París más allá de frases y tópicos.

La frases y tópicos sobre París son tantas que me pregunto si existe ciudad sobre la cual se haya enumerado tanto de lo uno y de lo otro, sobre la que se hayan generado tal cantidad de iconos ¿O quizá si?.  De manera que me dispongo a recorrerla tratando de huir de la mayoría de éstos y también intentando comprobar si son ciertos o no.
Como un encantamiento o una maldición, del mismo modo que algunas almas están condenadas a vagar por éste u otros mundos, parece que estoy destinada a conocer la Ciudad de la luz– he aquí el primer ejemplo de frases y tópicos sobre París- en pequeñas dosis, en escapadas breves y fugaces, en cortísimos viajes que me dejan un regusto a nostalgia y unas ganas de más.

Más frases y tópicos sobre París: la ciudad del amor, del cancán y la bohemia, de los poetas y pensadores, de los pintores en Montmartre, la que bien vale una misa – que se lo pregunten a Enrique IV- y la que siempre nos quedará… tal como aseguraba Rick -Humphrey Bogart- en la inolvidable Casablanca.

París era una fiesta (frases y tópicos sobre París) Fotografía de Raquel Caparrós

Pasear por una u otra orilla del Sena puede resultar muy romántico, disfrutando de los bellos «Hôtels» que encontramos durante el recorrido, pero también conlleva cierto riesgo, que no es otro que el de no calcular ni medir las distancias y llegar con los pies destrozados a la hora de la cena. Así que mejor será tomar alguna de las numerosísimas líneas de metro que tejen esta enorme red, para recorrer las entrañas de la ciudad.

Acceder al metro de París, uno de los más antiguos de Europa- primero se inauguraron los de Londres y Budapest- puede resultar en ocasiones tan agotador como caminar por la superficie, especialmente en algunas estaciones como la de Chatelet-Les Halles, con sus larguísimos corredores que parecen no tener fin, viejos y destartalados laberintos, andenes y vagones atestados… que acaban de un plumazo con cualquier idea romántica y nos empujan nuevamente a la superficie, buscando la luz tibia y un poco de aire, todo lo puro que se pueda esperar.

Es domingo por la mañana. París se despereza con calma, sin agobios ni claxons, con periódico y croissants. Tan sólo algunos turistas madrugadores ya visitan el Phanteon, el primer edificio neoclásico de la ciudad, en cuya cripta reposan grandes hombres de la Historia. A pesar de su grandiosidad, de su decoración pictórica, a través de la que podemos conocer la vida y milagros de Santa Genoveva, patrona de París, a quien Luis XV dedicó el edificio en cumplimiento de una promesa por la curación de una grave enfermedad, no logra conmoverme como lo hizo otro, el de Agripa en Roma, en cuyo interior las emociones se me agolpaban y las lágrimas quedaban contenidas por la voluntad y el decoro. Ni tampoco la cripta, fría y desnuda, me hace sentir cercana al espíritu de los grandes pensadores (Voltaire, Rousseau…) ni de los inolvidables literatos (Dumas, Victor Hugo…) cuyos cuerpos reposan allí pero cuyas almas parecen haber abandonado el lugar y seguramente vuelan libres. Probablemente lo más interesante del Pantheon, y lo que capta mi atención, es el péndulo de Foucault, cuyo movimiento oscilante me hipnotiza, subyugada por los principios de la física que desde pequeña tanto me costaron entender.

Photo by zRapha on Foter.com / CC BY-SA . Péndulo de Focault

El enorme espacio verde de los Jardines de Luxemburgo, a pocos pasos del Pantheon, ha sido tomado por los parisinos. Pienso :»hay que ver como se cuidan», sorprendida por la cantidad de gente de todas las edades que salen a correr o juegan al tenis en las canchas del parque, mientras otros, marineros tierra adentro, compiten en disputadísimas regatas con sus veleros en el estanque central. El sol de la mañana nos invita a sentarnos y contemplar estos hermosos jardines, con sus fuentes de inspiración italiana, sus estátuas y sus enormes castaños, alfombrados en estos primeros días del otoño que lentamente cambia la decoración del lugar.

Zanganeo, animada por la temperatura suave y una brisa imperceptible, buscando un rincón donde pararme y contemplar el quehacer de unos y otros: la lectura, los juegos o, simplemente, no hacer nada… inmerso cada cual en su mundo, enredando en los pensamientos. Saboreo la mañana, y no tengo prisa alguna, ni miro el reloj para ver si se cumple el horario previsto en ningún circuíto, sintiendo un poco de lástima por los grupos con guía que recorren el parque con paso marcial.

Antes de llegar a los amplios, y casi infinitos,  boulevares de Saint Michel y Saint Germain hemos dejado atrás la Sorbona, heredera de la antiquísima Universidad de París (siglo XII), y el Collège de France, enorme concentración del saber por metro cuadrado, en este barrio conocido como «latino»(debido a que el latín era el idioma utilizado en la Universidad, cuyos estudiantes eran los principales habitantes de este «quartier»). También los restos de las Termas galo-romanas y el Hôtel de Cluny, lugar en que se emplaza el Museo de la Edad Media. Pero, como siempre, hay tanto por ver y ¡Tan poco tiempo!. De manera que lo anoto en mi agenda de «pendientes», con el deseo sincero de regresar, y continúo casi sin rumbo buscando la orilla del río, único punto de referencia para poder controlar mi escaso sentido de la orientación.

En mi camino puedo comprobar que es cierto aquello de que París es ciudad de artistas, pues en los alrededores de Saint Germain des Pres, recorriendo la Rue de Seine o la de Beaux Arts, las galerías se suceden mostrando la obra de tantos pintores, escultores o fotógrafos, noveles o reconocidos, algunos de estilo indescifrable. Me pregunto cuántos de ellos serán recordados en el futuro, admirados o incluso idolatrados, como los grandes maestros cuyas obras cuelgan en las paredes de las pinacotecas más importantes, herederos y moradores del Museo d’Orsay, del Pompidou, del magnífico Louvre…

Louvre. Fotografía de Raquel Caparrós

Las barcazas turísticas recorren el cauce del Sena, otra manera de ver la ciudad, pero en esta ocasión huyo de todo aquello que se supone hay que hacer en París, para buscar refugio en las calles y plazas menos transitadas. Dejo atrás las larguísimas colas ante la entrada de los museos, aunque mi esperanza de disfrutar un rato de tranquilidad sentada en los Campos de Marte se ve defraudada por el gentío que los abarrota, contemplando el más famoso de los iconos parisinos, la Torre Eiffel, gigante de hierro a cuyos pies no cabe un alma, y donde uno no sabe si mirar al cielo o al suelo, pues se corre el riesgo de pisar alguna torre de plástico, o al perrito que da vueltas hasta agotar sus pilas, burdos souvenirs que se han multiplicado desde mi última visita.

 

Batobus en el Sena. Fotografía de Raquel Caparrós

 

Aturdida por el murmullo ensordecedor, caigo en la cuenta de que  todavía tengo un asunto «doméstico» que resolver. Curioso, porque una vez más el tópico, con frases o sin ellas, resulta cierto y una huelga general, que afecta principalmente a los transportes, me ha dejado sin tren de vuelta. París ha sido, y es, escenario de profundos cambios que a lo largo de la historia han sacudido a la nación francesa y han modificado su curso. El recuerdo y homenaje a los héroes y libertadores del pueblo es patente en plazas y monumentos, y en la estación de metro de Bastilla los mosaicos decorados cuentan con todo lujo de detalles lo acontecido. En la plaza del mismo nombre apenas quedan símbolos, y los edificios, incluyendo una nueva Ópera, nada tienen que ver con el aspecto que presentaba en el siglo XVIII. La zona se ha convertido en una de las más animadas de París y, desde allí hasta la plaza de la República, restaurantes, bares o clubs de jazz se convierten en lugar de encuentro para quienes viven mientras la ciudad duerme.

 

Montmartre. Fotografía de Raquel Caparrós

 

Por si no eran suficientes frases y tópicos sobre Paris : «Arde París» – leo en los titulares de prensa unos días más tarde, en referencia a las jornadas de huelga y manifestaciones. Pero también era, en esos días, una auténtica fiesta (no me podía olvidar del gran Hemingway) como la que se vivía en la feria del vino de Montmarte, más animado el barrio que de costumbre si cabe. Una copa para olvidar las preocupaciones, la pequeña decepción de acortar nuestra breve estancia, con el ánimo alegre, con una promesa y un brindis por un próximo regreso.

PD: mi agradecimiento a Raquel Caparrós por sus maravillosas fotografías ya que no dispongo de las originales de mi viaje. Os recomiendo seguir su cuenta de instagram @raquel_caparros.

Buenas tardes, Mr. Shakespeare

Shakespeare and Company, París. Probablemente sea un espejismo, una ilusión, pero juraría que nos sonríe sobre la puerta, justo donde se lee su nombre, invitándonos a entrar en este lugar de culto a la literatura en lengua inglesa, pequeñísimo templo en la orilla izquierda del Sena, en esta tarde en que el otoño no ha venido para quedarse y nos regala una temperatura dulce y cálida en la capital francesa.

-Buenas tardes, Mr Shakespeare.

Nuestros caminos vuelven a cruzarse. Si tan sólo hace unos meses nos recibía, inalterable, custodiando la casa de Julieta en Verona, ahora nos acoge, mucho más feliz, salvaguardando las letras de ayer y de hoy, y seguramente las de mañana.

Fotografía de Raquel Caparrós

Debe ser porque el ambiente de ésta, que es una de las ciudades más visitadas del mundo, derrocha una alegría inusitada, festiva, ajena a cualquier problema, imbatible ante el desánimo.

Nos invita a recorrerla, siguiendo el curso serpenteante del río, desde la Gare de Lyon, bellísimo edificio construido en el cambio de siglo – del XIX al XX- coincidiendo con la Exposición Universal de 1900, que saluda a su homónima, la de Austerlitz, justo en la otra orilla, sin medir las distancias. Caminamos mirando hacia el cielo y hacia las ventanas, abiertas de par en par, de los bellos edificios en los muelles parisinos, en el de la Rapee, en el de Henri IV, y me siento una auténtica voyeaur, envidiosa ante las magníficas lámparas de cristal que cuelgan de los altos techos. Imbatibles frente al  cansancio, nuestros rostros reciben los rayos de sol como un verdadero regalo, mientras nuestros pies dirigen sus propios pasos, ajenos a la voluntad, a la lógica y al sentido común.

Fotografía de Raquel Caparrós

Cruzamos el Pont de Sully para perdernos por las calles de l’Ile Saint Louis, rebosantes de actividad, los pequeños comercios ofreciendo toda clase de tentaciones: quesos, patés, vinos… o los dulces de esas preciosas boulangeries, ante cuyos escaparates se ponen a prueba los más firmes propósitos, que finalmente se quiebran ante las largas colas en Berthillon, los mejores helados y sorbetes de la ciudad.

Los músicos callejeros, las terrazas llenas, los candados que auguran amor eterno firmemente amarrados en las barandillas de los puentes. Me preguntaba porque esta costumbre, que comenzó en el Ponte Milvio de Roma, se ha hecho tan frecuente en tantas otras ciudades, como Florencia, y no recuerdo cuantas más… quizá las piedras de estos puentes centenarios conozcan el secreto, quizá lo han contado a las aguas que rumorean al pasar, que se lo llevan lejos.

Frente al Quai Montebello, desde donde se divisan (o se divisaban entonces, pues este artículo lo publiqué originalmente en Octubre de 2010) las torres de Notre Dame, hoy derrotadas por las llamas, Shakespeare and Company aparece como un reducto de paz. Ajeno al ajetreo del barrio latino, algunos lectores embebidos y ausentes están sentados delante de la puerta, concentrados ante las páginas, mientras otros rebuscan entre los ejemplares viejos o de ocasión, esperando hallar algún tesoro entre el papel que amarillea como las hojas en este otoño extraño.

Fotografía de Raquel Caparrós

Traspasar el umbral es como cruzar una frontera, se deja de oír el sonido cantarín del idioma franco para escuchar, ver y leer, la lengua de Shakespeare. Pero no importa de donde venga uno, en Shakespeare and Company nadie se siente extranjero y a nadie se considera extraño.

En su interior, clientes y curiosos se mueven despacio, casi con sigilo, abrumados por la visión interminable de los libros que lo ocupan todo, que cubren las paredes desde el suelo hasta el techo. Deslizar el dedo recorriendo los lomos, descubrir los títulos de clásicos y contemporáneos, respirar el aire que huele a papel, pone alerta mis sentidos.

Las figuras de aquellos que se mueven a mi alrededor se desdibujan, se diluyen, desaparecen. Flaubert, Dumas, Victor Hugo o Baudelaire… el Jorobado de Notre Dame convive con Harry Potter en el diminuto local, donde los voluntarios trabajan en ocasiones a cambio de alojamiento, aunque en los últimos tiempos sea más frecuente hacerlo para obtener créditos de libre elección en la vecina Universidad de la Sorbona.

En el piso superior encontramos un catre y una pequeño salón, así como un piano en el que cualquiera puede ofrecer un improvisado concierto. En el saloncito se puede asistir a la presentación de un libro y charlar con su autor, a la lectura de una obra, o a un seminario de escritura, por ejemplo sobre viajes… Lástima que mi visita, como siempre, sea tan breve, pues ¡Nada me gustaría más!

Deambulo durante un buen rato, sorteando los montones de libros, encantada de conocer, por fín, este lugar de culto, que no sólo han visitado los más grandes, también los ha acogido y cobijado bajo su techo, cuyas privilegiadas cabezas han reposado en las mismas almohadas que ahora contemplo.

Shakespeare and Company ha sido testigo de grandes hitos en la literatura universal. Su primera propietaria, Sylvia Beach, desafió a la censura publicando el Ulises de Joyce y sufrió la venganza del nazismo durante la ocupación alemana de París.

Me quedaría durante un buen rato, ojeando algún ejemplar, pero mi curiosidad me empuja nuevamente a la calle, para recorrer el barrio latino y buscar, cuando ya anochece, una brasserie para la cena.

El cercano barrio de Mouffetard, a pocos pasos de la plaza Monge y la Mezquita de París, me sorprende por lo animado, con su estupendo ambiente, las terrazas atestadas, imposible encontrar una mesa. Al final ocupamos una, diminuta, en un pequeño restaurante, donde la decoración, los tapices sobre la pared de piedra, los candelabros en las mesas, nos transportan a la época de los Mosqueteros. Se encuentra en un edificio del siglo XVI, y miro desconfiada a un lado y a otro, no vaya a ser que en algún momento alguien saque su hierro y resuelva sus disputas con el filo brillante del acero (Por cierto, se llamaba Le Pot de Terre y en mi última visita a París descubrí que estaba cerrado)

Me resulta curioso comer codo con codo, pues el espacio es mínimo y las mesas están juntas, con dos desconocidos. Claro que ni yo les entiendo, ni ellos a mí, de manera que no resulta indiscreto escuchar la conversación ajena. No deja de sorprenderme esta ciudad y sus costumbres, pues esta situación tan sólo la había vivido en las trattorias italianas, especialmente en Roma, donde uno comienza compartiendo mantel y termina compartiendo conversación, dado el carácter extrovertido de los romanos.

No obstante, en este viaje me ha desconcertado el carácter alegre de los parisinos, que parecían contagiados de una gran euforia y optimismo, quizá alentados por el buen tiempo, lejos de ese cliché de ciudadanos eternamente deprimidos, que aseguran se extiende como una epidemia cuando llegan los días grises y fríos, días eternos sin sol.

Fotografía de Raquel Caparrós

Me reafirmo en la creencia que nada hay mejor para romper los prejuicios y las falsas impresiones que coger una maleta para descubrir y sentir la experiencia de cada lugar como algo único y propio, pues como dice el saber popular «cada uno cuenta la feria según le va». De manera que, ya antes de partir,  he decidido que regresaré a esta ciudad, que no en vano está considerada una de las más bellas. Me despido, no sin antes decir:

-Volveremos a encontrarnos, Mr Shakespeare.

PD: Gracias s Raquel Caparrós por sus fotografías. Os recomiendo seguir su cuenta de instagram @raquel_caparros

Perigord Negro: ruta en 5+1 imágenes

Recorrer el Perigord Negro es encontrar una sucesión infinita de pueblos preciosos, catalogados entre los más bellos de Francia, y rincones sorprendentes que te enamorarán. Desde su capital, Sarlat, es posible visitar, sin recorrer demasiados kilómetros, algunos de ellos. Es por eso un buen punto de partida y un lugar ideal para alojarte y desde el que iniciar tu ruta. Echa un vistazo a estas imágenes de postal en el Perigord Negro.

#1 Sarlat

Maison la Boétie

La capital del Perigord Negro posee un encanto ineludible y un buen número de edificios catalogados como monumentos históricos, no en vano ha sido escenario de muchos rodajes cinematográficos. Entre algunos de sus edificios más representativos está la Maison Boétie, construida entre 1520-1525 por Antonione de la Boétie. Su hijo, Etienne, humanista y escritor pasó a la posteridad por su «discurso sobre la servidumbre voluntaria»

El edificio, construido inicialmente en estilo renacentista italiano, fue declarado monumento histórico en 1889. Pudimos verlo, además, con la decoración navideña. Precioso ¿Verdad?

#2 La Roque Gageac

 

A poco más de 10 km de Sarlat en dirección sur, en la lista de pueblos más bonitos de Francia, La Roque Gageac es tan bello como misterioso. Si a ello le sumamos la niebla persistente, y las calles vacías en invierno, la imagen resulta hipnótica y hasta un poco inquietante ¿No creéis? Si bien las vistas desde alguno de sus miradores sobre el Dordoña son increíbles, no es menos subyugante la hilera de casas frente al río.

#3 Beynac et Cazenac

 

Siguiendo el curso del Dordoña, a tan solo 5 kilómetros del anterior, sumamos a la ruta por el Perigord Negro otro de los pueblos más bellos. Como una imagen vale más que mil palabras ¿No pensáis que esta foto es digna de la portada de un cuento? Entre las casas con tejados de pizarra es fácil imaginar historias de caballeros y princesas, recorriendo sus calles empedradas o visitando su castillo, uno de los mejor conservados, que te transportarán a la Edad Media.

#4 Saint Amand de Coly

 

Aunque la imagen más recurrente de este pequeñísimo pueblo, poco más de 20 kilómetros al norte de Sarlat, es la de su majestuosa Abadía fortificada, una de las más hermosas del Perigord Negro, nosotros quedamos prendados de esta casa a la entrada del pueblo (por cierto cerrado al tráfico) Sus palomares o su antiguo hospital, cuya construcción se inició en 1381, para atender a los peregrinos, bien merecen una visita (puedes seguir el itinerario que encontrarás en un panel informativo)

Sin duda ¡Saint Amand tiene bien ganado su título de pueblo más bonito!

#5 Saint Léon sur Vézère

 

Siguiendo el curso del Vézère, esta pequeña población, con un hermoso paseo junto al río, posee un rico patrimonio. La imagen más conocida es probablemente su iglesia románica, del S.XII, de arquitectura muy simple, con su campanario con tejado de pizarra. Su interior, desnudo, conserva algunos restos de frescos en el ábside. A la entrada del pueblo, el cementerio y la capilla expiatoria, del S. XVI, que contiene inscripciones de la leyenda de su construcción.

#+1 Carlux, un descubrimiento en el Perigord Negro

 

Sin tener ni idea de su existencia, la población de Carlux, fue un descubrimiento en ruta del que no habíamos oido hablar. Su castillo del S.X,  en ruinas, o la Iglesia de Santa Catalina son parte de su patrimonio.

Pero nuestro mayor descubrimiento fue, por una parte, la Gare de Robert Doisneau  en lo que fue la antigua estación de ferrocarril de Carlux. El espacio expositivo dedicado a este gran fotógrafo francés bien vale una parada en el camino. Además en la planta baja se encuentra la oficina de turismo de » Pays de Fénelon», una comarca que agrupa 19 poblaciones, que se considera una de las puertas de entrada al Perigord Negro,  limítrofe con el Departamento de Lot.

Al aparcar el coche, frente a la Gare, nos tropezamos con esta otra imagen, que parecía sacada de otro tiempo o formar parte de un atrezzo dispuesto a propósito. Si sois aficionados a las antigüedades no podréis resistiros a visitar este anticuario, en la carretera D703, o al menos a fotografiarlo.

Y ahora decidme ¿no os han entrado unas ganas enormes de coger vuestra cámara y poneros en ruta?

 

Futuroscope: el futuro ya está aquí

De mi primera vez en Futuroscope hace ya veinticinco años. Ha transcurrido tiempo, si, tanto que ahora, desde el próximo 28 de marzo, podremos viajar a Marte. En Futuroscope, por supuesto.

Objetivo Marte es la nueva atracción del parque, una montaña rusa que, en algo menos de 3 minutos, y a una velocidad de 55Km/hr, no defraudará a los amigos de las emociones fuertes y cuyos efectos especiales os transportarán al futuro de los viajes intergalácticos.

Traspasar la entrada, y recibir el aroma fresco del césped, impoluto, perfecto; de las flores, de cuyo interior manaba la música, es una experiencia inolvidable. Divisar en este paraje idílico los edificios de arquitectura futurista, imposible, suspendidos sobre suaves laderas, en un aparente precario equilibrio, es lo primero que recuerdo de mi primera vez en Futuroscope. Eso permanece, en 60 hectáreas de parque que ofrece 25 atracciones y desde 2019 un espacio para los más pequeños, Futurópolis.

Imagen de Franck Barske en Pixabay
Fue una auténtica «odisea» encontrar la forma de viajar hasta allí. Eran otros tiempos, no existía internet, y la única forma de viajar era acudir a una agencia, salvo que uno fuese un aventurero, y dispusiera de tiempo,  para echarse la mochila al hombro y «buscarse la vida». Tras una incesante búsqueda, en una pequeña oficina de la ya desaparecida Wagon lits encontramos un paquete de tren más hotel,  de la compañía francesa de ferrocarril. Hoy es sencillo hacer una reserva desde casa o en cualquier agencia: entradas, hoteles e incluso comidas en cualquiera de los 7 restaurantes del parque.

Aquella ocasión también fue nuestro primer viaje en el TGV, el tren de alta velocidad, desde Hendaya a Poitiers, un viaje casi de ciencia ficción, acostumbrados como estábamos a los trenes españoles de la época. Parece que hablamos de otro siglo, pero es que, literalmente, así es. Sigue siendo una buena forma de visitar Futuroscope, cómodamente y sin tener que conducir. Si por el contrario eres de los que viajan en su furgoneta o autocaravana, hay un parking en la entrada principal con servicios de agua y electricidad.

He regresado en dos ocasiones más, y en ambas he disfrutado como la primera.  Transcurridos los años quizá ya no nos sorprende tanto la proyección de películas en alta definición ni en pantallas gigantescas, o la diversión de los cines dinámicos. Sin embargo, en su empeño por seguir sorprendiéndonos, y clave de su éxito, el 50% de las atracciones se renuevan cada dos años.

Futuroscope, el primer parque europeo de la imagen, es mucho más que un espacio para el ocio o un parque temático. A su alrededor se ha creado una importante industria audiovisual, empeñada en la búsqueda de ir todavía más allá, de crear con el sonido y la imagen realidades virtuales que nos sorprendan, prestidigitadores del futuro.

En todos éstos años hay una atracción que no ha cambiado. Es la que se ofrece en el pabellón de la Vienne, el territorio, perteneciente a la región de Poitou-Charentes, en que se encuentra el parque. Parece increíble que tras visionar tantas veces la película que presenta, nos arranque siempre las mismas carcajadas, nos haga aferrarnos a nuestro asiento, mientras compartimos la aventura del chico que se duerme en el tren y llega tarde a su boda. Un extraño ser del bosque le llevará hasta su destino, de manera un tanto accidentada, y nos mostrará al mismo tiempo la belleza de paisajes y pueblos.

La visita a Futuroscope puede ser una buena ocasión para recorrer el Departamento de la Vienne, y disfrutar de algunos lugares, como Chauvigny, bellísimo pueblo fortificado, desde cuya parte más alta se divisa el vuelo majestuoso de las águilas, los halcones y otras aves que forman parte de la exhibición de cetrería que se ofrece en el Castillo Episcopal. Recorrer el antiguo trazado ferroviario sobre un vélo-rail, una plataforma sobre la que pedalear en familia o con amigos, permite conocer de cerca la belleza de los parajes de la zona.

 

Photo by sybarite48 on Foter.com / CC BY

Montmorillon es otro de los lugares sorpendentes de esta región.  Conocida como la ciudad de la escritura y de las artes del libro, sus calles están repletas de librerías, artesanos del papel o calígrafos. En ellas podemos encontrar viejos volúmenes descatalogados, comprar papel fabricado de manera artesanal, material de escritorio, o hacer que escriban nuestro nombre en una postal o un cuadro, en bellos caracteres árabes o chinos. Conservo la tarjeta, caligrafiada por un artesano egipcio, con el nombre de Marina. Me dice que su nombre tiene origen árabe… poco más allá una tienda de artesanía ofrece té y pastas a sus clientes, haciendo gala de la amabilidad que siempre ha caracterizado a este pueblo. Nos sorprende la destreza en sus trazos, rápidos, exactos, con la pluma y la tinta, también de un calígrafo chino, cuyo trabajo enmarcado forma parte de nuestra casa y ha superado mudanzas.

En nuestro segundo viaje decidimos alojarnos en los hoteles que se encuentran junto al parque, pero en la primera ocasión pernoctamos en el centro de Poitiers. Esto nos permitió aprovechar las horas de nuestro último día de viaje, cortísimo viaje, para recorrer el centro histórico de esta bella ciudad. Deleitarnos con un agradable paseo entre los puestos de flores que cada día se encuentran alrededor de la Iglesia de Nuestra Señora, o admirar su Ayuntamiento.

Photo by ShortShot on Foter.com / CC BY-NC-SA

Posteriormente, en otras visitas, pues no hay dos sin tres, hemos seguido los itinerarios que, muy acertadamente, se habían trazado en el suelo de toda la ciudad, y que podían seguirse con un plano que proporcionaba la oficina de turismo. Pero esta forma de conocer la ciudad tiene los días contados. Visit Poitiers es la nueva aplicación gratuita, y en español,  para smartphones que te guiará de forma sencilla según el tiempo disponible y tus intereses personales…Inmejorable ¿No?

Recorrer el pasado y viajar al futuro, curiosa combinación con la que disfrutar si se viaja a Futuroscope y Poitiers. Muy cerca, también, existe un mundo de cuentos y princesas, del que no querrás regresar: los Castillos del Loira. Pero esa… es otra historia.

PD: este post fue publicado, en abril de 2010, en mi antiguo blog «De viajes y libros» (blogger) Ha sido imposible recuperar las fotos originales del post y es por ello que he utilizado imágenes libres de bancos. Sin embargo, y aunque con escasa calidad, os dejo un vídeo de nuestra experiencia en el año 2006 (Contiene imágenes inéditas de las autoras de este blog)

Roadtrip por Bretaña y Normandía (2ª parte)

Esta ruta por la Bretaña y Normandía es la segunda parte de nuestro roadtrip . Dejamos nuestra casa en la Bretaña, en la localidad de Ploërmel, para dirigirnos al Norte, a Dol de Bretagne que, además de ser un pueblo precioso, está estratégicamente situado para visitar la Bahía de Mont Saint Michel, Saint Malo, Dinan y muchos otros lugares imprescindibles en este viaje.

Segunda etapa de la ruta: Bretaña y Normandía

Tenemos que decir que nuestra primera intención fue la de organizar un viaje a Normandía pero, después de ver y leer tantísimos artículos y blogs, no pudimos resistirnos a conocer la Bretaña. Estamos seguros de que regresaremos para conocer más a fondo la región normanda, ya que se merece muchos más días de los que pudimos dedicarle.

Día 5: Dol de Bretagne- Le Vivien Sur Mer- Cancale- Saint Malo- Saint Suliac

Escogimos Dol de Bretagne por su cercanía a tantos lugares imprescindibles, y fue toda una sorpresa descubrir que es un pueblo lleno de encanto, con una Catedral impresionante, la de Saint Samson, que fue uno de los siete santos fundadores de la Iglesia de Bretaña. Con una mezcla de estilos, ya que comenzó a construirse en los siglos XII y XIII pero se fueron añadiendo elementos hasta el siglo XVI, es una visita obligada en esta localidad.

A pesar de que nuestro apartamento era mucho más pequeño que la casa de Ploërmel, tenía la ventaja de tener todo a mano: tiendas, restaurantes y sobre todo las panaderías-pastelerías que tanto nos gustan en Francia.

En la Grande Rue Le Stuart, los pub y cafés ocupan los bajos de las casas de entramado de madera, de entre las más antiguas de Dol la des Petits Palets, del siglo XII.

Siguiendo las recomendaciones de nuestras anfitrionas, y también a causa de las obras, nos dirigimos a la carretera que llega hasta Saint Malo por la costa. Cancale no figuraba entre mis prioridades en la zona, pero ya que nos lo recomendaron nos encaminamos hacia allí. Por el camino descubrimos la encantadora Le Vivien Sur Mer, con una playa espectacular, los molinos de viento reconvertidos en bonitas viviendas, y muchos pequeños restaurantes que servían marisco. Si tuviese que elegir un lugar para unas vacaciones de verano junto al mar, escogería esta localidad sin dudar un segundo.

Cancale resultó tal y como me lo imaginaba e incluso me recordó por momentos, aunque con el añadido del glamour que otorgan los nombres en francés, a algunas poblaciones costeras del norte de España. Famosa por sus ostras, que se pueden degustar en los numerosos restaurantes frente al mar o en los puestos al final del puerto, es una parada obligatoria para los amantes de este apreciadísimo molusco, aunque en realidad podréis tomar ostras en cualquier lugar de la costa bretona e incluso en el interior (en el mercado de Fougères, por ejemplo)

Restaurantes frente al mar en Cancale

Tras un breve paseo por Cancale (por cierto, las mejores vistas se obtienen antes de llegar, desde lo alto, en la carretera de la costa) nos dirigimos a Saint Malo, ciudad corsaria por excelencia. A sabiendas de que era imposible ver toda la ciudad (aunque sus playas y paseos merezcan mucho la pena) nos dirigimos a intramuros para visitar la Catedral y recorrer la muralla que ofrece unas increíbles vistas por los cuatro costados. Sin restar méritos ni interés, la ciudad me pareció excesivamente turística de modo que, a riesgo de que me lluevan las críticas, si alguien me pregunta si la visita a Saint Malo es imprescindible diré claramente que no.

Vistas desde la muralla de Saint Malo

Desde Saint Malo teníamos dos opciones: visitar Dinard, cruzando por el impresionante «Barrage de la Rance» o dirigirnos, de camino a casa, a la pequeñísima pero encantadora localidad de Saint Suliac. No quise perderme esta última, considerada uno de los pueblos más bonitos de la Bretaña. Llegamos a última hora de la tarde y lo encontramos absolutamente desierto. Paseando por el puerto solo se escuchaba la música de una banda de música, que ensayaba a esas horas. La iglesia, una de las más antiguas de Bretaña, no deja de recordarme a tantas otras que hemos visitado en algún viaje a Inglaterra, con las lápidas de piedra en el exterior y unas vistas impresionantes sobre el estuario del rio Rance, un lugar excelente para el reposo eterno- pienso-.

Día 6: Normandía, las playas del Desembarco

Descartada una ruta completa por la región de Normandía (hubiésemos necesitado más días) decidimos que al menos, junto con  Mont Saint Michel, teníamos que hacer esta visita.

Confieso que era un tanto escéptica o quizá no sabía muy bien qué esperar de un lugar como este, antes de conocerlo. Había visto los lugares del desembarco en cientos de blogs y webs y Omaha Beach me parecía una «simple playa». Nada más lejos de la realidad.

Nuestra visita coincidió, además, con los actos de conmemoración del desembarco (6 de junio) así que imagino que por ello encontramos tantas recreaciones, vehículos de la época y gentes de todo el mundo con uniformes militares.

No voy a hacer un copia-pega de los cientos de blogs de viajes relatando la Batalla, para ello hay fuentes más fidedignas y especializadas. Si os recomiendo que visitéis el link que he dejado unas líneas antes, o que acudáis a «san google» para conocer los blogs especializados en historia, que los hay y muy buenos.

De camino a Colleville -sur -Mer encontramos, de casualidad, el cementerio alemán (en la localidad de La Cambe). Nos detuvimos a visitarlo, así como el centro de información en el que se pueden ver cantidad de fotografías e imágenes de prensa de la época. El cementerio, siguiendo la tradición alemana, es un enorme jardín rodeado de árboles sobre cuya hierba sobresalen algunas cruces oscuras y pequeñas placas a modo de lápidas. Una asociación se encarga de su mantenimiento y de hecho, durante nuestra visita, vimos como lo hacían.

Cementerio alemán (Le Cambe)

El cementerio alemán de Le Cambe es un cementerio de guerra, y hasta 1947 reposaron en él tanto soldados norteamericanos como alemanes. Desde ese año, alberga las tumbas de más de 21.000 soldados alemanes, ya que los soldados norteamericanos fueron exhumados y repatriados o trasladados al cementerio americano, según los deseos de sus familiares.

Proseguimos hasta Omaha Beach para visitar el Museo del Memorial. Son numerosísimos los museos dedicados a la batalla de Normandía, tanto en los alrededores de Omaha Beach como en otras ciudades (Bayeux, Caen…) pero, salvo que dedicásemos un viaje única y exclusivamente a los lugares del desembarco, sería casi imposible conocerlos todos.

Omaha Beach es una larguísima y hermosa playa pero, recorrerla imaginando los sangrientos acontecimientos que tuvieron lugar allí, impresiona. El memorial de Les Braves, una enorme escultura en el centro de la playa, representa la esperanza, la libertad y la fraternidad.

Desde Omaha Beach al cementerio americano de Colleville- sur-Mer encontramos otro de los museos, el Overlord (nombre en clave de la batalla de Normandía) Museum. Aunque no entramos, si que nos detuvimos para ver los alrededores, adquirir algún souvenir (vale, este es nuestro punto friki, comprar camisetas) y admirar la música de una grupo de gaiteros escoceses, que se unieron a los actos conmemorativos y recreaciones de la época.

Ya he dicho anteriormente que no sabía muy bien qué esperar, o lo que iba a suponer para mí visitar los lugares de la batalla de Normandía. Debo admitir que me gustó muchísimo más de lo que esperaba, que me pareció una forma excelente de «leer» la historia, que percibí un enorme respeto hacia todos los bandos, y la clara enseñanza de lo que no puede o debe repetirse. Pero si hubo un lugar que me impresionó, más que ninguno, fue el cementerio americano de Colleville-sur-Mer.

Las miles de cruces blancas (también hay estrellas de David en las tumbas de los soldados judíos) se alinean perfectamente, sin desviarse un milímetro, y los ojos no alcanzan a vislumbrar el final del Camposanto. Recorrerlo, dividido en sectores organizados alfabéticamente, es recorrer los 50 estados norteamericanos, es poner nombre y apellidos a tantos jóvenes, demasiado jóvenes, que perdieron la vida.

En estos días hay flores en muchas de ellas y encontramos  ciudadanos de Estados Unidos que visitan muy probablemente a sus familiares ; padres, abuelos, hermanos quizá… hago cálculos ¡Hace realmente tan poco tiempo!

La niebla que ese día entra desde el mar, tan cercano, hace que el lugar resulte más triste.

Si hay un imprescindible en una ruta por Bretaña y Normandía es visitar alguno de estos lugares. Aquellos que seáis apasionados de la historia encontraréis en la costa normanda suficientes lugares para hacer un viaje monotemático. Nosotros tenemos claro que regresaremos para conocer a fondo la región y ver algunos más.

Día 7: Le Mont saint Michel y Dinan

Madrugar para ir a Le Mont Saint Michel fue una buena idea. Es lo que recomiendo a todo el mundo, ya que en cuestión de minutos el parking comenzó a llenarse y la afluencia de gente era más que considerable.

Perdimos algo de tiempo en nuestra intentona de dejar a Toby en el centro de visitantes pero, tal y como resultó (podéis leerlo en nuestro post), no pudimos coger los autobuses gratuitos y tuvimos que hacer el recorrido a pie por la pasarela. Como veis en la foto, el día estaba nubladillo.

La víspera habíamos comprado las entradas a la Abadía por internet. Tienen un año de validez desde la compra, así que no os preocupéis porque no tienen fecha ni hora para utilizarlas. La visita la hicimos por turnos, y Toby pudo recorrer las murallas mientras tanto, desde donde además se pueden hacer unas fotos espectaculares de la Bahía, sobre todo si hay bajamar. La audioguía está genial para hacer la visita, y eso que no escuché todas las explicaciones adicionales por no alargarla en exceso. Compré una pequeña guía en papel, segura de que las explicaciones se me olvidarían pasado un tiempo,  y un par de marcapáginas para mi colección.

El pueblo es encantador si no fuera por la aglomeración de gente en las calles estrechísimas, llenas de tiendas de souvenirs y restaurantes. A pesar de todo ello esta es la Visita, así con mayúscula, imprescindible en un viaje a Bretaña y Normandía. Le Mont Saint Michel y su bahía son Patrimonio de la Humanidad UNESCO desde 1979.

Seguro que muchos habréis oído hablar de La Mere Poulard, conocido restaurante en Le Mont Saint Michel, que comenzó en  1888 como pensión o fonda para los peregrinos que iban a visitar la Abadía. Hoy en día es un hotel-restaurante mucho más lujoso aunque aseguran que sigue preparando la famosa tortilla hecha sobre la lumbre, con la misma receta de entonces. Compramos unas latas de pastas en la tienda de la Mere Poulard. Estaban buenas pero sobre todo las latas eran preciosas, así que es un buen detalle para regalar a vuestros familiares y amigos.

Otra vez una lluvia fina nos hizo recorrer a buen paso la pasarela en dirección al parking. Como nuestra casa estaba a menos de media hora decidimos pasar por allí, comer algo,  y decidir qué hacer el resto del día. Dinan también está a 25 minutos de Dol de B. y era un buen plan para pasar la tarde. Además, otra vez lucía el sol ¡Cosas del clima en Bretaña y Normandía!

Dinan es una de las ciudades bretonas que más nos gustaron. Pudimos aparcar en el centro y además, al ser festivo, gratis.

Posee un gran número de casas de entramado de madera (115, según parece) y un bello recorrido por la ciudad medieval, con las calles dedicadas a los gremios artesanos (curtidores y tejedores, sobre todo)  donde perdura la actividad artesanal y los pequeños talleres de soplado de vidrio. La Iglesia de San Salvador, con su mezcla de estilos bizantino y románico, la Torre del reloj, el Castillo, el jardín inglés y las espectaculares vistas que ofrece, la calle más famosa y empinada de Dinan (Rue Jerzual) que conecta la ciudadela medieval con el puerto, en el rio Rance… seguro que me olvido de algo.

Vistas de Dinan desde el Jardín Inglés

En el mapa turístico de Dinan hay marcados dos recorridos: uno atravesando la ciudad medieval y bajando hasta el puerto; el otro por encima de sus murallas, un recorrido panorámico único. Nosotros hicimos tan solo el primero. Si me preguntáis si volveré a Dinan algún día ¡Estoy segura de que lo haré!

Casas medievales en la Rue Jerzual

Día 8: Fougères y Dol de Bretagne

El día amaneció lluvioso, pero es frecuente en Bretaña que llueva durante una parte del día y, además, no habíamos llegado hasta allí para quedarnos encerrados. Bretaña y Normandía no  están al lado de casa de modo que, pertrechados con chubasqueros y paraguas, nos dirigimos a Fougères, con la intención de visitar también Vitré. He dicho con la intención, pero no voy a adelantar acontecimientos.

El sonido y la fuerza del agua, que mueven los molinos alrededor de la fortaleza, nos reciben nada más llegar. El Castillo de Fougères, considerado uno de los más grandes y mejor conservados de Europa, tuvo un enorme papel defensivo durante la Guerra de los Cien Años. Merece la pena visitarlo con ayuda de la audioguía (incluída en la entrada, 8,50€) para comprender la importancia de esta edificación. Mientras lo visito, Toby tiene que esperar acompañado en uno de los cafés próximos.

Paseamos por el barrio medieval, junto a la fortaleza, descubriendo las casas de los siglos XVI y XVII en las que habitaban los comerciantes, curtidores y molineros. Entro, de nuevo sola, a la Iglesia de San Sulpicio.

Recorrido a pie por Fougères

Para llegar a la Ciudad Alta hay un recorrido a pie recomendado en los mapas turísticos. Pasa por los jardines públicos, un entorno precioso desde el disfrutar de unas vistas espectaculares de la Ciudad Baja, pero un cartel de «prohibido perros, incluso atados» nos disuade. La verdad es que Fougères no resultó una ciudad demasiado dogfriendly. Eso y la lluvia, fina pero incesante, hizo que no nos quedase un buen recuerdo de la visita. Probablemente nuestras expectativas fuesen demasiado elevadas, ya que todo aquel que viaja a Bretaña considera que es un lugar imprescindible.

En la Ciudad Alta los puestos del mercado ofrecían frutas y verduras colocadas con esmero,  pero también espectaculares ejemplares de crustáceos y mariscos, y ostras. Las fachadas neo-renacentistas de los edificios, el Teatro Victor Hugo, el Ayuntamiento o la Iglesia de San Leornardo son parte del atractivo de esta parte de la ciudad. Aprovechamos para comprar pasta fresca en «Abruzzo», en la Rue National, un establecimiento especializado en productos italianos y decidimos que lo mejor es ir a casa a comer, ya que la lluvia parece arreciar de nuevo. Vitré, que era parte del plan del día, quedará pendiente para otra ocasión porque, como ya he dicho, si de algo estamos seguros es de que volveremos a Bretaña y Normandía.

Como ya habíamos comprobado anteriormente, la niebla o la lluvia en Bretaña pueden aparecer y desaparecer como por arte de magia. Disfrutamos la pasta recién hecha, descansamos, y la tarde decidió regalarnos un sol maravilloso. Pudimos recorrer el paseo alrededor de  las murallas de Dol de Bretagne y descubrir el resto de  la magnífica exposición de fotografía al aire libre (solo habíamos visto las obras en la Rue des Stuarts y delante de la Catedral) que se celebraba en esas fechas y que, una vez más, nos convenció de la gran importancia que se le da al arte y la cultura en el país vecino. También pudimos relajarnos en la terraza de un pub y dedicarnos a no hacer nada ¡Al fin y al cabo estábamos de vacaciones! y parece que a menudo, cuando viajamos, se nos olvida.

Exposición fotográfica Dol de Bretagne

Día 9: Locronan-Pointe du Raz- Concarneau

Dejamos definitivamente Dol de B. En lugar de regresar a casa por la misma ruta que hicimos a la ida, decidimos prolongar el viaje un par de días recorriendo la costa para conocer, aunque someramente, el finisterre bretón.

Llevábamos anotados algunos lugares más pero la intensa niebla nos disuadió de parar en la costa y emprendimos el camino hasta Locronan. Este pueblecito de cuento está considerado, y con razón, uno de los más bonitos no solo de Bretaña sino de Francia. Todo parece estar en su sitio, hasta la última flor o planta, y las tiendas de souvenirs se alternan con los talleres o galerías de pintores y otros artistas. La Iglesia de Saint Ronan (San Román) con unas coloridas vidrieras y la losa funeraria del santo en la Capilla de Pénity, adosada al templo, merecen una visita. Locronan es de esos lugares en los que tan solo pasear por sus calles,  sentarse a tomar un café o curiosear entre las tiendas, son suficientes atractivos.

Por ponerle un pero… ¿Quizá demasiado turístico y con cierta sensación de atrezzo? Es probable pero, personalmente, me encantó.

Desviarnos hasta Pointe du Raz para llegar hasta Concarneau, supuso al menos añadir dos horas a nuestro itinerario ¿Queréis saber si realmente valió la pena? Os lo explico a continuación.

Habíamos leído maravillas sobre este lugar y, ya que la niebla matutina nos disuadió de acercarnos hasta la costa de granito rosa, decidimos que el atardecer era un buen momento para llegar hasta este punto del Finisterre bretón, pasear con Toby y disfrutar de la brisa marina.

Entiendo que, para quienes viven tierra adentro, caminar junto a acantilados pueda resultar sorprendente. Pero si tengo que ser sincera, la costa gallega, en España, no tiene nada que envidiar a la Pointe du Raz. Me estaba acordando del maravilloso recorrido en Cabo Home (Rias Baixas) o de A Costa da Morte, incluso de lugares que quedan cerca de casa, en Guipuzcoa, o en Cantabria. Personalmente, me hubiese ahorrado las dos horas de más.

Este espacio natural protegido ofrece dos recorridos (uno de media hora y otro de dos horas) Evidentemente hicimos el corto, hasta la Virgen de los Ahogados y la punta. Lo mejor, el aroma de la retama o los brezos mientras caminábamos.

Me quedé con ganas, sin embargo, de visitar poblaciones cercanas como Le Petit Croix, y de ver cuanta iglesia de piedra encontramos de paso. Me impresionó especialmente la de Confort Meilars, con su imponente Calvario. Como las imágenes están sujetas a derechos, no voy a descargarlas, pero os dejo un enlace. 

Recorrer la costa bretona y sus famosos faros (¡82 nada menos!) es un buen plan y mucho mejor en invierno, con el mar agitado. Pero este sería otro viaje.

Llegamos a Concarneau cansados y con tiempo para un paseo y una cena. La famosa creperie «Le petit chaperon rouge» estaba cerrada por descanso, así que buscamos un restaurante frente al puerto para reponer fuerzas.

En la Ville Close, la fortificación medieval junto al puerto, de tan solo 380 metros de largo por 100 de ancho, los comercios y restaurantes están cerrando y todo está en paz. Nada que ver con el bullicio que encontraremos por la mañana. A pesar del exceso de comercios turísticos, pasear por las murallas, visitar la antigua la Iglesia de Saint Guénolé o la Plaza del mismo nombre, son muy recomendables y, si disponéis de tiempo, el museo de la pesca.

 

Día 10: Concarneau- Pont Aven-Les sables d’Olonne

Después de pasar parte de la mañana visitando la Ville Close dejamos Concarneau. A tan solo a 16 kilómetros llegamos a Pont-Aven. Considerado uno de los pueblos más bonitos y famoso, sobre todo, por aparecer en gran número de obras pintadas por Paul Gauguin quien decidió trasladarse a esta encantadora población durante el verano de 1886. No fue el único artista que pasó  por Pont-Aven (literalmente el puente sobre el río Aven) y aun hoy son muchas las galerías y los pintores que residen allí. Se puede visitar el museo de Bellas Artes o simplemente dejarse llevar y mecer con el sonido del río a su paso, o pasear por el bosque del amor, auténtica inspiración para Gauguin.

Nos regalamos una buena comida en el restaurante italiano Ca’Lidovine, prácticamente sobre el río, para endulzar la vuelta a casa y casi el final del viaje. Nuestra próxima parada ya está fuera de Bretaña y Normandía.

Les Sables d’Olonne (en el Departamento de la Vendèe, Paises del Loira) es una típica población de turismo estival pero es, sobre todo, conocida por ser la sede de la que parte una de las regatas más famosas del mundo. Para los apasionados de la vela, la Vendèe Globe (vuelta al mundo en solitario, sin escalas ni asistencia) es más que un referente.

El larguísimo paseo marítimo se ha convertido en una especie de paseo de la fama, con placas en el suelo y las huellas de los regatistas vencedores. Por lo demás, podría ser cualquier localidad turística del litoral, víctima de los desmanes urbanísticos de los años 60 y 70, aunque me alegra descubrir algún vestigio de edificaciones modernistas realmente bellas. También el pequeño barrio de pescadores (Penotte Island) y sus casas decoradas con conchas marinas y el museo del mar (que no visitamos)

Apenas ha comenzado la temporada (es primeros de junio y todavía no hace demasiado calor) y la playa se ve tranquila.

Un largo paseo y una cena en la terraza de un café junto al mar no es una mala forma de despedir las vacaciones.

Dia 11: Vuelta a casa

Esto se acaba. Cuando se que tenemos que regresar me entra el gusanillo de llegar a casa lo antes posible. Desde Les sables d’Olonne son 670 kilómetros.

De camino tenemos la hermosa ciudad de Burdeos, que ya conocemos de otras ocasiones. Si no habéis estado es un lugar estupendo para una escapada, os lo recomendamos.  Lo mismo podemos decir de la ruta que atraviesa el parque natural de Las Landas, o de Bayona y Biarritz.

Hogar, dulce hogar ¿En serio? Nosotros ya estamos pensando en la próxima ¿Y vosotros, sentís más alivio o tristeza al final de un viaje? ¡Contádnoslo en los comentarios!

Roadtrip de 11 días por la Bretaña Francesa (1ª parte)

Una ruta por la Bretaña Francesa era uno de esos viajes en nuestra lista de pendientes, desde hacía algún tiempo. Desde el norte de España es un destino fácilmente accesible en coche y además es una de las rutas preferidas por quienes viajan en «furgo» o autocaravana. En nuestro caso, el hecho de viajar con Toby, nuestro perribloguero, nos obligó a organizar esta ruta por la Bretaña Francesa priorizando los lugares y planes para disfrutar todos juntos.

Decidir dónde alojarnos con nuestra mascota y organizar las visitas desde esos lugares, fue lo más importante a la hora de diseñar nuestra ruta. Nos hubiese gustado visitar muchos más pero tuvimos que conformarnos con diez noches e intentamos disfrutar de nuestro roadtrip al máximo, con la libertad y la comodidad de movernos con nuestro coche.

Aunque la mayoría de la gente suele alojarse una o dos noches en cada lugar, y así ir completando su itinerario, nosotros escogimos dos puntos bien situados geográficamente para llegar a todos los lugares que llevábamos anotados. Como somos de la opinión de que hay que disfrutar tanto del viaje como del destino, y aunque la región de Bretaña está a unos 800 kilómetros de nuestra casa, preferimos hacer una parada intermedia antes de llegar al punto de partida de nuestro itinerario.

No sabemos si es la ruta perfecta, ni si es la mejor, pero es la que hicimos nosotros. Y si os sirve para organizar vuestra propia ruta por la Bretaña Francesa nos damos por satisfechos.

Dia 1: Bilbao – Rochefort (Charente Marítimo)

Si no conocéis la Rochelle, o la encantadora Il de Re, os recomendamos encarecidamente que elijáis uno de esos lugares para hacer una parada, evitar hacer demasiados kilómetros en un solo día, y de paso disfrutar de estos destinos que para nosotros están en la lista de lugares imprescindibles en Francia.

En nuestro caso, como ya los habíamos visitado en otra ocasión, de camino al Valle del Loira, decidimos buscar alguno que nos quedase todavía pendiente. El lugar escogido: Rochefort, en el departamento de Charente Marítimo.

Rochefort es conocida por su arsenal marítimo, con la antigua cordelería convertida en museo, y la fragata Hermione (una réplica, en realidad) como una de las atracciones más visitadas. Da la casualidad que en los días de nuestra visita, la famosa fragata se encontraba en plena singladura por el Mediterráneo y el Atlántico.

Tomar un helado en la céntrica Place Colbert, disfrutar de un paseo por el camino que bordea el rio Charente y tumbarse en las extensas explanadas verdes junto al museo de la Cordelerie es un plan perfecto, en nuestro caso ideal al viajar con perro. Si os apetece podéis visitar el Museo Nacional de la Marina.

¿Sabiáis que en Rochefort se encuentra la casa de Pierre Loti? Este marino francés escribió sobre sus viajes por todo el mundo y reunió una colección de objetos de lo más exóticos. Para quienes hayáis visitado Estambul, seguramente os resulte familiar ya que en esta ciudad se encuentra el café que lleva su nombre, y que es famoso por las extraordinarias vistas sobre la ciudad.

Muy cerca de Rochefort se encuentra la Il d’Oleron, más modesta que la de Re, y que aconsejamos tengáis en cuenta de camino a vuestra ruta por la Bretaña Francesa.

Primera etapa de la Ruta por la Bretaña Francesa

 

Dia 2: Rochefort – Aeropuerto de Nantes – Josselin – Ploërmel

Quizá os sorprenda encontrar el aeropuerto de Nantes como etapa de la ruta por la Bretaña Francesa. Tiene una explicación: parte del equipo Dreaming volaba desde Madrid  para disfrutar de la primera etapa del viaje. La ciudad, y su famosa isla de las máquinas, quedarán en la lista de pendientes, para una próxima ocasión.

Nuestro destino era Ploërmel, donde la preciosa casa de Veronique, en las afueras de esta localidad,  iba  a ser nuestro primer alojamiento. A pocos metros de la casa se encuentra el bosque de Broceliande, donde se halla (¿realidad o leyenda?) la tumba del mago Merlín y el Lago del Duque, que es un lugar de esparcimiento excelente, aunque a primeros de junio el tiempo es aún un poco fresco y húmedo para disfrutarlo.

A poco más de 10 Km queda Josselin, uno de los pueblos más bonitos de la Bretaña y de Francia, así que decidimos visitarlo antes de instalarnos. Además se acercaba la hora de comer y no queríamos despistarnos con los horarios franceses.

Encontramos Josselin en obras, en sus calles y alrededor de su famoso castillo, seña de identidad del pueblo y propiedad de la familia Rohan, una de las estirpes más antiguas de Bretaña, desde la Edad Media.

La historia del castillo, que se remonta a principios del siglo XI, está llena de cruentos episodios, como los enfrentamientos entre el Rey de Inglaterra Enrique II Plantagenet y los señores feudales bretones. El Rey no solo arrasó el castillo, también rapto , violó y asesinó a la hija de Eudon de Porhoët, dueño de Josselin.

El castillo está abierto al público entre el 1 de abril y el 31 de octubre. Puede visitarse el comedor, el gran salón, la antecámara y la biblioteca. A 100 metros, el museo de muñecas y juguetes exhibe una de las mayores colecciones de juguetes de todos los tiempos. Puede visitarse junto con el castillo, en las mismas fechas y horarios.

Como no pudimos entrar, ya que Toby nos acompañaba, disfrutamos de un hermoso paseo por la orilla del Oust y por las calles de Josselin, donde admiramos algunas de las casas más antiguas de la población.

El interior de la Basílica de Notre Dame du Roncier también se encontraba llena de lonas, ya que sus famosas vidrieras estaban en restauración. ¡Una pena! pero quizá sea la excusa perfecta para regresar a Josselin en un futuro.

Ploërmel, con su famoso reloj astronómico o la iglesia de San Armel, no figuraba en la mayoría de los itinerarios propuestos, en los numerosos blogs y webs que habíamos leído, pero lo escogimos, además, por la cercanía tanto a Josselin como a Rochefort en Terre, otro de los imprescindibles en cualquier itinerario por la Bretaña Francesa.

Dia 3: Rochefort en Terre – La Gacilly – Malestroit

Comenzamos el día en Rochefort en Terre, probablemente el pueblo que más nos gustó en nuestro roadtrip por la Bretaña Francesa. Cada rincón de sus calles empedradas, sus fachadas llenas de flores, o las tiendas de artesanos de todo tipo, son motivo suficiente para visitar este pueblo «de postal». Recorrer los jardines del castillo y visitar el museo Naia (como ya os contamos, lo hicimos en compañía de Toby) nos llevó gran parte de la mañana.

No pudimos resistirnos a probar un far bretón, ya que el olor a canela, manzana , ciruelas y mantequilla lo invadía todo, ni a comprar unas pastas en L’art Gourmande, una de las muchas tiendas  delicatessen, para tomarlas más tarde en «nuestra casa de la Bretaña».

A tan solo 20 km, La Gacilly es un paraíso verde surcado por el río. También es la sede de la conocida marca de cosméticos Yves Rocher, cuya fundación patrocina cada año el verdadero motivo que nos llevó hasta allí: el festival de fotografía de la Gacilly. 

Si visitáis la Bretaña entre Junio y Septiembre anotad este evento en vuestra agenda, merece realmente la pena. Si durante el recorrido por la exposición, en el jardín botánico, os cansáis, no dudéis en usar una de las hamacas a disposición del público ¡Son realmente cómodas!

El recorrido de vuelta a Ploërmel, ya por la tarde, lo hicimos parando en Malestroit. Las campanas de la Iglesia de Saint Gilles llaman a la celebración de la misa, así que evito visitarla en ese momento. En el exterior, me entretengo leyendo el significado de los relieves y capiteles que ornan la fachada sur del templo: el libertinaje, la lujuria, el adulterio, la avaricia…

Además del encanto natural que poseen los pueblos de la Bretaña, en Malestroit pasear junto al Canal es una experiencia de lo más agradable. Vimos mucha gente en bicicleta, así que anotadlo como opción.

Dia 4: Vannes – Auray – Carnac

Es miércoles, y día de mercado en Vannes. La capital administrativa del departamento de Morbihan posee un rico patrimonio e infinidad de lugares para visitar, pero tengo que confesar que, museos, edificios religiosos e históricos aparte, nos fascinan los mercados.

Quizá otras visitas nos muestren el pasado de una ciudad o pueblo, pero darse una vuelta por  los mercados y observar a los locales dice mucho de su carácter y del presente. En la Place des Lices, los productos bio y los productores locales comparten espacio con los puestos de flores, calzado o ropa. Es muy curioso, pero veo pocos carritos de la compra y en su lugar unas coquetísimas cestas de mimbre que portan tanto los jóvenes como los ancianos, y en muchos casos hombres.

El mercado de alimentación, cubierto, es un disfrute para los sentidos: quesos, foie-gras, puestos de comida para llevar, productos italianos, comida mejicana, pescados y mariscos, frutas y verduras expuestas con esmero y hasta pasteles, chocolates y bombones. Nos turnamos para entrar mientras uno de nosotros hace guardia con Toby, y no nos importa demorarnos. Lo admitimos,  la boca se nos hace agua.

Antes, hemos dado un paseo por el puerto para entrar por la puerta de San Vicente, en la muralla sur. Descubro que el patrón de mi lugar de nacimiento, San Vicente Ferrer, murió en Vannes, es también patrón de esta ciudad  y está enterrado en su Catedral, la de San Pedro.

No muy lejos se encuentra precisamente la Place Valencia (el santo patrón murió en la casa con  el número 17)  y en la esquina de la calle Noe los personajes de Vannes y su mujer, dos sonrientes y mofletudas tallas en madera en la fachada de una casa del siglo XVI, que ha sido declarada monumento histórico y que seguro habéis visto en infinidad de fotografías. En el casco histórico de Vannes se pueden contar 171 casas de madera (vale, no las hemos contado) con el entramado típico de la zona ¡Nos encantan!

Recorrer las murallas de Vannes, con sus jardines y preciosas vistas, es un buen plan pero una fina lluvia nos disuade, así que nos ponemos en marcha hacia Auray, otra de las visitas que hemos añadido a nuestra ruta por la Bretaña Francesa.

Auray es un destino añadido a última hora, en mi lista de lugares que ver ¡Y en buena hora! Hubiese sido una pena perdernos esta población y el encantador puerto de Saint-Goustan. Las callejuelas empinadas, las casas y palacetes, y los muelles, que durante los siglos XVI y XVII bullían de actividad con el transporte de vino y cereales. El Quai Martin y el Quai Franklin, en honor al presidente norteamericano que atracó en este puerto, en 1776, para mantener una audiencia con Luis XVI ¡Incluso hay un bar que lleva su nombre!

Las terrazas comienzan a llenarse en las plaza de Saint Sauveur, nosotros escogemos la del L’Armoric, desde la que observamos los barcos de madera a pocos metros y más allá, en el pantalán, un velero sobre el que se afana su patrón y al que estaremos eternamente agradecidos por ayudarnos tras el «incidente» con Toby (si leísteis nuestro post con los mejores perriplanes en la Bretaña ya sabéis de que os hablo. En caso contrario ¿A qué esperáis para leerlo?)

Carnac es el destino siguiente de nuestra ruta por la Bretaña Francesa, donde se encuentra el conjunto megalítico más grande del mundo, los famosos alineamientos de Carnac, rodeados de misterio y leyendas que intentan explicar la presencia de miles de menhires y dólmenes en la zona. Desde el centro de información frente al alineamiento de Ménec (el más grande, con 1099 piedras colocadas en 11 filas) parte un trenecito turístico con audioguía en varios idiomas. El recorrido, unos 50 minutos, es una buena forma de recorrer estas enormes extensiones y llegar hasta el encantador puerto de Trinité Sur Mer.

Mientras decidimos qué hacer y nos preguntamos si admitirán a Toby a bordo, el tren acaba de arrancar y no nos queda otro remedio que hacer el recorrido por nuestra cuenta. Pero no pasa demasiado tiempo cuando la lluvia viene a aguarnos la fiesta y el cansancio hace mella, así que decidimos regresar a casa.

Esta será nuestra última noche en Ploërmel y también el final de la primera etapa en nuestra ruta por la Bretaña Francesa. Por la mañana hay que hacer una parada en el aeropuerto de Rennes (se acabó el viaje para parte del equipo) y seguir hacia el norte ¿Próximo destino? Para eso tendréis que esperar hasta el próximo post ¡Nos leemos!

Excursión a Carcassonne en 1 día

Durante nuestro viaje de 3 días a Toulouse y alrededores, decidimos aprovechar para acercarnos a conocer la que es considerada una de las ciudades más bonitas de Francia, Carcassonne.

Esta ciudad se puede visitar cómodamente si estáis alojados en Toulouse ya que dista tan solo 1 hora de tren (TER/TGV/INTERCITY). El precio del billete si lo compráis con antelación es de unos 20€ ida y vuelta. También hay trenes regionales más lentos, pero no es posible adquirir los billetes online, únicamente se pueden comprar en la estación. Aún así, nosotros recomendamos viajar en uno de los trenes de alta velocidad. A continuación os contamos qué ver en Carcassonne si hacéis una excursión de 1 día.

 

QUÉ VER EN CARCASSONNE

LA CIUDADELA VIEJA

La ciudadela medieval es sin duda alguna la joya de la corona y el motivo por el que la mayoria de los turistas van a Carcassonne. Fue declarada Patrimonio de la humanidad en el año 1997.

A simple vista puede parecer pequeña y la mayoría de turistas solo suelen hacer excursiones de medio día, pero os aseguro que, si hacéis como nosotros y os perdéis en mil rincones, pueden pasar las horas sin que os enteréis (Nosotros estuvimos unas 10 horas en Carcassonne). Ante todo os recomendamos que lleguéis a primera hora de la mañana para evitar el desembarco masivo de autobuses de grupos organizados y así poder disfrutar de la ciudadela con tranquilidad.

EL CASTILLO

 

El Castillo de Carcassonne es una impresionante fortaleza que servía para defender la ciudad de los múltiples asedios e invasiones de la época, además de proteger las numerosas rutas comerciales. De hecho, el castillo se encuentra dentro de la muralla que rodea toda la ciudad, y cuenta con numerosas atalayas que actuaban como torres de vigilancia. Además, cuenta con una capilla, varias galerías de madera desde donde atacaban a los enemigos y varios patios.

La visita suele llevar un par de horas. Al principio del recorrido ponen un video explicativo sobre la historia y restauración del castillo muy interesante y que os ayudará a comprender un poco mejor el recorrido propuesto.

Existen visitas guiadas en varios idiomas, pero también se puede adquirir una audioguía. Aún así en las distintas estancias hay paneles explicativos.

El precio de las entradas es de 9€ (Tarifa entera), 7€ (Tarifa reducida) o GRATIS como fue en nuestro caso por ser menores de 25 años residentes en la UE. El primer domingo de cada mes también se puede acceder gratuitamente siguiendo la norma de muchos museos.

Recomendable ir a primera hora de la mañana, ya que al ser uno de los principales reclamos turísticos de la ciudad, se llena.

 

BASÍLICA DE SAINT-NAZAIRE

La que fue la catedral de Carcassonne hasta el año 1801 (Actualmente, lo es la Catedral de San Miguel) se empezó a construir en el Siglo XII siguiendo el estilo románico. Sin embargo, también se pueden encontrar varios elementos góticos debido a las remodelaciones que se realizaron en toda la ciudad. Destacan sus impresionantes vidrieras y sus dos rosetones.

La entrada es gratuita y el horario de apertura es de 8.00 a 20.00h

 

Museo de la caballería

La Maison de la Chevalerie es la casa de un caballero de la época reformada y reconvertida en museo, donde se exponen trajes y armaduras, armas, mobiliario original, tapices y muchas cosas más. Lo divertido de este museo es que cuenta también con varios juegos típicos de la época, así como con una serie de enigmas que tendréis que ir resolviendo a lo largo del recorrido. Por momentos nos daba la impresión de estar más en una Escape Room que en un museo. También podéis practicar vuestras habilidades de tiro con unas mini ballestas. Tiene dos plantas y en la de arriba hay un video explicativo sobre los mecanismos de las armas de asedio.

La entrada cuesta 6€ (5€ si sois estudiantes), quizá parezca algo caro para lo pequeño que es el museo, pero a nosotros nos gustó mucho y creemos que merece la pena. El horario es de 9.30h a 21.00h

 

Torneo medieval de caballeros

Si tenéis la suerte de visitar Carcassonne entre el 3 de Julio y el 28 de Agosto estáis de enhorabuena, pues podréis asistir a una representación teatral que recuerda los duelos entre caballeros de la época. El espectáculo recrea un ataque a la ciudad de Carcassonne por parte de tropas enemigas y los esfuerzos del pueblo por defenderlo. La obra se desarrolla completamente en Francés, pero la verdad es que el idioma no fue impedimento para que lo disfrutáramos, tiene una duración de 1 hora y el precio de la entrada es de 12€ (6€ para los niños). Hay dos funciones diarias a las 15.00h y a las 16.45h.

 

LA CIUDAD NUEVA

Lo queráis o no, tendréis que pasar por la ciudad nueva si llegáis a Carcassonne en tren, ya que el camino hacia la ciudadela vieja pasa por las principales calles comerciales. La mayoría de los turistas suelen ir directamente al castillo sin prestar demasiada atención a la ciudad nueva, pero merece la pena pasear con calma e ir entrando en los distintos negocios de artesanía, dulces…

En la ciudad nueva también se encuentra la oficina de turismo, donde podéis pedir información sobre actividades en la ciudad o pases especiales que incluyen varias entradas a las atracciones turísticas.

Una de las tiendas que más nos gustó fue ‘Le Comptoir de Mathilde‘, donde nos dieron a probar varios tipos de chocolate y dulces, además de licores artesanales deliciosos. Acabamos comprando un par de tabletas de chocolate a 4€ cada una.

Tampoco podéis perder la oportunidad de visitar el mercado de la Plaza Carnot, donde suelen vender productos típicos de la región además de frutas y verduras frescas. En la plaza hay un supermercado Carrefour por si necesitarais comprar algo.

Desde la estación de tren hasta la ciudadela medieval hay unos 30 minutos de camino (Según Google Maps, yo os puedo asegurar que si cogéis el camino panorámico, entre las vistas y la cuesta que hay, tardaréis un rato más ).

 

DONDE COMER Y TOMAR ALGO EN CARCASSONNE

Comer en la ciudadela medieval de Carcassonne puede ser algo costoso, como sucede en la mayoría de ciudades turísticas. El plato típico es el Cassoulet, un guiso de alubias y carne, pero debido a que hacía bastante calor decidimos pasar de el.

La gran mayoría de restaurantes suelen servir platos de pasta, ensalada, carne con patatas… cosas bastante típicas. No tenían mala pinta, pero los precios eran bastante elevados y las terrazas estaban tan a reventar que llegaba a ser agobiante.

Nosotros buscamos la alternativa low cost y acabamos comiendo en «Le Chaudron Cathare«, un sitio que a simple vista puede parecer algo cutre, pero que dentro tiene un bonito patio con terraza. Solo sirven bocadillos fríos (Tipo vegetal, de jamón y queso…), calientes (con carne tipo kebab, pollo, jamón con tomate…) y sándwiches de queso al grill. También tienen helados, crepes y gofres. Algunas veces tienen quiches. Nosotros pedimos dos bocadillos de kebab, un gofre con nutella y plátano y un par de bebidas y la cuenta fue de unos 11€.

Otro sitio bastante bueno para parar a comer es la ciudad nueva, donde todo es más barato, aunque solo es conveniente si estáis de paso a la ida o a la vuelta, ya que bajar desde la ciudadela medieval solo para comer puede ser bastante fastidioso.

Durante el camino de vuelta paramos a comer unas crepes por 2€ en un puesto junto al pórtico de los Jacobinos, al lado de la Plaza del General De Gaulle.

 

Como veis, Carcassonne es una ciudad que tiene mucho que ver, no solo en la ciudadela medieval. Quizá esté un poco masificada por tanto turismo, y a ratos puede dar la sensación de estar en un parque temático, pero aún quedan algunos rincones que hacen que merezca la pena visitar esta ciudad. ¿Habéis estado en Carcassonne?¿Qué impresión os dio la ciudad? ¡Nos leemos en los comentarios!

Guía completa para viajar a Toulouse

¡Muy buenas, viajeros!

El pasado julio tuvimos la oportunidad de viajar a Toulouse, una bonita ciudad situada en la región de Occitania. Puede que sea una ciudad que inicialmente no os llame mucho la atención, de hecho consideramos que está altamente infravalorada, pero merece totalmente la pena perderse un fin de semana por allí. Nosotros disfrutamos de una escapada de 3 días y además de la arquitectura de la ciudad, una de las cosas que más nos gustó fue el ambiente, ya que muchos estudiantes escogen Toulouse para realizar su Erasmus.

Nosotros tomamos un vuelo desde Madrid con Ryanair, pero depende en que zona de España viváis, podéis ir en tren (Renfe y SNFC tienen un acuerdo) desde Barcelona (u otras ciudades, pero haciendo transbordo en la ciudad condal) o incluso en coche.

Nuestro itinerario consistió en dos días completos en Toulouse y una excursión de un día a la ciudad medieval de Carcassonne. A continuación os contamos los lugares que más nos gustaron, los que creemos no debéis perderos si tenéis pensado viajar a Toulouse.

 

QUÉ VER EN TOULOUSE

CAPITOLIO

Viajar a Toulouse y no acercarse al Capitolio es como ir a París y no ver la torre Eiffel. Situado en la plaza de su homónimo nombre, es el ayuntamiento de la ciudad. Está abierto a los visitantes de 8:30 hasta las 19:00 y cierra los Sábados. Tiene varias salas decoradas con pinturas de los artistas Jean-Paul Laurens, Henri Martin o Paul Gervais. Incluso se ofician bodas en una de ellas. La entrada es gratuita, y si estáis alojados lejos del centro, la estación de Metro de la linea A «Capitole» os deja al lado.

 

CONVENTO DE LOS JACOBINOS

Puede que desde fuera esta impresionante construcción os recuerde más a una fortaleza militar que a un convento (de hecho, durante la Revolución fue transformado en un cuartel) El convento fue fundado por los frailes dominicos en el siglo XIII. Dentro impresionan su bóveda con forma de «palmera» y su claustro (hay que pagar una entrada de 4€, que además permite visitar la sala capitular, el refectorio y la Capilla de San Antolín). En el convento también se encuentra la tumba de Santo Tomas de Aquino, patrón de los estudiantes. Además, es una de las paradas del Camino De Santiago. Abre de Martes a Domingo, de 10.00 a 18.00

 

MUSEO DE LOS AGUSTINOS

El convento de los Agustinos es hoy el museo de Bellas artes de Toulouse y uno de los más importantes y antiguos de Francia (Se inauguró tan solo un año después que el museo del Louvre). Pintura, escultura, manuscritos… son algunas de las obras artísticas que se exponen en este museo. Cierra los martes y el horario es de 10.00 a 18.00. El primer domingo de cada mes la entrada es gratuita. Nosotros no tuvimos la suerte de cuadrar horarios, y no lo visitamos por dentro, pero si os gusta el arte desde luego merece la pena.

 

Catedral de Saint-Étienne

Inicialmente, cuando decidimos viajar a Toulouse, no teníamos pensado incluir la Catedral de Saint-Étienne en nuestro itinerario, pero la anfitriona de nuestro AirBnB nos recomendó encarecidamente visitarla y la verdad es que merece mucho la pena. Nos sorprendió mucho lo grande que era, y su mezcla de estilos arquitectónicos, ya que la construcción de esta Basílica duró 5 siglos y debido al paso del tiempo se pueden distinguir pequeños matices. Lo más bonito son sus vidrieras y su rosetón, además de las 17 capillas que se encuentran en su interior. Como curiosidad, en esta Basílica está enterrado Pierre-Paul Riquet, el arquitecto del Canal du Midi. El acceso es gratuito y abre los 7 días de la semana.

 

Jardín Japonés

El Jardín japonés es el sitio perfecto para dar un paseo relajante. Se encuentra dentro de los jardines públicos, un enorme parque con estanques, puestos para tomar algo… lo que sería el equivalente al Retiro en Madrid. Podréis caminar dentro del pabellón de té y aprender un poco más sobre historia y cultura japonesa leyendo los paneles explicativos. Si miráis el agua con atención podréis encontrar gigantescas carpas Koi. Para llegar hasta el jardín japonés tenéis que coger la línea B de metro hasta la estación de Compans Carafelli. El acceso es gratuito y abre los 7 días de la semana hasta las 21:00h.

 

Basílica de San Sernin

Uno de los indispensables en vuestra visita a Toulouse. Declarada Patrimonio de la humanidad por la UNESCO, la Basílica de San Sernin es la más grande de la región de Occitania y es la segunda más antigua de Francia, además de ser otra de las paradas clave del Camino de Santiago. La entrada es gratuita, pero si queréis entrar a la Cripta y el deambulatorio (las capillas situadas en la zona posterior del ábside) tenéis que pagar 2,50€. Merece la pena ya que en la cripta hay una gran colección de reliquias muy bien conservadas.

Rio Garona

Si el clima acompaña, podéis pasear por la orilla del Rio Garona o embarcaros en uno de los cruceros para admirar algunos de los edificios más bonitos de Toulouse, como el Hospital de La Grave, la Basílica de Notre Dame de la Daurade o el Hotel-Dieu Saint-Jacques. El precio oscila entre 8€ y 12€ por un paseo de 40min/1h10min. Los barcos salen diariamente de Julio a Octubre.

Por la noche no perdáis la oportunidad de bajar al Parque de la Daurade, donde mucha gente se congrega para hacer un picnic a orillas del Garona.

 

Si todavía os sobra tiempo, hay otras actividades interesantes y sitios que podéis visitar en Toulouse. Las dos más destacables son la Ciudad del Espacio (No la incluimos en nuestra visita porque se salía un poco de nuestro presupuesto) o la fábrica de Airbus (Tampoco pudimos verla porque solo se puede acceder con previa reserva).

 

DONDE COMER EN TOULOUSE

Como bien sabéis, Francia no es un país precisamente muy barato, pero buscando un poco conseguimos comer a precios razonables. Eso si, cuando busquéis restaurantes, no os fiéis de TripAdvisor. Yo tenía dos sitios apuntados para comer y cuando llegué estaban cerrados, por lo que no debéis fiaros ni de los horarios ni días de apertura. Los horarios de los restaurantes son muy Europeos y por ejemplo a las 22.00 ya es raro que os den de cenar.

L’OCCI FAST GOOD

L’Occi Fast Good se encuentra a dos pasos de la plaza del Capitolio, en la Rue du Taur. Fue nuestra alternativa al Mercado Victor Hugo y Le granier de Pépé, ya que el primero era demasiado caro y el segundo estaba cerrado. Pedimos un Bagel -7,10€- «Oh my goat» (con queso de cabra, miel trufada, nueces del périgord  y pimientos dulces secos) y una Bruschetta -6,70€- con jamón de pato, bleu d’auvergne (queso azul) y aceite de oliva. Nos lo sirvieron acompañado por una pequeña ensalada verde con tomates cherry. Tienen muchas opciones BIO y veganas/vegetarianas, las raciones eran generosas, te ponen una jarra de agua fresca gratis y todo estaba delicioso, por lo que es un gran acierto si estáis por el centro y aprieta el hambre.

PIZZERIA D’ALEXIS

De nuevo llegamos a este restaurante porque el local al que teníamos intención de ir estaba cerrado, y fue todo un acierto. Me suele dar pánico visitar restaurantes italianos fuera de Italia por las aberraciones que he llegado a ver, pero la Pizzeria d’Alexis resultó ser una excelente opción. Siempre digo que si un restaurante italiano está lleno de italianos es buena señal, y este estaba hasta arriba. No había ni una mesa libre, tuvimos suerte de que justo se hubiesen marchado dos personas y nos sentamos enseguida. Pedimos una pizza Carbonara para compartir y una pinta de cerveza. La pizza de masa fina por el centro y esponjosa por los bordes al estilo Napolitano pasó el examen con buena nota, y el servicio fue rápido y eficiente. La cuenta fue de 17,50€ (Teniendo en cuenta que la pinta costaba casi lo mismo que la pizza…). Pizzeria d’Alexis está en la Rue de la Republique, pasando el puente nuevo.

ZEN-SAI

Este pequeño restaurante japonés-fusión especializado en sushi fue lo que nos salvó de morir de hambre por la noche cuando, poco antes de las 22.00, llegamos al restaurante libanés en el que queríamos cenar y nos dijeron que ya cerraban. Atraídos por el precio económico de sus menús nos sentamos en la terraza y pedimos un combo de Sushi que traía 30 piezas surtidas y 2 entrantes. Pedimos sopa de miso y ensalada de col que estaban bastante buenas. En el combo nos trajeron tataki de salmón, nigiris de salmón deliciosos y varios tipos de makis que no estaban mal. Digamos que, aunque no es el mejor sushi que haya probado,  la relación calidad-precio era excelente y teníamos muchísima hambre tras todo el día pateando. La cuenta fue de 30€. Zen-sai está en la Rue Jean Seau.

 

COLUMBUS CAFÉ & CO

Durante nuestro último día en Toulouse, nos resguardamos del calor en el Columbus Café, atraídos por sus smoothies y batidos que tenían una pinta increíble (por no hablar de sus dulces). Pedimos un iced chai latte y un smoothie de leche de coco y plátano y todo nos costó unos 7€, un precio bastante razonable teniendo en cuenta que el nivel de vida en Francia es bastante mas alto que en España y aquí algo similar en Starbucks es incluso más caro. Columbus café se encuentra en Rue des Filatiers, a un paso del museo de los Agustinos.

 

TRANSPORTE EN TOULOUSE

Moverse por Toulouse es bastante sencillo y casi todos los trayectos por el centro se pueden hacer a pie. No obstante, si necesitáis llegar a algún sitio más apartado (Por ejemplo, al Jardín Japonés) Toulouse cuenta con una amplia red de transportes que incluye metro, tranvía y autobús.

En el momento de nuestra visita (Julio 2018), la línea A de metro se encontraba cerrada por trabajos de ampliación y tuvimos que coger algún autobús sustitutivo. Compramos un bono de 10 viajes que nos costó unos 13€ e incluía toda la red de transportes. Más información en la web oficial de TISSÉO.

 DEL AEROPUERTO AL CENTRO

Hay una línea de tranvía que circula entre el Aeropuerto de Blagnac y el Palacio de Justicia, salen cada 15 minutos y el billete sencillo cuesta 1,60€. Si queréis ir al centro os tenéis que bajar en la parada de Arènes y coger la línea A de metro o algún autobús.

 

 

Y hasta aquí nuestra Guía completa para visitar la ciudad de Toulouse. ¿Qué creéis que nos faltó en nuestra visita? ¿Conoces algún restaurante que no podamos dejar pasar si volvemos? Y si tenéis pensado viajar a Toulouse, no dudéis en contactar con nosotros para ayudaros a resolver todas vuestras dudas. ¡Nos leemos en los comentarios!

 

De vuelta a casa

Regresar de un viaje, aunque no sea uno de esos larguísimos que nos lleven a recorrer medio mundo, puede provocar sentimientos de lo más contradictorios. Unas veces decimos eso de «hogar dulce hogar», otras lamentamos la vuelta y desearíamos haber continuado y alargado el periplo de manera casi indefinida.

He recuperado este post de mi antiguo blog. Miro la fecha de publicación (agosto de 2013) y pienso que podría haberlo escrito ayer mismo. Regresar de un viaje que ha sido distinto a tantos anteriores te trastoca, todavía más, la rutina.

Fue el primero, de larga distancia,  con nuestro perrribloguero Toby. Viajar con tu mascota te obliga a replantearte muchas cosas a la hora de escoger destino y un largo etc. pero no por ello es menos gratificante.

Y tú ¿Cómo te sientes al regresar de un viaje?

Son ya tres noches que no duermo, o al menos no todo lo bien que desearía. Me despierto continuamente de un sueño no demasiado profundo y aprieto los párpados con fuerza, como si de ese modo fuese imposible desvelarse. También para resistirme a mirar el despertador, mejor no saber qué hora es, ahora que por fin me he dado cuenta de que es el mismo despertador de siempre, que sigue en el mismo lugar sobre la mesilla.

Alargo la mano para advertir la presencia cotidiana de quien comparte mi cama, porque si de algo estoy segura es de que ésta es mi cama. Las de los hoteles son a veces tan grandes que ni aun estirándome atravesada, tal y como me gusta hacer, llegan los cuerpos a tocarse, ni siquiera un roce con el dedo gordo del pie.

Al menos ahora soy consciente de que he regresado, ha desparecido la angustia inicial, el desconcierto de no saber donde me encuentro en mitad de la noche. Nos se si debo sentirme aliviada o por el contrario puede más la nostalgia de dormir en otro lugar, de ver otras calles y otras gentes, de huir de la rutina.

Me preocupa que en esta ocasión me cueste decir eso de «hogar, dulce hogar». Debe ser porque el hogar no es para mí un lugar físico, cada vez siento menos apego a las cosas, sino que lo forman las personas y personitas a las que te sientes unida. Y en esta ocasión mi hogar ha viajado conmigo, ha sido casi todo mi equipaje

  Consejos (que te pedirán, si o si) al regresar de un viaje

Siempre, al regresar de un viaje,  mis amigos me preguntan, quieren que les cuente, que les hable de los lugares visitados. Conocedores de mi curiosidad infinita, de mi inquietud, de esa eterna manía de no parar, de planificar, de exprimir cada minuto y no saciarme, de mirar con los ojos muy abiertos lugares y gentes, de saborear e incluso de cerrar los ojos para percibir el olor de un aire distinto al que respiro cada día.

Yo me encojo de hombros y sonrío, asegurándoles que he visitado lugares hermosos, que he visto lagos, ríos y montañas, pueblos encantadores e incluso ciudades «desiertas», como lo son tantas cuando llega el mes de agosto, pero que esta vez me cuesta recordar algunos nombres, que mis mapas no están llenos de anotaciones, al menos no tanto como otras veces, y en mi maleta ningún souvenir, con la excepción de un imán pequeño porque apenas queda espacio disponible en la puerta de la nevera.

Quisiera darles mil consejos, decirles qué pueblos y ciudades no deben perderse, recomendarles un restaurante… y seguramente lo haré, como desde hace algún tiempo lo hago desde aquí.

Sin embargo, al regresar de un viaje como este, lo primero que me viene a la cabeza son las risas, las anécdotas y situaciones compartidas, los miles de kilómetros en nuestro coche que, a pesar de los años y algunas abolladuras, se ha portado como un «campeón».

De este viaje me queda la música en la radio…»RTL 102.5 è anche la mia estate», los «cabreos» cada vez que llegábamos a un peaje en las autopistas francesas- ¡y menos mal que, por una vez, no hemos encontrado los tan habituales grandes atascos!- el ansia compartida de llegar al túnel de Grimaldi, por el que se accede desde Francia a Italia, como lo hicimos unos años atrás… Nosotros, los mismos, y nuestro coche, todos con algunos años más.

Al llegar a este punto no podemos evitarlo: nuestro ritual consiste en bajar las ventanillas, subir el volumen de la música y cantar a voz en grito algún éxito de la música italiana… este año toca «Antonino»!.

Esta vez llevamos un pasajero extra, que levanta levemente sus larguísimas orejas y nos mira con resignación, suspirando de una manera que todavía nos hace reir más… debe pensar que estamos completamente locos ¡Ay si pudiese hablar!, mientras aguanta estoicamente las largas jornadas en coche.

Dónde alojarte con tu mascota

Toby se mueve nervioso cuando llegamos a uno de esos hoteles de carretera, prácticos, sencillos y relativamente económicos, pero con habitaciones diminutas- al menos, aunque es casi lo normal en Francia, admiten perros- y no parece encontrar un rincón donde acomodarse. Cada vez que uno de nosotros hace ademán de salir de la habitación se pone en pie, temeroso de ser abandonado… otra vez.

Viajar con él ha supuesto un gran cambio a la hora de planificar estancias y rutas: marcar la casilla de «admiten mascotas» cada vez que buscamos un hotel o apartamento, consultar las condiciones de transporte de los medios públicos… afortunadamente tanto en Trenitalia como en los servicios de navegación de los Lagos (en este caso el de Iseo) pueden viajar sin ningún problema, incluso ha disfrutado del novísimo metro de la ciudad de Brescia, inaugurado apenas tres meses antes de nuestra visita, donde ha viajado fresquito, sin bozal y sin necesidad de sacar billete.

Toby en el metro de Brescia

Con él no se puede acceder a los museos o las Iglesias, pero hemos disfrutado de paseos junto al Lago , hermosas plazas e incluso fiestas populares, donde hemos compartido nuestra carne a la parrilla, pizzas e incluso helados, pues ¿Quién puede resistirse a esos ojos suplicantes y al modo de relamerse cada vez que nos sentábamos con un cono entre las manos?

Viajar con la familia «al completo» ha supuesto un ejercicio de generosidad por parte de todos, de saber adaptarse, de renunciar a algunas cosas o actividades, aunque no a todas.

También nos ha brindado una buena oportunidad para entablar conversación a la primera de cambio, pues pocos eran los que se resistían a hacerle una caricia, un comentario- che bello! el más repetido- y a preguntarnos el sexo, la edad y si era un setter… y una vez más repetir la historia de como entró en nuestras vidas, de que abandonado seguramente por unos cazadores acabó en la perrera.

Anécdotas viajeras con tu mascota

Por Toby escogimos aquel otro hotel, para el trayecto de vuelta, porque también admitían animales, y vivimos una de las situaciones más absurdas de nuestro viaje: ni una palabra de otro idioma diferente al francés por parte de las personas que lo regentaban- una pareja madurita de caballeros de aspecto un tanto cómico, alto y delgado uno, bajito y algo regordete el otro, que cubrieron de sábanas el suelo enmoquetado de la habitación.

Aquello debió parecerle tan extraño a nuestro perro, que buscó el único rincón sin cubrir para acomodarse hecho un ovillo. Esta anécdota nos otorgó el título de «una de las peores experiencias en hoteles» en este blog.

Juro que en la página de reservas, de cuyas opiniones suelo fiarme, decía: » con una espléndida bienvenida, el hotel d’Angleterre hará que su estancia sea muy placentera…» y, en las fotos, las habitaciones no tenían el aspecto lóbrego y ajado de la nuestra, ni el desayuno era tan parco y poco apetecible.

Así que lo anoto en la, afortunadamente, breve lista de «lugares a los que no volver». Debo decir no obstante que las sábanas y el baño estaban limpios. Así que nuestro paso por Salon de Provence, cuna del famoso Nostradamus, quedará para siempre en el apartado de anécdotas ya que la «cosa» no acabó aquí.

 

Photo by Shadowgate on Foter.com / CC BY

Intentando encontrar algún sitio para la cena, decidimos buscar una «Creperie», para mí valor seguro en el país galo. La única que encontramos abierta- pues son muchos los establecimientos cerrados por vacaciones- tiene las mesas llenas pero su, no muy simpático, camarero no nos ofrece siquiera la posibilidad de esperar 15 ó 20 minutos a que se libere una.Bromeamos diciendo que esta misma situación en Nápoles se hubiese resuelto con un contundente «dieci minuti» (En Nápoles siempre te asegurarán que la espera para comer o cenar es de 10 minutos), que seguramente se hubiesen convertido en una hora, pero que hubiésemos recibido con mejor humor.

De modo que, al final y como casi siempre, optamos por arriesgarnos con un restaurante italiano donde la calzone no me sabe a pizza sino más bien a empanada de carne, y las raciones generosas de pasta no tienen el punto de cocción deseado, aunque son perfectamente digeribles. Además nos encontramos con un camarero simpatiquísimo con quien conversamos mitad en español, mitad en italiano.

Lejos de enfadarnos, decidimos asumir todas estas situaciones con humor, jurando que «no lo contaríamos» y aquí estoy yo sin poder evitar irme de la lengua. Dicen que los perros no tienen memoria, aunque yo no soy de la misma opinión. Ahora, de vuelta a casa,  miro las fotos de aquel primer viaje con nuestra mascota.

Toby esta tumbado, tranquilo, sobre el empedrado de una hermosa plaza (Piazza del Mercato en Pisogne) y yo le digo:

-Toby, ¿sabes que en esta misma plaza, hace siglos, quemaron a un grupo de mujeres acusadas de brujería? Pero esa es otra historia y te la contaré en otra ocasión.