichos de los ricos y poderosos. Aun así, decidí que lo mejor era comprobarlo personalmente, intentar averiguar porque este lugar, durante tanto tiempo, arrancó suspiros entre quienes pronunciaban su nombre… Portofino.

La última vez, y no hace tanto, que leí algo sobre Portofino fue en el suplemento dominical de un periódico: reportaje en blanco y negro, con fotos sugerentes que transportaban a otra época. Y es que, aunque siga siendo refugio de ricos y famosos, de grandes estrellas del cine, fueron los 50 y los 60 los años dorados de este antiguo pueblecito de pescadores.

 

Portofino

Photo by Dr Korom on Foter.com / CC BY-SA

 

Como he mantenido en mi cabeza esa imagen en blanco y negro, lo que más me sorprende arribando al pequeño puerto es el colorido que lo inunda todo; los ocres, anaranjados, de las fachadas cuidadísimas que refulgen con la luz del mediodía, los colores brillantes de los toldos que parecen recién repuestos, como si el sol y el viento, el salitre tan cercano, no les afectase en absoluto. Pero, sobre todo, el verde que todo lo rodea, allá donde desviemos nuestros ojos, que parece dar sombra y cobijo al visitante. No en vano estamos ante uno de los parques naturales más hermosos y ricos en especies. Las altas, y anchas, copas de los pinos mediterráneos me trasladan a la infancia, aunque son lo único que me la recuerdan.

El folleto turístico decía: «giro panoramico a San Fruttuoso». La antigua abadía, entre  Camogli y Portofino, es un auténtico oasis de paz, tan solo accesible desde el mar o a pie. Nos acercamos lo suficiente como para hacer algunas fotos, aunque me hubiese gustado sentarme en la orilla con los pies sumergidos en las aguas limpísimas de esta área marina protegida. Y, una vez más, como en tantas otras ocasiones, me digo aquello de «otra vez será…»

 

Photo by Ciccio Pizzettaro on Foter.com / CC BY-NC-SA

 

Desciendo, contenta de comprobar que el sombrero sigue sobre mi cabeza, sin peligro porque calzo unas alpargatas planas, mientras echo un vistazo a mi alrededor, aunque he tenido tiempo suficiente durante la travesía de examinar a mis compañeros de viaje: minúsculos biquinis, chancletas o camisetas anchas y descuidadas. No es que yo me haya ataviado como para acudir a una fiesta, pero basta un vestido de algodón fresco y mi sombrero de paja para destilar mucho más «glamour» que chanclas, camisetas o mini-shorts.

Estoy encantada de sentir el suelo firme bajo mis pies, y aunque es cierto que me reciben, desde los toldos, los rótulos y logotipos de las más lujosas marcas de moda, y que los tendeteres aquí ofrecen cachemir y maravillosas camisas de lino natural- a más de trescientos euros la pieza- tengo que reconocer que el pequeño puerto me parece hermoso, mucho más de lo que probablemente esperaba.

Aventurarse a comer en cualquiera de los restaurantes del puerto puede tener resultados nefastos para el bolsillo, salvo que el presupuesto no sea un problema, de modo que optamos por sentarnos en la terraza de un bar, el de aspecto más sencillo y normal posible. Aun así, un refresco no baja de siete euros… eso sí ¡Nos obsequian con un pequeño cuenco de patatas fritas!. Pero la parada merece la pena, y no sólo para refrescarnos, sino porque ofrece un lugar perfecto desde el que observar todo lo que sucede en la calle.

A nuestra derecha un matrimonio de jubilados ingleses, yo creo que procedentes de algún crucero o excursión, a tenor de la pegatina circular de color rosa que lucen en su camiseta- después observo que otros viandantes la llevan azul, verde…- toman una cerveza que han enfriado con cubitos de hielo. Me ofrecen la cubitera por si quiero enfriar la mía, a lo que respondo con una amplia sonrisa y un «no, thanks».

Una familia italiana- padres, abuelos y niños- ocupa otra contigua y cuando abren el folleto que hace de carta y leen los precios de los bocadillos se levantan rápidamente de las sillas, entre exclamaciones de incredulidad y ofensa. Yo reprimo la risa, aunque ya había mirado los precios sin inmutarme, y decidido que comería algo en el local de enfrente, un horno en el que no dan abasto a servir excelentes porciones de focaccia genovesa recién hecha.

Me recuesto en la silla, parapetada tras mis gafas de sol, e inicio esa especie de juego solitario de observar e imaginar las vidas ajenas. Gucci, Pucci, Dior… sin embargo la mayoría de las tiendas están vacías, si acaso con algunos turistas que curiosean. Y pienso, qué enorme contradicción, que la elegancia que exhiben los escaparates está muy lejos del aspecto de los viandantes: bermudas imposibles, sandalias con calcetines, cuerpos que se exhiben con exceso- con exceso de todo- y no dejo de preguntarme dónde están las mujeres hermosas, de estilizada figura y caminar sereno, las que emanan seducción y misterio, como en las fotos de aquel reportaje en blanco y negro.

Y surge, inevitable, la pregunta: Portofino… ¿dónde quedó el «glamour»?.

 

Portofino

Photo by Fabio – Miami on Foter.com / CC BY-NC-SA

 

Quedó en el aspecto cuidado de las calles, los barcos espectaculares que siguen atracando, la belleza de las casas – ay, quién pudiera…!- la belleza serena de una joven, al menos una, que camina erguida sobre sus tacones; la elegancia del nonno que peina hacia atrás sus cabellos canos acompañado de sus nietos, un niño de cabello rubio que camina junto a él con el cuello de su polo camisero levantado- he ahí un futuro modelo, pienso- y una niña delicada y delgadísima, como lo son la mayoría de las italianas -quizá algún día descubra el secreto-.

Quedó, y no podemos menos que bromear sobre el asunto, en los pequeños detalles de los callejones que nos guarecen del sol y el calor, en la ropa tendida en una ventana y
que, curiosamente, es del mismo color que la fachada, como si se hubiese mimetizado, o estuviese hecho a propósito, como si fuese de atrezzo o quisiera de algún modo demostrar que existe una vida normal y cotidiana en las casas que, a buen seguro, han dejado de ser modestas viviendas de pescadores.

Photo by TwnPines2 on Foter.com / CC BY-SA

 

A través de los callejones llegamos hasta la escalinata que sube a la Iglesia de Divo Martino, consagrada a San Martín de Tours. El adoquinado de la explanada sobre la que se yergue dibuja un bello mosaico. Nos acoge con el frescor que ofrecen siempre los templos. Recientemente se han realizado diversos trabajos de restauración ( no recuerdo la cantidad del proyecto) para lo que, en un cartel, se solicitan aportaciones. Y pienso, que contradicción, que el valor de cualquiera de los «barquitos» atracados en el puerto bastaría para cubrir el importe, o unos cuantos vestidos de alta costura, un bolsito de aquí, unos zapatos de allá, un poco de cachemir y lino…

 

Photo by Dr Korom on Foter.com / CC BY-SA

Es una pena que mi barco tenga hora de partida, apenas unas pocas para disfrutar del lugar, porque me quedo intrigada, deseosa, de averiguar que ocurre en Portofino cuando la luz del sol se esconde, las farolas se encienden y las velas en las mesas de los restaurantes invitan a sentarse. ¿Aparecerán entre las sombras las mujeres bellas y los hombres elegantes?.

Apenas unos minutos para partir, y doy una última vuelta por el muelle.De repente, no puedo resistirme: ¡rebajas! al 50%…no es Gucci, ni Pucci, ni Chanel, pero siempre podré presumir de unos bonitos foulards de algodón y una estupenda bolsa de playa, de una marca francesa, comprados en Portofino.

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Rimazùu: alojarse en Riomaggiore como un local

Alojarse en Riomaggiore es una buena opción si estás planeando unas vacaciones en Le Cinque Terre. Esta hermosa localidad tiene un marcado carácter, e incluso un dialecto único y propio. Alojarse en Riomaggiore  permite al viajero disfrutar de la cotidianidad de los días, de las costumbres y celebraciones.

Cada mañana , al despertar, miro al horizonte con los ojos entrecerrados, abrumada por el sol que me acaricia suavemente la piel, igual que acaricia este mar azul sobre el que se posan. Lo observo. Parece tranquilo, casi inalterable, aunque sé que en ocasiones se vuelve bravucón, amenazante, poderoso como sólo la naturaleza lo puede ser.

Me apoyo sobre la baranda de la terraza, y me sacudo los restos del sueño- aún están tibias las sábanas- cuando en Rimazùu, que es como todavía llaman a Riomaggiore algunos lugareños en el antiquísimo dialecto ligur, comienza un nuevo día. Alojarse en Riomaggiore, como un local, permite observar como el pueblo se despabila cada mañana con el tañido de las campanas de su Iglesia principal- la de San Giovanni Battista- que poco después de las siete llama a los vecinos para la celebración de la misa, cuando las calles están casi en silencio y las contraventanas de color verde permanecen aun cerradas, dormidas las almas tras ellas. De vez en cuando canta un gallo, o se escucha el motor antes de que aparezca, repentinamente, tras el verde por una curva vertiginosa, el pequeño autobús con el que los habitantes del municipio van o vienen desde las aldeas de Groppo o Volastra.

Miro el blanco campanario de la Iglesia y le pregunto:
-¿Ahora callas?.Y poco después me responde, con el inconfundible toque en el momento de la consagración durante la Eucaristía.

Alojarse en Riomaggiore, en una de esas casas aferradas a las rocas tan características de Le Cinque Terre, y de Liguria, asomadas al mar, desde las que divisar y advertir de un posible ataque pirata, permite observar sin ser visto, ser testigo de las costumbres, de lo cotidiano y de las celebraciones.

alojarse en Riomaggiore

Photo on Foter.com

Si levanto un poco la vista puedo consultar en cualquier momento la hora exacta, en el reloj del Castillo, que parece estar a mi entera disposición. En su día fue un punto estratégico, en su papel de fortaleza, y hoy es un lugar mágico cuando en las horas de la tarde se comparte un banco, en la plazoleta anexa, con los mayores del pueblo. Gentes que charlan entre sí de las cosas del pasado ajenos,  seguramente por la costumbre, a la imagen que se avista desde lo alto, al color que toman el cielo y el mar -rojo, fuego u oro- también sobre las rocas a las que se aferran las casas y la vida en Rimazùu.

En el pequeño Oratorio de San Rocco, frente al Castillo y justo a nuestras espaldas, unas mujeres se afanan en cubrir al Santo de flores blancas… En pocas horas saldrá en procesión, acompañado de cientos de velas que alumbran el camino desde su emplazamiento hasta el centro histórico. Al bajar, llegando a la Piazza della Compagnia, donde se encuentra el Oratorio de Santa Maria Assunta, tropezamos con una curiosa estampa: desde la pequeña Iglesia el monaguillo, con la casulla demasiado corta por la que asoman unas bermudas, y un crucifijo a hombros, lleva el Cristo cuesta arriba para que salga en procesión. Es uno de esos momentos en los que desearía tener la cámara presta y la vergüenza a buen recaudo.

 

alojarse en Riomaggiore

Photo by emilie-r on Foter.com / CC BY-NC-ND

Pienso por un momento, mirando desde la terraza, cuan protegidos estamos o al menos cuan encomendados a la Virgen y los Santos. Desde allí es posible «asistir» a la misa en el pequeño oratorio de la Assunta. Tan pequeño, de hecho, que llenan la piazzeta de sillas plegables y utilizan megafonía en el exterior. También desde aquí la vista tiene su «aquel», pues la ropa tendida en las casas anexas parece que lo está en la mismísima cornisa de la Iglesia. Serán precisamente cosas como ésta las que hacen que se mezclen lo humano y lo divino?.

Cuatro misas  y una procesión, todo ello cuando llevamos dos días de estancia en Riomaggiore… ¿casualidad o fervor extremo?. Bien es cierto que las fechas son señaladas: Ferragosto, 15 de agosto día de la Asunción, y San Roque. Mientras desayunamos en el Bar Centrale llega el cura del pueblo, un joven con sotana larga, el pelo alborotado y las mejillas coloradas, acalorado por la caminata y la indumentaria. Resulta inevitable que esta imagen, en mi memoria, se torne en blanco y negro, asociada a tiempos pasados.

 

alojarse en Riomaggiore

Photo by Mal B on Foter.com / CC BY-ND

 

A pesar de ser día festivo, están abiertos todos los negocios de Via Colombo, algo así como la calle Mayor, la que lleva a todos los lugares: al túnel que une el pueblo con la estación ferroviaria, a las escaleras por las que se accede al pequeño puerto, a sus restaurantes, al lugar donde atracan los barcos turísticos y desde donde se toma el camino a la playa- véase que el concepto de playa aquí nada tiene que ver con el que podamos tener en mente, pues se trata de una zona de gruesas piedras en las que resulta complicado tumbarse al sol-.

Me he dado cuenta de que en Riomaggiore es raro encontrar personas con sobrepeso, a pesar de las docenas y docenas de focaccias que se despachan en la panadería, de la pasta suculenta que se come o se cena en las casas, por cuyas ventanas escapan los  efluvios delicados de tomate y albahaca, de las salsas que se guisan a fuego lento acompañadas de la música de los fogones – la que orquestan las cucharas, sartenes, ollas y tapas- e incluso de alguna cancioncilla que se tararea alegre en la cocina. Claro que ésto tiene una sencila explicación: todo el pueblo es una larga y constante subida, tanto si se sigue Via Colombo como si no. Resulta en vano buscar algún camino más liso y llano, pues si uno se aventura por los callejones laterales lo más fácil es que se encuentre con tramos interminables de escaleras. Creo que este año puedo saltarme el propósito que cada septiembre se hacen cientos, miles, de personas y ahorrarme unas cuantas sesiones de gimnasio o spinning. ¿Véis? Otra ventaja de alojarse en Riomaggiore.

 

Photo by canoe too on Foter.com / CC BY-NC-ND

 

Aun así no dejo de asombrarme cada vez que veo a la gente del lugar saltando entre las rocas para darse un baño en el mar. Yo, que además sufro de vértigo, siento que se me encoge el estómago mientras intento llegar hasta donde se encuentran. Cuando lo consigo, palidezco de envidia al descubrir a personas que pasan de los 70 y que se mueven, nunca mejor dicho, como pez en el agua.

Como Riomaggiore es el primero de los cinco pueblos, si se viene de la Spezia, que conforman el parque nacional de Cinque Terre, es también el primero en recibir a los numerosísimos turistas que llegan por tierra o mar. Me cruzo con ellos mientras bajo lentamente por Via Colombo para comprar pan, fruta y pecorino, o algunos tomates de aspecto retorcido pero sabor intenso- aunque presupongo que no tan exquisitos como los del huerto de mi «vecino», que cada día los riega concienzudo, taciturno, sin levantar la cabeza en ningún momento, mucho menos para saludar.-Por cierto, aquí cualquier pequeño espacio entre dos casas es un lugar idóneo para sembrar un huerto: pimientos, tomates, calabazas, judías verdes, y limoneros cargados de frutos de piel gruesa y aroma profundo.

 

alojarse en Riomaggiore

Un poco más arriba de este pequeño hotel estaba nuestra casa en Riomaggiore

Prefiero, después de haber comprado en todos, el «alimentari Franca», el que está en la parte más baja de la calle, o si se prefiere el primero que se encuentra nada más salir del túnel que une la estación con el centro del pueblo. Tiene excelentes productos, está limpísimo y además es un negocio familiar en el que jóvenes y no tan jóvenes atienden con amabilidad, algo que no es excesivamente usual en estas tierras ya que los italianos de Liguria, y concretamente de la Spezia, tienen fama de poseer un carácter «cerrado» y de ser un poco desconfiados. Puedo asegurar, no obstante, que ésto puede resultar un tópico…aunque, si debo ser sincera, echo de menos la «chiaccherata» con la tendera en cualquier pueblo de la Toscana, o el saludo de los vecinos aunque les resultemos unos completos extraños.

Estoy pensando en como cambia nuestra percepción de los lugares o de las personas cuando no estamos sólo de paso, cuando permanecemos durante unos días- claro que unos días tampoco son suficientes- en los mismos. Hace un año visitamos Riomaggiore, como tantos lo visitan hoy, cámara en mano, asombrados por el encanto de las casas aferradas a la roca, fotografiando los murales del artista Silvio Benedetto, o dispuestos a iniciar el recorrido por la famosa Via dell’amore.

Nunca es suficiente, salvo que tuviésemos la fortuna de ser uno de tantos que regresan cada verano al lugar de su infancia, al calor de unos brazos maternos, al recuerdo de las risas, los juegos entre los callejones, al escondite, como siguen haciendo los niños por aquí…

Curiosamente este mismo verano he descubierto un blog que se publica en un diario nacional. Habla precisamente de eso… y quien lo escribe lo hace, precisamente, desde un lugar que descubrí, tan sólo por unas horas, el verano pasado. Se trata de Tellaro. Me provoca una  sonrisa comprobar que mis apreciaciones eran ciertas cuando escribí:

«Observo a un grupo de mujeres en la mesa de al lado, poniéndose al día sobre sus vidas, de regreso al lugar de su infancia»

PD: Este y otros post sobre Cinque Terre fueron publicados originalmente entre los años 2011-2013 en el blog «De viajes y libros» (blogspot) No ha sido posible utilizar las fotos publicadas entonces y las originales, por alguna misteriosa razón, han desaparecido.

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Días de verano en Riomaggiore

Estoy en Riomaggiore y pienso: «Pongamos por caso que soy uno de esos riomaggioresi nel mondo», alguien que no quiere olvidar sus raíces y que pone todo su empeño en recordar, recoger y difundir la cultura, la gastronomía y hasta un dialecto propio que en nada se parece al italiano. Pongamos por caso que vuelvo cada verano a Riomaggiore, a la casa della nonna, para reencontrame con los recuerdos y las gentes del pasado. Pudiera ser, quizá, uno de tantos italianos que buscan un lugar donde pasar el verano, huyendo del calor excesivo de las ciudades. Incluso podría ser uno de esos artistas que un día llegaron aquí, y subyugados por la belleza del mar, el aroma de la albahaca, los escondites entre las rocas, la quietud de los estrechísimos callejones y la historia antiquísima- como todas las historias alimentada también de leyendas- decidieron  quedarse para siempre.

 

Podría, en ese supuesto,  haber pintado los murales que detallan la vida y el trabajo en Riomaggiore, los retratos de hombres y mujeres de piel curtida por el sol  y el viento, ellas cargando enormes cestos de uvas sobre sus cabezas, montaña abajo, cuidando del preciado fruto, fruto de su sustento. Más tarde, y por aquello de que la necesidad agudiza el ingenio, idearon un sistema de railes por los que trepar montaña arriba con un pequeño vehículo similar a un tractor con dos contenedores a los lados.

Los murales son obra de Silvio Benedetto pero muchos otros decidieron quedarse en Riomaggiore, estableciendo sus pequeños negocios de artesanía, donde mostrar y vender sus obras, únicas y originales. Supongo que se quedaron porque encontraron aquí su particular paraíso, a salvo del mundo. Y supongo- sólo puedo suponer, acostumbrada a fantasear sobre las vidas ajenas- que toleran la invasión de los turistas en verano, aprovechan la temporada para sus negocios, y sueñan con la llegada del otoño, incluso del invierno, para dedicarse a aquello que aman cuando el silencio sólo se quiebra con el silbido del viento y el abrazo, a veces furioso, de las olas rompiendo sobre las rocas.

 

Riomaggiore

Photo by BrianJii on Foter.com / CC BY-NC-ND

 

Podría ser… pero tan sólo soy uno de tantos visitantes- la palabra turista no me gusta- que decidieron regresar a Riomaggiore durante unos días, para vivir y comprender un lugar que, sobre todo en verano, recibe la visita de cientos, miles, de personas que llegan en los trenes abarrotados y en los barcos turísticos que provocan una auténtica invasión. Durante unos días intentaré ser una riomaggiorese más, aunque tan sólo sea una riomaggiorese estacional.

Una buena forma de comenzar el día es desayunar en el Bar Centrale, en realidad desayunar por segunda vez, ya que el primer café en la terraza me resulta irresistible. A veces los vecinos se me adelantan y paso un mal rato mientras me llega el aroma de su «moka» (la cafetera italiana) borboteando en el fogón. Son un matrimonio de jubilados, de Florencia- me dice Gianna, la casera, con la desconfianza propia del mundo rural  hacia los forasteros, especialmente hacia aquellos que compran una casa en el lugar que consideran suyo-.

Las mesas del bar están casi siempre ocupadas, por turistas que acaban de llegar, por quienes ya tienen sus maletas consigo camino de la estación y la nostalgia anticipada en los ojos, por los parroquianos de siempre, por jóvenes madres con sus hijos o «jóvenes» abuelas con sus nietos… si uno se fija bien distinguirá fácilmente a unos y otros, y no sólo por el idioma que hablen, la indumentaria que porten o su aspecto físico. Los turistas extranjeros, americanos especialmente, no pueden resistirse a una tortitas en el desayuno, los europeos e  italianos optan por el cornetto… a los riomaggeresi los distinguiréis porque toman una porción de focaccia incluso a primera hora de la mañana.

-Nonna, hai presso la focaccia?
-Siii
-Grazie, grazie nonna!- tintinea una voz infantil.

Después, sin prisa ni urgencia, con el ritmo lento que acompaña a nuestros gestos la seguridad de sabernos dueños de nuestras horas, hacemos aquello que más me gusta: pasar desapercibidos, como uno más, entre la gente.

Leo, en una entrevista reciente al escritor Paul Theroux, que hay dos modos de desempeñar este egoista trabajo de viajar y escribir: uno en aquellos lugares del mundo donde pasar desapercibido, donde perderse como uno más en la multitud. Y otro en paises donde eres diferente a todos, donde todo el mundo te identifica (en Africa, por ejemplo). Ambas maneras ofrecen distintas posibilidades de escritura- afirma el autor.

Yo, personalmente, prefiero la primera. La del mimetismo con el ambiente y el lugar, con las costumbres y la lengua. Quizá es la única que conozco, y aun no he tenido ocasión de experimentar las sensaciones que producen el sentirse enormemente distinto, por el idioma, la cultura o el color de la piel. Aunque bien pensado, en algunos lugares de la vieja Europa uno llega a sentirse bastante diferente…

Como la ola de calor africano que nos invade afecta por igual a lugareños y foráneos -a pesar de que «le Cinque Terre» gozan de un espléndido microclima donde las temperaturas en agosto no suelen superar los 28 grados y donde siempre sopla la brisa del mar- hay que buscar la la mejor forma de combatirla. Sumergirse en las aguas límpidas y transparentes; o bien  sentarse entre las rocas dejando que la espuma alegre y vivaracha nos salpique, unas veces suavemente, otras con más fuerza, en un interminable juego de contar…uno, dos, tres… ahora.

 

Riomaggiore

 

Los vecinos de la Spezia suelen huir del agobio de la ciudad para disfrutar de estas aguas:

-Esta mañana en La Spezia hacía más calor que en Palermo- aseguran haber escuchado en la radio.

Y uno sería capaz de permanecer allí durante horas si no fuera porque, en tal estado de ensimismamiento y despreocupación, apenas se advierte la quemazón sobre los hombros hasta que la piel enrojecida nos alarma y un dulce sopor nos envuelve mientras miramos, con extraña sorpresa, la pendiente que nos aguarda para iniciar el regreso a casa.

Con la pereza pegada a los talones, tarareando con actitud indolente alguna cancioncilla, subimos las escaleras talladas en la piedra, derrotados ante la evidencia de que hay que subir, sí o sí, abnegados ante la certeza de que todavía queda un trecho, Via Colombo arriba y mucho más… Por el camino dirimimos otra gran incógnita: ¿Hacemos una parada en «il pescato cucinato», para comprar una bandeja de deliciosos boquerones, calamares y gambas fritas, o proseguimos hasta «primo piatto» y llevamos a casa pasta fresca cocinada al instante? De cualquier modo, pienso acompañarlo de una botella de vino blanco bien frío, Cinque Terre DOC de bodegas Sassarini, que me ha recomendado el dependiente de la enoteca, un tipo amable y atractivo que me pregunta sobre mis preferencias en cuanto al vino:

– Seco o afrutado?
– Mejor seco…
-También yo lo prefiero – y me queda la duda sobre si es completamente sincero, o si ha desplegado sus dotes de buen vendedor… Pero al final resulta que el vino me gusta, asi que… ¿qué mas da?.

Las horas lentas de la tarde discurren entre el duermevela de la siesta, la lectura en la terraza o un culebrón que emite la RAI al que definitivamente me he «enganchado»… y es que lo tiene todo: hermosos paisajes en la verde Umbría, el casolare de mis sueños, secretos de familia, el negocio del vino y la buena cocina…

Para estirar las piernas, nada como una buena passeggiata, aunque dada la orografía de Le Cinque Terre el intento puede acabar en una dura sesión de trekking. Sin embargo, al caer la tarde, queda la opción de recorrer el paseo más romántico, la Via del’Amore, que une Riomaggiore con Manarola, ya que a partir de las siete, y hasta la mañana siguiente, es de acceso libre y por tanto gratuito. Compruebo que los candados se han multiplicado desde mi visita anterior, tanto amor encadenado eternamente…

Actualizamos: debido a las sucesivas  riadas y desprendimientos, la Via dell’Amore ha estado cerrada durante bastante tiempo (desde 2012) aunque hay 200 metros accesibles desde la localidad de Manarola. Ojalá sea este el año en que nuevamente pueda recorrerse desde Riomaggiore y podáis disfrutarla como nosotros.

También se puede hacer una parada en una auténtica terraza sobre el mar. «A Pie’ de Ma’ «es un bar muy agradable, literalmente sobre el mar, justo donde comienza el sendero. Uno puede disfrutar de una bebida contemplando la puesta de sol, moviendo los pies al ritmo de la música de jazz, y ocasionalmente y con mayor fortuna de la música en directo.

 

Riomaggiore

Photo by Funky64 (www.lucarossato.com) on Foter.com / CC BY-NC-ND

 

Una vez recorrido el sendero, se puede caer en la tentación de sentarse a cenar en cualquiera de los restaurantes de la pintoresca Manarola, bajo las bombillas de colores que adornan las terrazas, a las que se llega sorteando las barcas recien pintadas, que descansan en tierra firme, secando los barnices con el viento salado, el mismo que seca las ropas ondeantes en las ventanas. Y es que resulta dificil resistirse a los efluvios del pescado y el marisco, a la parrilla o acompañando la pasta, negarse el placer de acabar lamiendo las gotitas de salsa que resbalan por nuestros labios, sorbiendo los «linguine ai batti batti»- un marisco desconocido para nosotros, no tan fino como la langosta o la cigala pero sabroso acompañando el plato (si quieres una completísima guía de lugares para comer en Cinque Terre, no te pierdas nuestro post)

 

Photo by Ginkgo-Biloba on Foter.com / CC BY-NC-SA

 

Si uno decide regresar sobre sus pasos, aventurándose entre risas por el sendero apenas iluminado, debe tener cuidado de no dar un traspiés. Mucho más cabal seria tomar el tren pero ¿quién puede resistirse a un poco de aventura, conteniendo la respiración, recorriendo con paso ligero el camino, imaginando peligros acechantes entre las sombras?. Probablemente las únicas sombras acechantes sean las de alguna pareja de enamorados, que sentados en un recodo hagan de este un lugar de encuentro, tal y como otros lo hicieron antes dando nombre al camino.

Cuando ya se vislumbran las luces de Riomaggiore, el viento nos trae los sonidos de una música alegre y vital. En el pequeñísimo puerto, una orquesta interpreta conocidísimos temas de la música italiana, mientras los riomaggeresi se mezclan con las turistas americanas, en un juego de seducción y juventud que no cambia con el devenir de los tiempos.

– ¿Qué hacen por ahí abajo?- se preguntan los mayores, unos a otros.

– Bailan como locos- responde alguno, resignado.

Y la luna mira, sonriente, como las noches suceden a los días, mientras los cuerpos jóvenes se balancean al ritmo de la música, o se lanzan al agua desde el puerto… porque tan sólo las noches de verano pueden ser tan hermosas como los días en Riomaggiore.

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72 horas en Tierra Santa

La visita express a la ciudad de Jerusalén marcó el final de de nuestro viaje de 11 días a Jordania e Israel. A decir verdad, son pocos los lugares a los que no volvería (Siempre digo que todo el mundo merece una segunda oportunidad), y sin embargo Jerusalén encabeza por el momento mi lista negra. No me malinterpretéis, la ciudad a nivel histórico y artístico es impresionante… sin embargo, creo que las altas expectativas que teníamos, sumado al cambio drástico que supuso llegar desde Jordania (Porque creedme, son dos países totalmente opuestos a pesar de ser vecinos…) y unas cuantas situaciones desagradables que vivimos, hicieron que el final del viaje fuera un tanto agridulce. A continuación os contamos que ver en Jerusalén y cómo lo vivimos desde un punto de vista más personal.

que ver en Jerusalén

DIA 1 EN JERUSALÉN

Nos organizamos para cruzar la frontera de Allenby temprano por la mañana, con el objetivo de evitar las largas horas de espera que sufrimos a la ida. Como siempre, en cuanto entramos en tierras israelíes empezamos a notar cierta hostilidad, el personal de la frontera era bastante más seco que el del lado jordano y no ponían mucho de su parte cuando de ayudar se trataba. Una vez finalizados los infinitos trámites y controles, nos dispusimos a buscar los sheruts que nos llevarían hasta Jerusalén. Compramos nuestro billete y después de esperar un rato por fin pudimos subir a los minibuses.

Aproximadamente 40 minutos después, llegamos a Damascus Gate, una de las entradas más famosas de la ciudad santa. Decidimos tomar el tranvía de la línea 1 para ir hasta el hostal ya que hacía calor e íbamos cargados con bastante equipaje.

Llegamos al Abraham Hostel, recomendado en bastantes foros y blogs. A decir verdad lo escogimos porque el resto se nos salía de presupuesto, para que mentir. El alojamiento en Jerusalén es caro no, carísimo… es evidente que el turismo masivo sube los precios. Y creedme, Jerusalén es una ciudad hiper-mega-turística (justo lo que a mi me gusta, nótese la ironía). Incluso este hostal se nos salía de los límites que teníamos establecidos, en Jordania por este precio (40€ por noche) teníamos unos alojamientos excelentes con baño privado y aquí tuvimos que conformarnos con dormir en el «corral» con otras 12 personas.

No podíamos hacer check-in hasta unas horas después, así que tuvimos que dejar el equipaje en una taquilla y lanzarnos a la aventura. Teníamos hambre y no pudimos evitar acercarnos a uno de los puntos más famosos de la ciudad: El mercado de Mahane Yehuda.

¿Las rebajas de El Corte Inglés? ¿Los americanos locos peleándose por una TV en pleno Black Friday? Aficionados. Creo que no he visto tanta gente en mi vida. El problema es que llegaba a ser agobiante, el calor, los empujones… inevitablemente me vino a la mente una de esas tragedias de avalanchas humanas y pensé «Si salgo viva de aquí me hago creyente, je je…». Obviamente ni pudimos sentarnos en ningún puesto a comer algo, tuvimos que comerlo por el camino. Hubo algo que no me gustó y es que vimos unos frutos secos que no estábamos seguros de lo que eran (Parecían unas nueces con caramelo por fuera), le preguntamos al vendedor si podía darnos una para probar (Y si nos gustaban, comprar más) y nos echó insultándonos y haciendo aspavientos. Mira que las comparaciones son odiosas, pero en Jordania ya nos habrían dado a probar medio puesto. Decidimos intentar no darle mucha importancia pero a mi ya se me había torcido la antena para el lado malo.

Con el estómago lleno decidimos caminar hacia la puerta de Damasco para coger un autobús en dirección al Monte de los olivos e ir visitando varios puntos de interés mientras descendíamos a pie. La verdad es que fue un poco caótico ya que en google maps todo parece plano, pero hay unos desniveles curiosos y no sabíamos como hacer la ruta para evitar demasiado el sube-baja (De hecho, nos saltamos bastantes sitios porque tras ver 4 iglesias seguidas estábamos bastante saturados).

monte de los olivos que ver en Jerusalén

Que ver en Jerusalén: Cementerio Judío en el Monte de los olivos

Nuestra primera parada fue la iglesia rusa, que no teníamos planeado visitar y a la que llegamos por error pensando que era otro lugar. Lo más bonito y destacable sin duda son los jardines, extremadamente bien cuidados. La iglesia en si no era muy grande, tenía varias piezas de arte religioso ortodoxo en los clásicos  dorados y pinturas en colores vivos.

que ver en Jerusalén

Que ver en Jerusalén: Iglesia Rusa

que ver en Jerusalén

Desde allí empezamos a bajar hacia la ciudad vieja pasando por el cementerio judío. Impresiona ver toda esa cantidad de tumbas todas alineadas con apenas diferencias entre unas y otras y llenas de piedras por encima (Los judíos ponen piedras en lugar de flores porque las piedras representan la eternidad, todo lo contrario a las flores que tienen una vida más bien corta).

que ver en Jerusalén

De camino a nuestra siguiente parada nos topamos con la tumba de Zacarías, en la cual no hay absolutamente nada. De hecho apenas está señalizada, nosotros vimos un grupo guiado y decidimos seguirlos para ver dónde iban. Después de bajar unas escaleras llegas a una cueva en la que, repito, no hay nada expuesto ni nada destacable. Hay que pagar para que te den una vela (Porque se ve que esta gente no cree en el poder de las linternas de los móviles), por lo que decidimos abandonar el lugar y seguir nuestro camino.

Seguimos bajando hasta toparnos con la iglesia de María Magdalena, un increíble templo ortodoxo con unas cúpulas en forma de cebolla (no os riáis, que se les suele llamar así) de color dorado que pueden verse desde kilómetros. Esta iglesia es bastante «problemática» con el horario de visitas, limitado a los Martes y Jueves de 10.00 a 12.00 de la mañana. Era viernes así que ya sabíamos que no iba a ser posible visitarla, pero dio la casualidad de que llegamos y la puerta estaba abierta. Vimos a gente entrar y pensamos «¿Por qué no íbamos a poder entrar nosotros?». Error, nada más acercar la nariz a la puerta salió una señora gritándonos como loca (Por su tono de voz, deduzco que seguramente, también nos estaba insultando) y aporreando el cartel del horario como queriendo decir: «¿¡ES QUE NO SABÉIS LEER!?». Vaya, que un «Sorry, It’s closed» nos habría sentado mejor, tampoco veo la necesidad de montar todo ese drama.

Proseguimos nuestro camino, intentando no matarnos, ya que el camino es extrañamente liso y empinado y no dejábamos de resbalar. Os aconsejo que llevéis calzado que no tenga la suela desgastada si queréis salir ilesos. Y llegamos por fin al huerto de Getsemaní, lugar donde supuestamente prendieron y arrestaron a Jesús. Y oye, debo decir una vez más que el entorno, los árboles, las flores… estaban extremadamente cuidados. Justo al lado se encuentra la iglesia de las naciones, en cuyo interior se encuentra la porción de piedra donde, según cuentan, rezó Jesus la noche en que fue arrestado. Lo curioso de esta basílica es que donde está levantada ya hubo dos templos anteriormente: una basílica bizantina y una capilla cruzada. La construcción es reciente, de entre los años 1919 y 1924.  Tuvimos suerte de que no había mucha gente y pudimos descansar al fresco, ya que el calor apretaba.

que ver en Jerusalén

Que ver en Jerusalén: Huerto de los Olivos

que ver en Jerusalén

Que ver en Jerusalén: Iglesia de las Naciones

Recuperado el aliento nos dirigimos a la ciudad vieja por la Puerta de los Leones. Se notaba bastante el cansancio, así que decidimos tomárnoslo con calma. Era la hora del comienzo del Shabbat y que mejor momento para acercarnos al Muro de los lamentos.

Avanzados unos metros, empezamos a ver varios furgones policiales y un montón de patrullas armadas. En un lapso de menos de 3 minutos cortaron la calle que daba acceso a la explanada de las mezquitas. La tensión era palpable.

Esto nos obligó a desviarnos y sumergirnos de lleno en el barrio Musulmán. El paseo fue toda una delicia sin duda alguna, donde los vendedores nos animaban amigablemente a probar todo tipo de dulces y especias, las tiendas de pañuelos y souvenirs se disponían una tras otra (no vamos a mentiros, en este aspecto Jerusalem daba un aspecto de parque temático horroroso). Los puestos de venta de falafel, shawarmas y delicias varias nos convencieron de volver más tarde para llenar el estómago.

que ver en Jerusalén

Y llegamos por fin al Muro de las Lamentaciones. Por supuesto para entrar, control de seguridad al canto. Aquello estaba abarrotado de gente, todos perfectamente uniformados al unísono hasta el punto de parecer un ejército.

Actualmente el Muro está dividido en dos partes: Los hombres a la izquierda, y las mujeres en una zona notablemente más pequeña a la derecha. En teoría, están construyendo una zona mixta, o eso leí cuando preparaba la visita.

Para entrar no hace falta cubrirse la cabeza (Los hombres si que deben llevar kipá, pero en las mujeres no es necesario el velo) pero sí que pueden pararte si te ven con pintas “sospechosas”. Y es que los musulmanes tienen prohibido el acceso al Muro, y si Niko de por si ya es moreno, imaginaros después de haber pasado 9 días tostándose bajo el sol Jordano… no es la primera vez que me preguntan si tiene raíces árabes.

Apenas dio dos pasos, el guardia de seguridad le puso la mano en el hombro y mirándolo fijamente le preguntó: ¿What is your religion? Niko debió ponerse tan nervioso que su respuesta fue “Bulgaria”. A lo que el guardia le preguntó ¿Ortodox? Y el: Yes, yes… yo desde unos metros no daba crédito a la vez que me partía de la risa. Ambos entramos en nuestras respectivas zonas. Al contrario de lo que mucha gente relata, de experiencias espirituales varias, os puedo asegurar que no pude sentir más indiferencia estando allí… llamadme ignorante o lo que queráis, pero es que soy la persona menos religiosa que os podáis imaginar. Solo pude pensar en el conflicto entre árabes e israelíes y en cómo habíamos llegado a esta situación mientras el resto del mundo daba la espalda.

Terminada la visita nos fuimos corriendo a los puestos que habíamos visto anteriormente y degustamos unos riquísimos bocadillos de pollo con hummus y verduras. Además de ser bastante económicos para lo costoso que es Jerusalén, eran buenas raciones. Decidimos que era un buen momento para retirarnos al hostal, así que salimos por la puerta de Jaffa para caminar calle arriba, ya que durante el shabbat se paraliza absolutamente TODO. Tiendas, transporte público… todo parado. Verdaderamente daba una sensación de ciudad fantasma bastante incómoda.

Ya en el Abraham Hostel conseguimos refrescarnos y descansar. Subimos a la azotea, uno de los pocos puntos positivos para este alojamiento.

 

DIA 2 EN JERUSALÉN

Nos despertamos bastante pronto ya que alguien en nuestra habitación pensó que era buena idea dejar las ventanas abiertas por la noche. Nos preparamos y subimos a desayunar. Aquí vino otra de las grandísimas decepciones de este hostal. El desayuno tenía poquísima variedad, y ya que estoy pagando un precio bastante superior al de otros hostales, esperaba al menos poder desayunar decentemente… pero ni eso. Se notaba que la mayoría de la comida no era casera (en Jordania todos los alojamientos nos preparaban el desayuno casi al momento y con una variedad increíble), así que me resigné a comer dos trozos de pan con mermelada. Ni siquiera pude terminarme el zumo ni el café de lo horribles que eran.

Intenté olvidar esta experiencia lo más rápidamente posible y pusimos rumbo a la ciudad vieja de nuevo, pensando en comer algo cuando llegáramos al centro.

Entramos por la puerta de Jaffa e inmediatamente giramos a la derecha para visitar El Barrio armenio. Nos topamos con la Catedral De Santiago, que por desgracia estaba cerrada, aunque al menos pudimos ver algunos iconos y pinturas del exterior. La verdad es que fue todo un gustazo pasear por aquellas calles casi desiertas, por algún motivo que no logro entender apenas había turistas en aquella parte de la ciudad.

Que ver en Jerusalén: Catedral del Patriarcado Armenio

Siguiendo la calle del patriarcado armenio, llegamos a un gran aparcamiento que marca el inicio del barrio judío. Decidimos investigar metiéndonos por un callejón, atraídos por el olor de pan recién hecho. Y efectivamente, pocos metros más adelante, encontramos una panadería donde decidimos comprar unos exquisitos panes para ir llenando el estómago.

barrio judio jerusalen

Barrio Judío en Jerusalén

Nos topamos con el Cardo, las ruinas de una gran calle columnada, lugar de tránsito diario desde hace más de xxxx años donde se desarrollaba la mayoría del comercio de la ciudad.

Que ver en Jerusalén: El Cardo

Serían cerca de las 12 del mediodía y y la plaza de Ha-Khurva estaba bastante animada. Paramos delante de la sinagoga para verla desde fuera y aprovechamos para ver también la menorah de oro, lo único que se salvó cuando el emperador Tito ordenó destruir el antiguo templo. Aún así, el expuesto es una réplica.

Volvimos a pasar por delante del muro, que estaba aún más abarrotado que la noche anterior. Aprovechamos para ver el “pequeño muro”, ubicado en una zona techada, y así reponer fuerzas.

Después nos dirigimos de nuevo al barrio musulmán buscando un lugar donde llenar el estómago. Estábamos extremadamente hambrientos, pero todo era carísimo, habíamos descartado sentarnos a comer en los restaurantes y decidimos ir a lo barato y buscar unos shawarmas o algo por el estilo.

Llevábamos un rato dando vueltas como pollos sin cabeza, la verdad es que las calles de Jerusalén son una locura de laberinto e ir sin un mapa detallado es casi garantía de perderse. Hasta que encontramos un sitio donde podemos afirmar que comimos uno de los bocadillos de falafel más increíbles de nuestras vidas.

Este diminuto local en cuestión no tiene nombre y tampoco está señalado en en mapa. Sin embargo encontrarlo no es difícil: sólo tenéis que entrar por la puerta de Damasco y andar hasta que lleguéis a una intersección de 3 calles. En medio, veréis unas ventanas y puertas de madera pintadas de color verde. Tienen también shawarma de carne, sin embargo nosotros elegimos el Sándwich de falafel, con patatas y salsa picante casera. Era tan distinto de otros bocadillos que habíamos probado y nos gustó tanto que repetimos al día siguiente, los pedimos para llevar y comerlos en el avión.

Con las baterías recargadas nos dirigimos al barrio Cristiano. Aquí fue donde pude confirmar sin lugar a dudas, que Jerusalén es el Disneyland de la religión, no había espacio para un solo comercio más: crucifijos de madera, oro, rosarios, hasta imanes con la cara de Jesús… 🙄 gracioso cuando la religión Cristiana precisamente predica deshacerse de todo bien material innecesario, ahora, con tal de llenarse los bolsillos lo interpretan como les convenga. Hipocresía en estado puro es lo que se respira en esta ciudad, pero sobre todo, en este barrio.

Gente disfrazada de Jesucristo haciendo el Via Crucis, cargando una cruz de vete tú a saber cuantos kilos a 40 grados bajo el sol. Y yo pensaba que era friki, pero después de ver esto, estoy empezando a considerarme bastante normal.

Que ver en Jerusalén: Iglesia del Santo Sepulcro

Respiré hondo y me preparé mentalmente para visitar la iglesia del Santo Sepulcro. Aquello estaba más abarrotado que las rebajas del corte inglés. Nada más entrar, un tapón de gente desesperada por tocar la famosa Piedra de la Unción… de verdad que os digo que aquí en fanatismo tocaba su punto álgido, había gente literalmente abrazando la piedra que no quería irse, otros iban acompañados de sus bolsas de souvenirs para bendecirlos uno por uno… inaudito. Quizá si hubiera llevado el cupon del euromillones ahora mismo estaría escribiendo este artículo tumbada en alguna Playa de las Bahamas.

santo sepulcro jerusalen

La cantidad de gente dentro de la basílica era bastante agobiante y los gritos en distintos idiomas de los tipos guiados retumbaban hasta casi perforar los oídos. Dimos una vuelta rápida para ver la distintas capillas, pero ni por asomo se nos ocurrió hacer las dos horas de cola para ver la tumba de Jesús. Por si a alguien le interesa: hay que ir tapado, solo se puede entrar de tres en tres y no se puede permanecer más de escasos segundos. Nuestro tiempo era demasiado precioso como para perderlo haciendo cola así que simplemente nos retiramos de allí.

Habíamos leído por blogs que había una zona donde se podía caminar por los tejados de Jerusalén, y allí que fuimos a buscarlos. En el cruce de St. Mark’s St. y Habad St. encontramos las escaleras que llevaban al cielo en la tierra. Lo curioso de esta ruta por los tejados, es que se construyó a modo de atajo para evitar el bullicio de las calles, zocos y pasadizos. De hecho, no es raro ver a locales deambulando por los tejados, pues ellos son los que mejor conocen estos caminos.

Que ver en Jerusalén: Tejados de la ciudad

No conseguimos encontrar el monasterio etíope, a pesar de que preguntamos a varias personas… nadie supo indicarnos.

Volvimos a dar otro paseo por el barrio musulmán, y de nuevo presenciamos uno de esos actos que me hicieron repugnar la ciudad: una pareja árabe con un carrito de bebé intentando bajar por unas escaleras de piedra llenas de socavones, y un grupo de judíos chulescos que salían del muro cortándoles el paso y riéndose de ellos. Escasos minutos más tarde, un judío que se dirigía al muro, escupiendo en el puesto de un vendedor árabe.

Todo esto me hizo pensar en la típica situación en la que te hacen bullying en el colegio y por venganza te vuelves uno de esos acosadores.

Estábamos agotados, y decidimos que lo mejor sería retirarnos al hostal a descansar. Compramos unos souvenirs para la familia y salimos por la puerta de Jaffa. El shabbat llegaba a su fin y las tiendas por fin abrían.

 

Dia 3 en Jerusalén

Nuestra estancia en la ciudad Santa llegaba a su fin, pero antes de irnos teníamos un último lugar que visitar: La explanada de las mezquitas. Tuvimos la suerte de poder cuadrar nuestro viaje con uno de los días de apertura, ya que solo es posible acceder a la explanada de domingo a jueves en un horario muy limitado. Nos tocó madrugar para llegar allí antes de las 9 de la mañana. Desayunamos unos dulces que compramos por el camino y nos dirigimos de nuevo al Muro. Da igual el día, la hora… siempre está abarrotado.

Hay dos entradas a la explanada de las mezquitas: Una está situada al final de un pequeño zoco cubierto en El Barrio musulman, Y la otra (por donde deben acceder  los turistas), a la derecha del muro de los lamentos, en una pasarela elevada.

Como siempre tuvimos que pasar un control de seguridad, pasando las mochilas por Rx.

Que ver en Jerusalén: Muro de las lamentaciones

Resulta curioso que una de las mejores vistas Del muro sea desde aquí. Cuando por fin nos dejaron pasar, tuve la confirmación de que todo lo que habíamos visto y vivido estos días atrás, había merecido la pena. Estábamos en uno de los sitios más impresionantes del mundo, ante la mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca.

A la entrada de la explanada os darán unas faldas o chaquetas por si no vais vestidos adecuadamente (nada de manga corta/tirantes, pantalones cortos, leggings pegados…), aunque nosotros os recomendamos que vayáis ya preparados.

Resulta increíble observar los detalles de sus azulejos azules, que se ven incluso desde el Monte de los olivos, la cúpula dorada que reflejaba el sol, las mezquitas hermanas más pequeñas… pequeños jardines, fuentes, todo extremadamente cuidado. El tercer lugar más santo del Islam después de la Meca y Medina nos tenía absolutamente maravillados, y la vez aterrorizados al pensar en la opresión que los musulmanes sufren por parte de los israelíes, negando la entrada de palestinos a la explanada y dejando que grupos de radicales judíos campen a sus anchas, todo ello por supuesto alentado por el gobierno y el ejército.

Que ver en Jerusalén: Mezquita de Al-Aqsa

El interior de la mezquita no se puede visitar, pero desde luego nos bastó con el exterior para irnos de allí satisfechos.

Que ver en Jerusalén: Cúpula de la Roca

Ya de vuelta en el hostal para recoger nuestro equipaje, coincidimos con una señora de Miami que hablaba en perfecto Español y nos contó que todos los años se reunía en Jerusalén con parte de su familia que vivía en Europa. Que había “algo” en la ciudad que le impulsaba a peregrinar cada año.

Eso me hizo preguntarme si quizá soy yo la que no tiene sangre en el cuerpo, porque en las 72 horas que estuvimos en la ciudad Santa, no conseguí advertir otra cosa que no fuera rabia, hipocresía y aversión. Como decía el profesor Robert Langdom en «Ángeles y demonios», definitivamente la Fe es un don que no me ha sido concedido.

No todos los lugares que visitamos pueden ser perfectos. Siempre hago un balance de lo bueno y lo malo donde generalmente sale ganando el primero, sin embargo en este caso no fue así.  Desgraciadamente Jerusalén encabeza mi (corta) lista de lugares donde no volvería,  porque siempre tiene que haber una oveja negra entre otras miles de colores.

 

 

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Comer en Budapest: restaurantes para todos los gustos

Si la capital húngara es uno de tus próximos destinos viajeros y te estás preguntando dónde comer en Budapest, aquí te dejamos unas cuantas recomendaciones para todos los gustos y bolsillos. Pero antes de nada, vamos con unos apuntes sobre la gastronomía húngara y sobre lo que podéis encontrar.

Comer en Budapest: gastronomía y costumbres

Seguramente lo habrás leído en otros blogs y webs pero en Hungría, como en la mayoría de los países centroeuropeos, se consume carne en cantidades ingentes. El Goulash, en todas sus versiones (como sopa, como estofado de carne, o servido en un bollo de pan) es el plato estrella. También las salchichas frescas y especiadas y los embutidos, de aspecto muy similar a los que conocemos en España, pero con un sabor diferente, los encontraréis tanto en las cartas de restaurantes como en los puestos callejeros. A tener en cuenta:

#Desayuno

Tal como nos explicó nuestra anfitriona en Budapest, los húngaros no hacen el tradicional desayuno de café y bollería, mucho más extendido en España e imprescindible, por ejemplo, en Italia (un italiano puede desesperar sin su capuccino y su cornetto por la mañana). Por el contrario, es habitual un desayuno salado, e incluso en algunos locales especializados en desayunos ni siquiera sirven café. Esto no quiere decir que no vayáis a encontrar cafeterías y pastelerías dónde tomar un desayuno con dulce.

#Paprika

El pimentón dulce húngaro, de sabor distinto a las variedades que consumimos en España, se utiliza en muchos de sus platos, como el famoso pollo a la paprika, pero también en estofados de carne. Personalmente, me pareció que su uso (y casi abuso) convertía los platos en repetitivos. Es uno de los souvenirs estrella de la ciudad.

#Sopa

A todas horas, y siempre como primer plato e incluso como tentempié. Lo mismo en invierno que en verano. La verdad es que con las altas temperaturas que tuvimos (por cierto, no demasiado habituales a principios de junio) no se nos ocurrió probarla, y eso que en todos los menús del día se ofrecían al menos dos variedades.

#Chimney Cake

Su nombre original, Kürtóskalács. Este popular dulce (ojo, que originalmente también los había salados) en forma de tubo, se prepara en multitud de puestos callejeros. Esto es así porque los cilindros de masa se asan en una barbacoa de carbón.

Parece ser que el origen de la receta está en la región de Transilvania (Rumanía) pero que fueron los húngaros quienes añadieron  azúcar a la masa por primera vez.

En Eslovaquia y la República Checa los encontraréis con otros nombres (trdelnik) y se ha puesto de moda rellenarlos con nutella, nata o helado, aunque personalmente me quedo con la receta original de azúcar y canela. De cualquier modo es  uno de esos «imprescindibles» que tenéis que comer en Budapest, si o si.

#Palacsinta

Los crepes húngaros son uno de los postres más populares de la ciudad ¡Bienvenidos, golosos!

Comer en Budapest: restaurantes

 

Menza

Es uno de los restaurantes mejor valorados en foros y webs, pero además fue recomendación personal de nuestra anfitriona, y no nos extraña en absoluto.

El local, situado en Liszt Ferenc 2, muy cerca de la Ópera, es una auténtica preciosidad. Ofrece cocina tradicional muy bien elaborada y nada pesada, a pesar de la abundancia de carne en su menú. Es famoso por su pato, foie, goulash y carnes en general pero tiene una carta realmente variada (ensaladas, pescado o platos de pasta).

De lunes a viernes ofrece un menú de mediodía a precio muy competitivo, pero es que comer a la carta (las raciones son enormes) puede saliros por unos 30€ al cambio (propina incluida) para dos personas. Ejemplo: dos platos principales (estofado de carne a la paprika con noodles y entrecot con aros de cebolla y patatas) agua y copa de vino húngaro, tarta de chocolate con helado de pistacho para compartir y cafés.

El servicio rápido y amabilísimo. Nosotros optamos por comer en la terraza ya que la temperatura era más agradable que en el interior.

comer en Budapest

Kiosk

El lema de este peculiar y precioso restaurante, estampado en las camisetas de sus camareros, es:  «la felicidad no es un fin, es un modo de vida».

comer en Budapest

Hay que decir que comer en Kiosk (en Marcius 15, número 4, muy cerca del puente de Elisabeth) puede hacernos realmente felices.

De lunes a viernes tiene un menú del día a precio de escándalo: 2 platos a elegir por poco más de 6€ /1950 HUF, o menú de 3 platos por 2350 HUF (bebidas aparte).

Nosotros optamos por comer a la carta, ya que hacía mucho calor y no nos apetecía la sopa del menú. Los precios quizá un poquito superiores a la media en Budapest (sobre 12€ cada plato) pero productos fresquísimos y de calidad y las elaboraciones originales. No en vano, el restaurante pertenece al mismo grupo que el «estrellado» restaurante Babel (1 estrella Michelín) ¡En Budapest hay vida más allá del goulash!

comer en Budapest

Aunque los postres tenían muy buena pinta, y sirven helado casero, nos reservamos para otro lugar del que os hablaré más adelante. Y, por último, una recomendación: no os vayáis sin visitar sus baños (no tengo foto porque no llevaba el teléfono encima, pero el diseño de sus lavabos me encantó).

 

Blue Rose

Comida tradicional casera, de calidad aceptable y precio económico. Al lado de la Gran Sinagoga, en Wesselényi Utca 9.  Comimos el primer día porque era ya un poco tarde y estaba a un paso del alojamiento (también recomendado por la dueña de nuestro apartamento). Solo una advertencia: no pidáis tiramisú de postre, probablemente sea lo menos parecido al postre original y el peor que haya probado en mi vida. Nos equivocamos al pedir, ya que los crepes (palacsinta) que servían tenían un aspecto buenísimo.

Comer en Budapest: comida informal

 

Lokal Korner

En Semmelweis 17, muy cerca de la estación de metro Astoria. Pizzas grandes (32 cm) a poco más de 10€. Ambiente informal y personal agradable. Además podéis escribir en las paredes, sobre un mapamundi,  aunque os advierto que ya va quedando poco espacio para ello. Un buen sitio para comer en Budapest, sobre todo si os cansáis de tanta carnaza y sois fans de la pizza.

comer en Budapest

ya queda poco espacio disponible para dejar vuestra firma en las paredes de Lokal Korner

 

Black Cab Burguer

Esta hamburguesería, con dos locales en el centro de la ciudad, de estética londinense y tributo a The Beatles, está genial si queréis una comida o cena rápida e informal. Tienen dos tamaños de hamburguesa e incluso un bocadillo con pechuga de pollo a la plancha y salsa barbacoa (yo lo pedí pensando que era hamburguesa de pollo). Lo mejor ¡sus patatas fritas! Nosotros fuimos a Rákóczi Útca 19 (metro Astoria).

 

TÖLTŐ

Este pequeñísimo local, con apenas dos mesas, es uno de los mejores take away de la ciudad. Sus bocadillos de salchichas son mucho más que un simple perrito caliente y eran recomendación especial de Marina, que ya lo había visitado anteriormente (y hecho reseña). Pedimos la de buey (no había de pollo que era mi primera opción) y unas patatas asadas que estaban increíbles. Tiramisú de postre y precios imbatibles: dos bocadillos, patatas asadas, agua y cerveza, más un tiramisú casero, por algo menos de 15€.

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Karavan

En la misma calle que uno de los ruin bar más famosos de la ciudad (el Szimpla Kert) este espacio lleno de puestos ambulantes ofrece hamburguesas, langos, cerveza, comida mexicana y mucho más. Nosotros optamos por una hamburguesa de angus en «Zing «(lo encontraréis nada mas entrar a la derecha) justo al lado del puesto de Chimney cakes, lo que es una opción genial para el postre. El ambiente es estupendo y de verdad que lo que probamos era comida callejera de calidad.

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Chimney cake en Karavan

 

Szimpla Kert

El más antiguo y famoso ruin bar al que puedes ir a tomar unas cervezas pero donde también puedes comer en Budapest. Especialmente famoso es su brunch de los domingos, elaborado con materia prima del mercado de productores locales que allí mismo exponen y venden sus quesos, embutidos, frutas o miel.

Podéis comprar algo en los puestos y comerlo allí u optar por el abundantísimo brunch (15€ por persona). Recomendación: ir pronto, ya que a las 11 de la mañana no cabe un alfiler.

El Szimpla Kert está en el barrio judio, en Kazinczy Utca, 14.

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Mercado Central

No os vamos a recomendar el mercado central como uno de los mejores sitios para comer. Hace 3 años, cuando Marina lo visitó, era una opción estupenda pero se ha convertido en atracción turística y ahora la calidad y precio dejan mucho que desear. Si podemos recomendaros que compréis pan y embutidos para preparar un picnic o para traer de regalo a vuestros familiares. Nosotros comimos un strudel de queso buenísimo, en un puesto que vendía pasteles y pastas, para matar el gusanillo a media mañana.

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Comer en Budapest: Cafés

Si sois amantes del café, como es nuestro caso, y os preocupa saber si después de comer en Budapest váis a poder tomar un café decente la respuesta es sí. En la mayoría de restaurantes el café era más que aceptable, incluso diría que muy bueno. Pero si buscáis locales especializados en esta bebida de los dioses, donde además podéis disfrutar de un acompañamiento dulce tomad nota de nuestras recomendaciones.

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Café Central

Este precioso Café histórico abrió sus puertas en 1887 y fue lugar de reunión de intelectuales, científicos, escritores y compositores hasta 1945. Tras la segunda guerra mundial se convirtió en comedor estudiantil y en club literario y musical.

En el año 2000 se renovó completamente, manteniendo su espíritu de centro cultural y ofreciendo además un servicio de restauración.

A pesar de lo que pueda parecer, es posible tomar su menú del día por unos 9€ (sin bebida) y darse el capricho de dos cafés y un trozo de tarta por unos 10€. Si tenéis suerte, quizá podáis disfrutar además del buen hacer de algún músico tocando el maravilloso piano de cola que hay en el local.

Está en Károlyi Utca, 9.

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Torta Dobos, la preferida de Sissi

 

Espresso Embassy

Café, café y mucho más café. Variedades y especialidades de café de todo el mundo excepcionalmente preparadas. Vale, también podéis pedir un bollo o trozo de pastel para acompañar.

Es un local pequeño con unas mesitas en la acera, en una calle muy tranquila cerca de la Basílica de San Esteban (Arany Janós Utca, 15).

À Table

Este pequeño café cerca de la Gran Sinagoga, en Wesselényi Útca 9, es un sitio perfecto para desayunar, tanto si optas por un desayuno «a la húngara» como si prefieres el clásico croissant. Por su ambiente y decoración no sabréis muy bien si estáis en Budapest o en el mismísimo corazón de Paris, de ahí su nombre.

comer en Budapest

Como véis, comer en Budapest a buen precio es posible (hay que decir que ayuda el cambio del euro, que nos resulta muy favorable) y eso que no hemos considerado la cantidad de puestos ambulantes en las que probar sus famosos langos (pizza frita), ni los kebabs etc. Esperamos que este post os resulte útil en vuestro próximo viaje a la capital húngara, y a la vuelta compartáis vuestras impresiones y recomendaciones para comer en Budapest.

 

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Soldato Capecchi Cesare

Tan sólo una breve inscripción: «Soldato Capecchi Cesare, morto il 29-5-1917». Ni una lápida, ni monumento funerario alguno. Las flores frescas que me dicen que alguien le recuerda y, junto a él, otros soldados muertos durante la primera guerra mundial. A pocos metros una enorme ancla, erigida en memoria a los desaparecidos en el mar. Rebobino una y otra vez la cinta de la videocámara (si, han pasado unos años, y entonces las videocámaras no eran digitales) intentando percibir algún detalle más de aquel lugar inesperado, pero sólo veo flores. Flores hermosas junto a cada uno de los nombres y fechas, junto a la raiz de los árboles que rodean la verja de este cementerio, y tras la misma verja austera de hierro.
Vuelve la lluvia insistente, que no nos abandona  en esta mañana de marzo. De camino desde Sorano, donde el tiempo apenas nos ha dado un respiro para recorrer sus callejuelas, repletas de talleres en los que los artesanos trabajan la madera del olivo (aún conservo, tras muchos años y mudanzas, un tapón para el vino en forma de gato), nos hemos cruzado con algún grupo de osados excursionistas pertrechados con chubasqueros y botas, a la búsqueda, cual valientes aventureros, de la multitud de excavaciones y tumbas etruscas. Es en los alrededores de Sovana donde se encuentran la mayor parte de las Necrópolis.
Aparcamos, carretera arriba, al llegar a Pitigliano,  que se divisa confundiéndose, mimetizado, con la roca. Encontramos de camino este lugar para el recuerdo, y no me parece un lugar triste ni oscuro, a pesar del día gris.
Son estos lugares inesperados los que dan verdadero sentido a mi viaje. Viajar debiera ser descubrir y contemplar sin previo aviso, pero sin mirar el reloj o el calendario. Así que en realidad somos meros visitantes, ocasionales, que debemos conformarnos con lo que un día o unas horas dan de sí. Con todo, no dejéis por ello de visitar esta zona de la Toscana, en la provincia de Grosseto, aunque sea en una breve escapada por la zona más al sur de la región, tal como hicimos nosotros.
pitigliano

Llegando a la ciudad leo: » Pitigliano, la cittá del tufo». Como supongo que lo del tufo no se refiere a ningún mal olor, pregunto en cuanto tengo ocasión por el significado de esta palabra. Para intentar combatir el frío y la humedad que nos cala hasta los huesos, entramos en un pequeño bar buscando un café caliente. Lo encontramos nada más atravesar la puerta de acceso a la ciudad, en la Piazza garibaldi, y si la memoria no me confunde, cosa que no sería de extrañar, es el » Caffe del Teatro».  El local esta repleto de fotos de Valentino Rossi y otros pilotos de motociclismo, así como de multitud de recuerdos y más fotos de su dueño, un viejo motero. Cuando le pregunto «qué es el tufo», golpea con el puño las paredes del local. «Esto es el tufo», señala, y me explica que es la roca de la que está construída la ciudad. Es una roca volcánica, muy porosa, en realidad formada por cenizas y otros sedimentos que fueron quedando tras las erupciones.

De modo inesperado, acabo de conocer el nombre de aquel propietario apasionado de las motos. Se llamaba Marco y por lo que he podido saber, al menos en 2015, ya no regentaba el local y se había mudado a Piancastagnaio, en la provincia de Siena. También que después de esta fecha, aunque no se cuándo exactamente, el Caffe del Teatro  ha cerrado.

En la entrada del Palazzo Orsini hay un pozo de mármol travertino. No recuerdo exactamente cual es la leyenda pero,  como ya podréis imaginar,  hay que cumplir con el ritual de echar unas monedas en su interior. Fue residencia de los condes de Pitigliano y Sorano y hoy en día sede del obispado. En su interior, el Museo arqueológico y el Museo del Palacio junto a la biblioteca y el archivo diocesano.

 

Recorremos las estrechas callejuelas, donde abundan los comercios de artesanía en madera de olivo y llegamos hasta el ghetto. Pitigliano acogió desde el siglo XVI una numerosa comunidad judía, hasta un diez por ciento de sus habitantes, que tuvo una excelente convivencia con el resto de la población.  Se creó la Universidad Hebraica de Pitigliano y,  durante la ocupación nazi,  los vecinos de ésta ciudad y de otras conlindantes dieron cobijo a numerosos judíos. Se ha restaurado la Sinagoga, el horno Kosher y el cementerio hebraico.

La lluvia no da tregua, se puede oir el sonido de nuestros pies dentro de los zapatos… chof, chof. Acudimos a una pequeña trattoria, «Cotto e crudo», recomendada por nuestro amigo el motero, no es ninguna de las que figuran en las guías de viaje. El local es pequeño, con apenas capacidad para 15 comensales, con los techos abovedados,  como tantos en la Toscana. Para combatir el frío me decido por una zuppa di farro. Mi anterior viaje a Toscana fue en el mes de agosto y este plato invernal y contundente no era entonces el más apropiado. El farro es un cereal, de grano más pequeño que el trigo. Con él se elaboran numerosas pastas y esta famosa receta,  similar a un potaje, con sus tropiezos de chorizo, panceta… perfecto para «animar» el cuerpo.

El local continúa abierto, con una hermosa terraza en la que comer si el tiempo lo permite, en la Piazza della Reppublica y frente al Castello Orsini.

 

pitigliano

Una vez más se reafirma mi opinión de que hay tantos lugares bellos en esta región que quedan eclipsados por la fama de otros. Pero también es cierto que descubrirlos es una bendición para nosotros. Pasear por sus calles casi desiertas, compartir la barra de un café con los vecinos, y entrar en un restaurante donde sólo encontramos a algún cliente local es muy agradable. Sólo espero regresar a Pitigliano e intentar no sentirme como una visitante. Sentarme a contemplar como la ciudad se confunde con la roca, como una eterna viajera, sin mirar el reloj, quizá delante de su nombre… soldato Capecchi Cesare. Y poder conocer, y contaros por fin, su historia.
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Alojarse y comer en El Bierzo

viajar al bierzo

Comer en El Bierzo (bien y barato) no resulta nada complicado. Los productos locales, sobre todo carnes y embutidos, son de excelente calidad y de las aguas heladas de sus ríos podréis degustar truchas «auténticas». Otros productos como los pimientos con indicación geográfica (IG Bierzo), vinos, quesos o castañas son algunos de los que os aconsejamos probar y por supuesto adquirir como recuerdo de vuestro viaje a esta Comarca leonesa, que tiene mucho que ofrecer.

Aquí van nuestras recomendaciones, como siempre BBB, después de nuestra breve pero intensa escapada. De lo que podéis hacer y visitar en 3 o 4 días os hablaremos más adelante. Ahora ¡Al lío!… ¡O al plato!

viajar al bierzo

Hotel Restaurante El Paraíso del Bierzo

Este pequeño hotel de gestión familiar, situado en la Vega de Valcarce, concretamente en Las Herrerías, es un auténtico Paraíso. Ubicado en una antigua fábrica de mantequilla, sus habitaciones y terraza miran al río y ofrecen una tranquilidad absoluta. El mayor trasiego que encontraréis es el de los peregrinos que transitan por este tramo del Camino de Santiago, justo antes de la durísima subida que lleva hasta el alto de O Cebreiro.

Acogedor, decorado con elementos tradicionales, lo mejor que tiene este hotel son las personas que lo gestionan y el excelente trato al cliente. Mil gracias a Loli, Noelia, David y Sergio por vuestra amabilidad y simpatía.

Pero, además de alojaros, tenéis la oportunidad de disfrutar de la carta de su restaurante. Nosotros solíamos cenar (ojo, que la cocina cierra pronto) después de pasar el día fuera. Nos gustó todo, pero os recomendamos el secreto ibérico, las truchas… ¡Y la tarta de queso! La terraza acristalada con excelentes vistas y el fuego de la chimenea (a pesar de ser primavera) hacían aún más agradable el momento de la cena.

Paraiso del Bierzo comer en el Bierzo

Comer con estas vistas no tiene precio

Si estáis pensando en visitar la zona y os preguntáis dónde comer en El Bierzo aquí va nuestra primera recomendación. Y mirad que habitaciones tan bonitas y espaciosas (os dejamos su web) en las que podéis alojaros. No hace falta que os digamos que la relación calidad/precio es excelente.

Dónde comer en El Bierzo

Si queréis comer en El Bierzo sin que vuestra cartera se resienta, os dejamos algunos lugares en los que comimos o tapeamos. Por supuesto que hay locales caros y famosísimos, y muchos de gran calidad, pero ya sabéis que lo nuestro es el BBB (bueno, bonito y barato).

O Pulpeiro (Bembibre)

Esta pulpería-restaurante representa a la perfección la simbiosis tradición-modernidad. Entraréis en un bar de los de toda la vida para pasar al comedor de estética moderna y casi hipster. Ofrece una carta acorde con su imagen: se puede comer el típico pulpo con cachelos pero también otras recetas más innovadoras. Ensaladas buenísimas y originales (una auténtica locura la de queso Veigadarte con frutos rojos), productos de la tierra como los pimientos asados caseros o la cecina, y una carne excelente. Hablando del queso Veigadarte, este ha sido el gran descubrimiento culinario del viaje. Precisamente se elabora en Ambasmestas, muy cerca de donde nos alojábamos, con leche de cabra. De postre, os recomendamos la tarta de queso Veigadarte con miel o la de galletas y chocolate (la tarta de la abuela de toda la vida) Para rematar, y muy importante para nosostros, el café lo preparan buenísimo, seguramente porque usan una de las marcas italianas que más nos gusta (Lavazza).

 

Confitería Ferrero (Bembibre)

Una confitería de las de toda la vida (lleva funcionando desde 1870, nada más ni nada menos) En el local puede tomarse un café acompañado de su producto estrella: sus famosas y exclusivas cestitas de hojaldre, rellenas de yema. Aprovechad vuestra estancia en El Bierzo para probarlas y por supuesto para regalar a la vuelta.

Café Siglo XIX (Cacabelos)

Emplazado en un precioso edificio de finales del siglo XIX esta cafetería, que también es hotel, sirve un excelente menú del día por tan sólo 9€ (bebida aparte) y una selección de tapas que van más allá de los típicos embutidos, patatas etc.

Cacabelos es conocido por albergar algunos de los mejores restaurantes tradicionales de la zona. En nuestro caso, nos apetecía más tapear así que preguntamos en la panadería del pueblo, donde nos recomendaron 2 ó 3 sitios, entre ellos el Siglo XIX.

El menú muy correcto pero, en mi caso, opté por una ración ( traduzcase por enorme fuente) de cecina con virutas de foie y queso Veigadarte, acompañada de una copita de vino de la zona (como no soy ninguna experta pedí al camarero que escogiese por mí) y pude degustar un «Cuatro Pasos» cuyas bodegas están precisamente en el centro mismo de Cacabelos. Si os gusta el enoturismo podréis disfrutar de visitas guiadas y catas.

comer en el bierzo cacabelos

Casualmente repetimos una noche, que se nos hacía tarde para llegar al hotel ( como os he comentado la cocina en El Paraíso del Bierzo cierra pronto) y optamos por una riquísima hamburguesa.

Restaurante El Castro (Carucedo)

Este concurridísimo local (es aconsejable reservar, sobre todo en festivos) lo encontré de casualidad buscando un sitio para comer cerca de Las Médulas. La mayoría de opiniones eran muy favorables y ofrece un menú del día a buen precio (13€ en fin de semana)

comer en el bierzo carucedo

La atención es rápida y muy buena, la comida acorde al precio (no esperéis un gran derroche de creatividad) e incluye platos tradicionales como el Botillo o el caldo berciano. En nuestro caso, ya que el día era bastante caluroso, optamos por algo más ligero: ensaladilla rusa y lasagna de berenjenas como primeros, y truchas y filete de ternera como segundos. De postre, tarta de queso casera y café más que aceptable. Eso sí, el vino del menú hay que tomarlo con gaseosa.

El restaurante se encuentra en la carretera nacional 536 , así que es una muy buena opción para comer en El Bierzo cuando visitéis el maravilloso paraje natural de Las Médulas.

La casa del peregrino (El Acebo)

Café y pincho de tortilla. Hasta aquí todo normal, pero voy a explicaros lo que entienden por pincho de tortilla: dos triángulos de buen tamaño (vamos, lo que viene a ser un pincho «normal» cada trozo) acompañados de 4 rebanaditas de pan con tomate.

En este precioso pueblo medieval, uno de los puntos más altos del camino de Santiago, encontraréis muchísimos albergues, bares etc pero entramos en este por casualidad. También disponen de habitaciones (no confundir con el albergue que está en la carretera) Os dejo su web: lacasadelperegrino.es

Merece mucho la pena detenerse en este  maravilloso enclave, nosotros lo hicimos en nuestro itinerario desde Molinaseca a Compludo. Por cierto, Molinaseca  es otro de los pueblos donde comer en El Bierzo muy requetebien, pero no nos dió tiempo a comer tantas veces, así que nos conformamos con comprar en esta localidad su famoso botillo y chorizos para traer a la familia.

El bodegón (Ponferrada)

Las patatas bravas más famosas del Bierzo (y dicen que las mejores) se sirven desde hace años en el que está considerado el restaurante más antiguo de Ponferrada. Escondido en una calle cercana a la Plaza de la Encina (nos costó un poco encontrarlo) abre sus puertas a las siete y media de la tarde. Podemos aseguraros que estaban todavía abriendo cuando llegamos y nos sorprendió encontrarlo prácticamente lleno. Abarrotado siempre, y por todo tipo de público, es famoso por sus bravas elaboradas con una salsa única y original.

comer en el bierzo ponferrada

Casualmente nos hemos enterado de que el secreto es prepararla utilizando el caldo de cocción de los mejillones, otra de las tapas más demandadas en el local. Si sois cocinillas, os dejamos la receta que hemos encontrado en el blog «El ingeniero cocinero». Ya nos contaréis que tal, pero creo que lo mejor es ir a probarlas in situ y disfrutar del ambiente del mítico Bodegón.

Horreo Ribada (Balboa)

En este tradicional hórreo conviven un bar y una tienda de productos artesanos fabricados por la misma familia. Los productos de La Oricera (algunos se pueden comprar online) se basan principalmente en la castaña (cremas, harinas, bizcochos o magdalenas) pero también disponen de otros, como miel o mermeladas. Nosotros adquirimos una mermelada de pimientos del Bierzo, perfecta para acompañar quesos, sobre todo frescos. Ni que decir tiene que son totalmente artesanales.

 

Ya os he dicho que comer en El Bierzo a buen precio es más que posible. Se me olvidaba comentar, por si no lo sabéis, que en la zona es costumbre servir una tapa cuando se pide un vino, cerveza u otra bebida. Incluso pueden serviros tapa » dulce», un trozo de bizcocho por ejemplo, con el café.

Si después de leer este post estás deseando probar la gastronomía berciana, no te lo pienses más. Y si conoces otros lugares dónde comer en esta comarca, siempre con las tres B, esperamos tus sugerencias en los comentarios.

 

 

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Blanca primavera en Radicofani

Radicofani,  20 de marzo de 2008. Recuerdo la fecha exacta porque el día anterior habíamos llegado con cierto retraso, debido a un problema en nuestro vuelo, así que tuvimos que postergar nuestros planes de acercarnos hasta Siena en una fiesta tan señalada como San Giuseppe. Amanece apenas en Radicofani (Siena), y los copos leves, suaves, casi imperceptibles, se confunden con el humo de las chimeneas…será ceniza- comenta alguien. Salimos a la calle y el viento helado nos despierta del todo, mientras sonreímos, como niños, cuando la nieve nos salpica la ropa. Caminamos por la estrechísima Via del Moro, donde se ubica nuestro apartamento «Bellavista»; muy acertado el nombre pues desde la ventana se descubre el paisaje de la Val D’Orcia, en este pequeñísimo Borgo elevado mas de 800 metros por encima del nivel del mar. Como ya os contamos en otro post, Roberto, el propietario, se encargó personalmente de su restauración, en un edificio que data del siglo XIII.
radicofani val d'orcia

 

Este pueblo medieval, no tan conocido como otros en el Valle, posee un encanto y una belleza irresistibles. Visible desde la carretera mucho antes de llegar, destaca la Rocca, el castillo que vigila todo su entorno y donde se atrincheró su héroe local, Ghino di Tacco. Perteneciente a una de las familias de la aristocracia de Siena, en el S.XIII se convirtió en una especie de «Robin Hood» en la Toscana, de hecho encontraréis una estatua en su honor en una de las calles que circunvala la población, una vez se deja atrás la Iglesia parroquial de San Pedro . La Iglesia, construida entre los siglos X y XI, y  declarada monumento nacional, contiene una escultura de la Anunciación, obra de Andrea della Robbia.

 

Radicofani

Marina decidida a unirse a la banda de Ghino di Tacco

Radicofani huele a leña, que se quema en las chimeneas y estufas de esas casas antiquísimas. Los techos, me he fijado en nuestro apartamento y no he podido evitar el «fisgar» a través de las ventanas y balcones abiertos, se cubren de ladrillo refractario entre las vigas de madera.
Pero si hay un aroma que no he podido olvidar es el del pan recién hecho en el horno del pueblo. Pan cocido en la leña, que huele a pan, que sabe a pan, y junto a éste pizza, bizcochos y otras delicias irresistibles. Pedimos «pane salato» porque de lo contrario el pan toscano es soso, me costó averiguarlo en nuestro primer viaje a Toscana y fue de casualidad; en un horno de Pienza pedí pan y me dijeron que «sólo les quedaba salado». Escondido en el Vicolo del Teatro, junto al horno, uno de esos estupendos alimentaris que tanto me gustan en Italia, «Pane e companatico», donde compramos un buen pecorino, embutidos y paté casero para preparar los opíparos desayunos que uno sólo puede permitirse cuando está de vacaciones. La amabilísima propietaria nos ofrece degustarlos cada día al hacer la compra.
Estamos pendientes del tiempo, y buscamos en las noticias de televisión la manera de averiguar el estado de las carreteras. Cuando llega Roberto nos dice que en Montepulciano no hay nieve pero que en otras poblaciones del Val D’Orcia, más cercanas a los Montes Amiata, es dificil circular; así que cambiamos la ruta prevista para ese día esperando que el tiempo mejore. De hecho, en los días siguientes, cuando visitamos  Bagno Vignoni o Castiglione D’Orcia, nos encontramos con bellas estampas propias de una postal navideña y no de esa primavera que acaba de estrenarse en el calendario.

Inolvidable la belleza de las calles empedradas, de la puerta en su muralla, de la tranquilidad que sólo se verá levemente alterada cuando a partir del sábado de Pascua las familias lleguen al pueblo para reunirse con padres, abuelos o tíos. En la noche de Viernes Santo, la procesión con el Cristo crucificado recorre las calles de Radicofani, acompañada de la banda de música.Su Semana santa ha sido declarada como una de las más bellas de Italia (en el séptimo puesto según el portal Skyscanner) y precisamente esta procesión de Viernes Santo es la más antigua de toda la Toscana.

En las pastelerias se preparan los dulces típicos de estas fiestas, entre ellos un bollo (la schiacciata de Pascua)  que se comparte en las meriendas campestres el domingo de Pascua y también el lunes, que en Italia se celebra y conoce como «la Pasquetta».

En Radicofani, mucho más que en otros lugares de la Toscana en los que  quizá estén un poco cansados del exceso de visitantes, la gente es amable y comunicativa. Marina acudía al «internet point», de conexión lenta e imposible, a su vez tienda de informática y de revelado fotográfico, donde Niccola y los pocos jóvenes que se ven por el pueblo se reúnen para charlar. Uno de ellos nos muestra orgulloso la foto de una de esas vacas de raza autóctona de tamaño descomunal; nos dice el peso del animal, no lo recuerdo, pero quedamos impresionados. Nos habla en italiano a veces demasiado rápido para nosotros.
Guardo hermoso recuerdos de esos días, de las estupendas pizzas que Mateo nos servía en «Il Pana», y del limoncello al que nos invitaba al terminar la cena; y del magnífico restaurante «La Grotta» -acudimos siguiendo la recomendación de Roberto-  donde comimos la mejor lasagna ai funghi (setas) que he probado hasta ahora, acompañada del estupendo vino de la casa que sirven, y los irresistibles dulces a la hora del postre, tarta millefoglie o tiramisú elaborados en la pastelería del pueblo.

 

Nada nos hacía sospechar que aquella iba a ser una blanca primavera en la Toscana; nuestra esperanza era poder vislumbrar las primeras flores salpicando el verde en los alrededores de Siena. Pero aquello fue lo que nos encontramos… por si acaso, la última noche antes de partir bajamos el coche desde la calle empinada que rodea la muralla y lo aparcamos en la parte baja. Menos mal, porque aquella noche nevó copiosamente. Lo último  que recuerdo es la imagen de los toldos y mesitas de la terraza del bar, a la entrada del pueblo, cubiertos por un grueso manto blanco cuando apenas amanecía.

 

Radicofani Rocca Val d'orcia

La Roca de Radicofani, que cada noche velaba nuestro sueño, nos hacía imaginar grandes gestas junto al héroe Ghino di Tacco. Es una lástima que Roberto ya no alquile su casa, la que por unos días sentí como propia, para poder regresar a ese rincón soñado, lejos del turismo bullicioso, donde perderme entre las curvas, pronunciadísimas, de las carreteras; dejarme engullir por los campos donde crece el grano duro, ese que da sabor y textura diferentes y únicos a la pasta, para buscar la sombra, aunque sea estrecha y alargada, de los cipreses que coronan las colinas.