Varenna Lago di Como: cuando quise ser como Rick Steves

«Varenna, Lago di Como, un rincón del paraiso teñido de azul. Una perla entre el lago y las montañas, arrullada por el viento y besada por el sol. Un lugar en los límites del tiempo…»

Palabra de Rick Steves… En realidad,  la descripción es perfecta y el reclamo publicitario para Varenna, inmejorable. Son miles los seguidores de este escritor y periodista norteamericano, convertido en «gurú» de los viajes, que ha descubierto al nuevo continente la belleza, historia, cultura y riqueza gastronómica de la vieja Europa.

 

Panorámica de Varenna Lago di Como

 

Me preguntaba si cuando una pasión se convierte en trabajo deja de ser precisamente eso, pasión. Pero en este momento, cuando el verano declina y la vuelta a las obligaciones laborales se hace inevitable, me cuesta aceptar que este supuesto sea posible ¡Que maravilloso sacrificio tener que preparar las maletas, siempre de un lado a otro, para llegar a los lugares que cualquier mortal desearía alcanzar al menos una vez en su vida!. Entiendo perfectamente la atracción que el Viejo Continente ejerce sobre el Nuevo, pues la historia de sus gentes, de sus pueblos y ciudades, de los muros que se alzan sobre otros  ya derruidos, del suelo por el que hoy caminamos y que ayer fue tierra teñida de sangre por las batallas de todos los tiempos, también nos apasionan a aquellos que habitamos en él.

Pero, al menos por unos días, me he sentido como Rick Steves. Aunque, sincera y afortunadamente para mí, la belleza del Lago di Como se encuentra a poco más de dos horas en un vuelo low cost. Varenna es probablemente el pueblo más bello en este ramo del lago, el que corresponde a la provincia de Lecco. Contemplarlo desde el agua es un privilegio mayor: inmerso en el verde de la montaña, que parece engullir sus casitas de postal, las fachadas, en ocre y amarillo, rosadas o magenta, se tornan en un rojo granate algunas más… parecen dispuestas como en un cuadro, con una composición propia, igual que en las acuarelas que se venden en las galerías de arte cercanas al muelle. Y más arriba, en lo más alto de la montaña, el Castello di Vezio se erige como fortaleza que vigila el lago y protege a Varenna.

 

 

Ya en tierra, desde el embarcadero, se puede bordear el lago por el «paseo de los enamorados», donde todas las noches alguna pareja contempla la imagen de la luna sobre el agua, mientras al fondo, como un  telón en tan perfecto decorado, las luces del vecino Mennaggio nos devuelven también su reflejo. Antes de subir por las empinadas escaleras de la Contrada del’arco es posible detenerse en un banco y escuchar el murmullo del agua, apenas interrumpido por las voces de las animadas terrazas vecinas. Es el de Varenna un turismo tranquilo, nada masificado – prueba de ello es que apenas hay alguna tienda de souvenirs – que permite disfrutar de una paz inmensa durante la noche y de las visitas en familia durante el día, de la algarabía de los niños en la «playa», tomar un aperitivo en el bar de la plaza,»Al Barilott», lugar de encuentro habitual de los «varennesi» y para los visitantes por su «internet point». Claudia me aconseja entre un Pinot o un Sauvignon del Véneto, y elijo este último; nos cuenta que su hijo adolescente es un gran admirador de la selección española de fútbol… resulta tan fácil entablar conversación en cualquiera de los pequeños y hermosos pueblos de Italia.

 

 

En Varenna me sorprenden los horarios comerciales, mucho más europeos, parecidos a los de la vecina Suiza, aunque también es cierto que lo restaurantes frente al lago permanecen abiertos hasta muy tarde y es posible tomar algo casi a cualquier hora. Pero tengo que hacer un esfuerzo y no despistarme para poder comprar pan y alguna otra cosa en «la bottega», la única y pequeñísima tienda de alimentación que hay, donde todas las mañanas coincido casi con las mismas personas.

No se si Rick Steves gozaría de su compañía o si compartiría la barra del bar, quizá tan solo haya sido un visitante ocasional, como tantos que acuden a pasar una jornada en éste u otros pueblos del lago; quizá disfrutase de la gastronomía local, quizá en ese restaurante donde cada noche los camareros con pajarita servían excelentes botellas de vino en la terraza acristalada, o en aquellos junto al puerto cuya especilidad es el pescado del lago. Confieso que no me atrae el lucio o la perca y que me he vuelto adicta a la pizza con bresaola y rúcula, y prefiero un filete a la milanesa, en la terraza agradable y una pizca decadente del Albergo, donde el camarero flirtea descaradamente con una rubísima huésped del hotel.

 

Restaurante en Varenna

Descubro el tinglado empresarial del señor Steves:  guías y libros, audioguías para Ipod, viajes organizados y hasta maletas… todo disponible y a la venta on-line. No es esta faceta la que envidio, sólo la de llegar a tantos lugares de este amado Continente. Por el momento, «la perla del lago» ya  está a mi alcance.

PD: este post fue publicado originalmente el 18 de septiembre de 2010 en mi antiguo blog «De viajes y libros». Como recomendación final, añadir que es un destino perfecto si lo combinas con una visita a Milán y Bérgamo.

Il pirata delle Cinque Terre

Tal y como prometí en nuestro completísimo post con los mejores lugares para comer, sirva este breve relato para contar como conocí al «pirata delle Cinque Terre». Siento que no haya grandes dosis de aventura, peligros ni luchas cruentas al más puro estilo hollywoodiense, pero lo que si puedo asegurar es que al final hubo botín, suculento y dulce como pocos. Fue en mi primera visita a Vernazza…

Vernazza es uno de los pueblos de este bello paraje natural conocido como Cinque Terre. Es probablemente uno de los que mayor encanto posee y también uno de los que recibe mayor afluencia de visitantes. Como es tan frecuente en estas tierras, el Castillo Doria con su torre vigila desde hace siglos ante la amenaza y los ataques de piratas que surcaban el Mediterráneo. Ahora, los únicos barcos que se ven, acercándose desde el horizonte, son las lanchas privadas, los taxis acuáticos o el servicio regular del Consorzio Marittimo Turistico 5 Terre.

Acostumbrada al asedio de los visitantes, especialmente en la época veraniega, esta población encaramada a las rocas, con una larga calle que une la estación ferroviaria con el puerto y estrechísimos callejones de empinadas escaleras, recibe al visitante con sus fachadas de colores alegres, desconchados por el azote de los vientos, la humedad y el salitre que se saborea en al aire. Demorarse en esta plaza, de sencillos pero hermosos soportales, es un placer para los sentidos y a falta de largas playas de arena fina, sumergir los pies en el mar, sentados sobre una roca, proporciona instantes de felicidad absoluta, tanto que dan ganas de gritar o chapotear como haría un niño.

 

 

Los toldos y sombrillas en la plaza, en las terrazas de los restaurantes, son un verdadero reclamo para el visitante. Cestillos con ajos y limones dispuestos a posar ante las cámaras o la paleta de un pintor, casi de atrezzo si no fuera porque despiden un auténtico y profundo perfume. Pero, fiel a mi idea de que es mejor huir de los lugares con «mejores vistas» o de las zonas más concurridas en cualquier destino, salvo que a uno no le importe que las vistas vayan incluidas en la factura y a riesgo de que las mismas nos distraigan sobre la calidad de la comida (hay excepciones, claro, pero uno debe poder o querer darse el capricho) he decidido buscar uno de esos lugares donde el buen comer sea el «primer mandamiento».

 

Comer en Il pirata delle Cinque Terre

Esta fue nuestra primera experiencia en Il Pirata delle Cinque Terre. La reseña se publicó en mi antiguo blog «De viajes y libros» el 29 de agosto de 2011. Si leéis este post hasta el final, además de agradeceros la paciencia, entenderéis la importancia de la fecha.

Días antes de mi viaje, decidí indagar por internet… videos, opiniones, guías. En algunos casos uno solo logra obtener mayor confusión pues al adjetivo ¡excelente!, por parte de unos, sigue el de ¡nefasto! por parte de otros. Pero, por una vez, me alegro de haber insistido en buscar Il Pirata delle Cinque Terre, situado en Via Gavino – por cierto, preguntamos en varias tiendas por la dirección y no supieron indicarnos dónde estaba- que finalmente encontramos gracias a la chica de la farmacia, a quien preguntamos directamente por el restaurante…»Ah, lo conosco». Y así dimos al fin con el pirata más famoso y alegre de Cinque Terre, que conquistó este lugar con las mejores armas: ¡simpatía, estupenda comida y pastelería siciliana!

 

Cannoli sicilianos

 

Siguiendo la calle de la izquierda, si miramos de frente a la estación de tren, llegaréis al parking (aparcar en Cinque Terre resulta bastante complicado). Justo allí veréis un bar, el típico bar que podemos encontrar en cualquier pueblo, con algunas mesitas en la calle en las que los lugareños toman un vino. La primera reacción puede ser la sorpresa, como confieso que nos ocurrió, pero no lo penséis más, ocupad una de las mesas y dejaos aconsejar, o elegid al azar cualquiera de los suculentos platos de pasta que ofrecen y alguna ensalada – si vais al mediodía es lo que hay, los antipasti sólo los sirven en la cena-. Mi único consejo es que dejéis un hueco en vuestro estómago para el postre.

Probablemente parezca un sinsentido comer en un restaurante siciliano en Liguria, aunque entre los platos de su carta hay espacio para la cocina ligur, como los ñoquis al pesto, o la ensalada con frutti di mare (pulpitos, calamares, gambas…) y para otras recetas tradicionales en toda la cocina italiana, como una excelente lasagna de carne. Pero esta vez la excepción bien merece la pena.

El hallazgo, además, no es sólo gastronómico. Al placer de la comida se une el de la conversación, en perfecto castellano. Esto tiene una sencilla explicación, ya que «Il Pirata» y todas sus tentaciones corren a cargo de Massimo y Luca, dos gemelos sicilianos que se establecieron en este bellísimo pueblo de Cinque Terre. Massimo está casado con Noelia, una donostiarra de origen gallego, que además atiende el  negocio, osea que nos encontramos con un «rizar el rizo» de los movimientos migratorios, y el tema daría para una tesis doctoral. Como italianos y españoles compartimos una especie de deporte nacional, que no es otro que el de «pegar la hebra» (no se si el «Fare una chiacchieratta» serviría como sinónimo) la sobremesa puede alargarse con peligrosos resultados: ¡repetir postre y café!.

 

Con Gian Luca y Noelia

No es la primera vez que escribo sobre mi adicción y/o pasión por el café. Intento recordar, en cada lugar que visito, el mejor que he tomado y puedo asegurar, sin duda alguna, que fue el mejor de este viaje. Parece ser que hay un motivo para ello, según me contaba Noelia, Massimo es tremedamente exigente con el café y cambia el grosor en el molido dependiendo de las condiciones atmosféricas, mayor o menor humedad en el ambiente etc. Está bien descubrir que una no es tan neurótica con el asunto del café o que al menos hay quien comparte mi exigencia.

Luca, de cuya mano- o quizá posee una varita mágica?- surgen las más dulces tentaciones de la pasteleria siciliana, me «riñe» porque los cannoli, quizá el más conocido y popular de los dulces de esa región, son un postre para el invierno. Pero… yo no puedo viajar en invierno, y la bella Sicilia es todavía un destino escrito en el papel, en una larga lista de la que tan sólo he logrado tachar algunos nombres, de manera que creo que bien merezco la oportunidad de comer uno, al menos. Para no defraudarle, y siguiendo sus consejos, hacemos un pequeño «sacrificio» y también pedimos la panna cotta con frutos rojos.

Pero mi paso por «Il Pirata delle Cinque Terre» todavía me tenía reservada una última sorpresa: entre las decenas de fotos y postales en la pared, descubro ¡al mismísimo Rick Steves!. Ahora ya puedo decir aquello de «al fin soy como Rick Steves». Bromas aparte, y dejando bien claro que desconocía la recomendación en su guía, a pesar de que soy consciente que para los turistas norteamericanos es una especie de «biblia», voy a hacer un «poquito mío» el descubrimiento y la recomendación desde este pequeñísimo rincón de los viajes (cuando escribí esto me refería a mi modesto blog, que me dio tantas satisfacciones)

Supongo que a Massimo y Luca no les habrá importado el apelativo de «Cannoli brothers» por parte del señor Steves, ya que ellos mismos hacen gala de su alias, pero puedo asegurar que el humor siciliano es mucho más hilarante que el norteamericano. Sin que nadie se moleste- yo no lo hago- Massimo nos cuenta que la primera vez que visitó España y le sirvieron un café con leche preguntó a la camarera si no se había confundido, ¡No había pedido té!

Tan estupenda experiencia sólo tuvo un resultado: al día siguiente hicimos todo lo posible por volver, esta vez a la hora de la cena. Ahora, cumplimos penitencia por el pecado de la gula, recordando con nostalgia la textura crujiente del hojaldre de un millefoglie con crema.

Il pirata delle Cinque Terre navega de nuevo

Máquinas excavadoras, hierro y bloques de hormigón, barro y polvo…. el enorme socavón aún sin cubrir en lo que fue el antiguo parking de Vernazza, junto al río, que llegado el verano discurre tranquilo, con poca agua. El mismo río desbordado meses atrás por la furia de una lluvia incesante, como jamás recuerdan los mayores del pueblo, aquel fatídico 25 de octubre de 2011, que arrastraba muros y tejados, árboles y automóviles, lavadoras, neveras y otros enseres domésticos… y las vidas, se contaron hasta tres, de quienes obstinados o temerosos miraban al cielo sin ser capaces de abandonar el lugar que les vió nacer.

Regresamos en 2012, enamorados de esta tierra, para pasar unos días de verano en Riomaggiore.

Ya me lo había advertido Noelia en su último correo: «tenemos polvo, barro… mucho polvo» pero nadie en el pueblo puede permitirse mantener su negocio cerrado durante un año, y al menos haría falta ese tiempo para que todo volviese a la normalidad. Así que «Il pirata delle Cinque Terre» abre, precisamente en la zona más devastada de Vernazza. La figura del corsario, sable en mano, sigue recibiendo a los visitantes en el mismo lugar de siempre, aunque me olvido de preguntar si es nueva o si acaso pudo ser rescatada de entre el fango y los escombros.

La estación del ferrocarril parece la misma, pero no lo es. Mirándola ahora, desde abajo, las imágenes que emitieron por televisión, las que circularon por internet, me parecen irreales, increíbles… si la estación queda a una buena altura sobre mi cabeza, ¿cómo es posible que los railes quedasen sepultados bajo el lodo?. Doy unos pasos… retrocedo, convencida de que algo falta en este escenario. Estaba a la izquierda, de eso estoy completamente segura, pero tan solo encuentro los muros blancos. En cuanto tengo ocasión repaso las fotos del verano anterior, y allí está: la imagen a tamaño real sobre la pared , bajo un arco, el camino de piedra y la mujer de espaldas que acarrea un cesto en su cabeza; y estoy yo, jugando a simular que voy por el mismo camino que ella.

 

 

Más arriba, en la «piazzetta dei Caduti», hay columpios nuevos para los niños. Como es pronto para comer, damos la vuelta, calle abajo, ansiosos por ver como se ha recuperado el lugar o si quedan todavía restos del naufragio. Y nos sorprende reencontrar la imagen alegre y apacible, de visitantes curioseando entre las tiendas de souvenirs, tomando un bocado rápido en la calle, como si no hubiese un antes y un después del desastre.

La pequeña capilla dedicada a Santa Marta de Betania se ha recuperado por completo y en su interior permanece la imagen venerada, patrona del hogar y la hospitalidad. Sobre ella, subiendo unas escaleritas, sigue la vineria del mismo nombre, Vineria Santa Marta. Nos alegra ver el negocio abierto de nuevo, con sus productos expuestos en la entrada, los parroquianos sentados alli mismo, junto a la puerta…. la última vez que supimos de la vinería fue a través de internet: de ella solo quedaba a la vista el rótulo de letras, color vino, descoloridas, sobre el toldo.

Angela, la propietaria, va y viene sirviendo el vino a los clientes de siempre- no es éste un negocio sólo para turistas- colocando con mimo y esmero  los productos que vende en su local. Se sorprende, con un ligero resquemor que desaparecerá enseguida, cuando le decimos que hemos traído un regalo para ella.

 

Vineria Santa Marta, antes de las inundaciones

 

El verano anterior, apenas dos meses antes de las devastadoras inundaciones, tomamos desde la calle una foto de su local; el mismo toldo ahora renovado, los lugareños tomando el vino, ella misma exponiendo con sumo cuidado sus mercancías, y en los bancos más abajo, a ras de calle, las señoras que charlan entre ellas mientras reposan en el suelo las bolsas de la compra… una escena cotidiana, casi imposible de lograr si hubiésemos pretendido, a propósito y de forma premeditada, crear la escenografía de la vida diaria en Vernazza.

Por cierto, los bancos de la calle ya no están- desconozco si a fecha de hoy los habrán repuesto-. El estanco, en el que compramos una preciosa postal, y cuya propietaria nos contó orgullosa que una de sus hijas estudiaba español en el colegio, está remodelado por completo, mucho más bonito que antes. Recuerdo a la niña explicándonos, en perfecto castellano, dónde se encontraba el buzón para mandar desde allí nuestro recuerdo.

En la Plaza, bajo los soportales, allí se encontraba el buzón. Y allí siguen las fachadas de colores vivos, la Iglesia de Santa Margarita de Antioquia, que sirvió de refugio y almacén, de improvisada farmacia, a cuantos voluntarios trabajaron para auxiliar al pueblo de Vernazza; en cuyos bancos encontraron reposo los cuerpos extenuados por jornadas interminables de lucha contra el lodo y los escombros. Lo veo en las fotos del libro que compramos, para colaborar en la reconstrucción, obra de Andrea Erdna. Entre las páginas llenas de devastación y deseperanza, de miradas llenas de dolor, me emocionan las sonrisas de gratitud, de solidaridad, las muestras de afecto que trasmiten el trabajo codo a codo, mano a mano, de jóvenes y mayores, de propios y extraños.

Desde esta misma Iglesia veo como arriban los barcos turísticos, cual piratas al abordaje. Algunos atrevidos se bañan en las aguas del puerto, que todavía se ven algo turbias. Me advierte Noelia que ella no ha dejado que su niño se bañe en ese mar, a pesar de que durante un mes han estado dragando el fondo, no vaya a lastimarse con algún resto de metal retorcido, con cualquier objeto- las cámaras frigoríficas de los restaurantes, los electrodomésticos caseros, cualquier pieza perteneciente a los automóviles- pues no termina de creerse que todo lo que sus ojos vieron junto a la orilla haya desparecido para siempre.

No me canso de subir y bajar, de atravesar los callejones ocultos, desbordantes de encanto, de Vernazza. En ellos se puede olvidar el trasiego del puerto, el ir y venir de turistas en la calle principal, se puede olvidar incluso la tragedia. Pero hablar exhorciza los demonios, los miedos; limpia los rastros de la tristeza, como el agua y las palas limpiaron las calles. Aquí nadie evita hablar de lo ocurrido. Aquí nadie busca la compasión. Saben que este es un lugar especial, que deben preservar, y han luchado con todas sus fuerzas para recuperarlo.

Otra cosa son las vidas, los cuerpos arrastrados, que meses más tarde aparecieron en las costas de Niza, porque según dicen aquellos que conocen bien el mar: el mar devuelve a la tierra todo lo que de ella le llega.
La señora Pina, que a sus ochenta años limpiaba afanosamente el balcón de su casa, un segundo piso en la zona alta de Vernazza, justo enfrente de «Il Pirata», desoyendo los gritos y ruegos de los vecinos que le pedían que subiera al piso más alto del edificio.
Sauro, el hombre todavía joven que atenazado por el miedo, incrédulo ante lo que sucedía, no fue capaz de asir la cuerda que le lanzaban y decidió quedarse sentado en su negocio, un bazar en la calle principal, y dejó que la fuerza del agua lo llevase junto con el esfuerzo y el trabajo de toda su vida. Circulan videos por internet en los que se ve al hombre y se escuchan los gritos de aquellos que le piden que agarre la cuerda. No he querido verlos, no he querido poner rostro a la tragedia, bastante duro fue escuchar el relato de Noelia, la voz quebrada al hablar de otro amigo perdido: Pino, toda una vida endulzando los días desde su heladería, que esa mañana, al igual que todas, se despedía de ella al llegar a Vernazza en el tren que ambos tomaban desde la Spezia:
-Que pases un buen día!- «españolita» la llamaba.

Estoy releyendo el texto y no puedo evitar un escalofrío, un velo de tristeza que me empaña la mirada. Pero no este el objetivo de mi relato.
En apenas unos meses todo el pueblo de Vernazza había sumado esfuerzos para recibir a todos aquellos que decidieron visitar uno de los lugares con mayor encanto de Le Cinque Terre. Además, me reconforté con una buena comida en «Il Pirata», mucho más agradable desde que lo reformaron- a pesar de las circunstancias de tal «reforma»-  y endulcé cualquier resto de tristeza o melancolía gracias a Gian Luca y sus pasteles sicilianos. La chiacchierata, aunque fuese en español, corrió a cargo de Noelia. Hablamos de su añorada Galicia, de su familia tan lejos, de la temida crisis… pero nos dió una enorme lección: de nada sirve lamentarse y sólo queda -en un dicho tan español- «tirar palante».

Con la llegada del invierno Vernazza cuelga el cartel de «cerrado por vacaciones». La primavera es una época excepcional para visitar este paraje natural privilegiado. Cada año, a partir de Semana Santa, como es habitual, » Il Pirata delle Cinque Terre» navega de nuevo por las aguas del mar de Liguria.

 

Escala en Portofino

Una escala en Portofino… Podría parecer, pero nada más lejos de mi intención, que intento dar publicidad a una conocida fragancia, de una de esas marcas que son sinónimo del lujo absoluto. Gesticulo ante el teclado intentando pronunciar con un afectadísimo acento y termino desmadejada por la risa. Aunque debo decir que el perfume al que me refiero posee un innegable frescor cítrico, que me recuerda a los limones de aroma profundo que se cultivan en la costa ligur, tan pegados al mar que su olor se confunde con el de la sal, que va y viene a merced de la brisa o de los cambios de dirección del viento.

 

«Escala en Portofino» no es el primer título que se me había ocurrido para esta entrada, pero es que el otro, algo así como «¿dónde quedó el glamour?», me pareció sarcástico en exceso. Porque en realidad lo mío fue una escala en Portofino, aunque no descendiese de un crucero de lujo ni de un yate privado sino de un simple barco de recorrido turístico . El que, sólo en temporada estival, los lunes, miércoles y viernes, hacía el trayecto desde Cinque Terre hasta el promontorio de Portofino, recorriendo la hermosa Riviera de Levante. Actualizamos: en 2018 el servicio se limitaba a los lunes y viernes.

 

Photo by gminguzzi on Foter.com / CC BY-SA

 

Los toldos y hamacas de rayas azules y blancas, las casetas de playa, de madera o lona, a nuestro paso por las localidades balnearias de Bonassola o Deiva Marina, conforman una imagen idílica desde el agua, con cierto encanto decadente, a bordo del barco que se mueve más de lo deseable.

Intento concentrarme en el dibujo de la costa, en el mapa que sigo mentalmente, y de vez en cuando sobre el papel, en las torres y campanarios que asoman, entre el azul y el verde, cuando estamos frente a  Moneglia -ese pueblecito con enorme encanto y sus dos iglesias, que desde siglos atrás provocan un enfrentamiento dialéctico, una auténtica competitividad, entre sus habitantes: ¿cual de las dos es más bella, la de San Giorgio o la de la Santa Croce?…la verdad, no sabría por cual decantarme.

A pesar de ello no puedo olvidarme de un leve malestar en mi estómago, acrecentado seguramente por la visión de un pasajero pálido que soporta el viaje, apenas iniciado, tendido sobre el suelo de madera del barco, atendido por su esposa, con un paño húmedo en la frente. Ella le jura que regresarán en tren mientras pregunta, suplicante, a la tripulación si no hay ninguna otra parada, desde la última que hicimos, hasta Portofino.

El viento en la cara, mi afán en sujetar el sombrero de paja, tan coqueto, adornado con una cinta de gasa, que amenaza con salir despedido hacia arriba como un globo de helio, las gotitas saladas que saboreo en mis labios, me mantienen entretenida durante el trayecto. También la incertidumbre, la duda, una cierta actitud ansiosa por descubrir si el viaje valdrá la pena.

Portofino ocupaba un lugar secundario en mis preferencias cuando organicé nuestro itinerario. Alguien me dijo que no era mucho más bello que cualquier otro pueblo de la costa, solo que en lugar de puestos de souvenirs encontraría tiendas de lujo. Y yo, prejuiciosa, tal y como me reconozco, siempre afirmo que no me interesan los lugares que solo ofrecen la ostentación, el lujo y los caprichos de los ricos y poderosos. Aun así, decidí que lo mejor era comprobarlo personalmente, intentar averiguar porque este lugar, durante tanto tiempo, arrancó suspiros entre quienes pronunciaban su nombre… Portofino.

La última vez, y no hace tanto, que leí algo sobre Portofino fue en el suplemento dominical de un periódico: reportaje en blanco y negro, con fotos sugerentes que transportaban a otra época. Y es que, aunque siga siendo refugio de ricos y famosos, de grandes estrellas del cine, fueron los 50 y los 60 los años dorados de este antiguo pueblecito de pescadores.

 

Photo by Dr Korom on Foter.com / CC BY-SA

 

Como he mantenido en mi cabeza esa imagen en blanco y negro, lo que más me sorprende arribando al pequeño puerto es el colorido que lo inunda todo; los ocres, anaranjados, de las fachadas cuidadísimas que refulgen con la luz del mediodía, los colores brillantes de los toldos que parecen recién repuestos, como si el sol y el viento, el salitre tan cercano, no les afectase en absoluto. Pero, sobre todo, el verde que todo lo rodea, allá donde desviemos nuestros ojos, que parece dar sombra y cobijo al visitante. No en vano estamos ante uno de los parques naturales más hermosos y ricos en especies. Las altas, y anchas, copas de los pinos mediterráneos me trasladan a la infancia, aunque son lo único que me la recuerdan.

El folleto turístico decía: «giro panoramico a San Fruttuoso». La antigua abadía, entre  Camogli y Portofino, es un auténtico oasis de paz, tan solo accesible desde el mar o a pie. Nos acercamos lo suficiente como para hacer algunas fotos, aunque me hubiese gustado sentarme en la orilla con los pies sumergidos en las aguas limpísimas de esta área marina protegida. Y, una vez más, como en tantas otras ocasiones, me digo aquello de «otra vez será…»

 

Photo by Ciccio Pizzettaro on Foter.com / CC BY-NC-SA

 

Desciendo, contenta de comprobar que el sombrero sigue sobre mi cabeza, sin peligro porque calzo unas alpargatas planas, mientras echo un vistazo a mi alrededor, aunque he tenido tiempo suficiente durante la travesía de examinar a mis compañeros de viaje: minúsculos biquinis, chancletas o camisetas anchas y descuidadas. No es que yo me haya ataviado como para acudir a una fiesta, pero basta un vestido de algodón fresco y mi sombrero de paja para destilar mucho más «glamour» que chanclas, camisetas o mini-shorts.

Estoy encantada de sentir el suelo firme bajo mis pies, y aunque es cierto que me reciben, desde los toldos, los rótulos y logotipos de las más lujosas marcas de moda, y que los tendeteres aquí ofrecen cachemir y maravillosas camisas de lino natural- a más de trescientos euros la pieza- tengo que reconocer que el pequeño puerto me parece hermoso, mucho más de lo que probablemente esperaba.

Aventurarse a comer en cualquiera de los restaurantes del puerto puede tener resultados nefastos para el bolsillo, salvo que el presupuesto no sea un problema, de modo que optamos por sentarnos en la terraza de un bar, el de aspecto más sencillo y normal posible. Aun así, un refresco no baja de siete euros… eso sí ¡Nos obsequian con un pequeño cuenco de patatas fritas!. Pero la parada merece la pena, y no sólo para refrescarnos, sino porque ofrece un lugar perfecto desde el que observar todo lo que sucede en la calle.

A nuestra derecha un matrimonio de jubilados ingleses, yo creo que procedentes de algún crucero o excursión, a tenor de la pegatina circular de color rosa que lucen en su camiseta- después observo que otros viandantes la llevan azul, verde…- toman una cerveza que han enfriado con cubitos de hielo. Me ofrecen la cubitera por si quiero enfriar la mía, a lo que respondo con una amplia sonrisa y un «no, thanks».

Una familia italiana- padres, abuelos y niños- ocupa otra contigua y cuando abren el folleto que hace de carta y leen los precios de los bocadillos se levantan rápidamente de las sillas, entre exclamaciones de incredulidad y ofensa. Yo reprimo la risa, aunque ya había mirado los precios sin inmutarme, y decidido que comería algo en el local de enfrente, un horno en el que no dan abasto a servir excelentes porciones de focaccia genovesa recién hecha.

Me recuesto en la silla, parapetada tras mis gafas de sol, e inicio esa especie de juego solitario de observar e imaginar las vidas ajenas. Gucci, Pucci, Dior… sin embargo la mayoría de las tiendas están vacías, si acaso con algunos turistas que curiosean. Y pienso, qué enorme contradicción, que la elegancia que exhiben los escaparates está muy lejos del aspecto de los viandantes: bermudas imposibles, sandalias con calcetines, cuerpos que se exhiben con exceso- con exceso de todo- y no dejo de preguntarme dónde están las mujeres hermosas, de estilizada figura y caminar sereno, las que emanan seducción y misterio, como en las fotos de aquel reportaje en blanco y negro.

Y surge, inevitable, la pregunta: Portofino… ¿dónde quedó el «glamour»?.

 

Photo by Fabio – Miami on Foter.com / CC BY-NC-SA

 

Quedó en el aspecto cuidado de las calles, los barcos espectaculares que siguen atracando, la belleza de las casas – ay, quién pudiera…!- la belleza serena de una joven, al menos una, que camina erguida sobre sus tacones; la elegancia del nonno que peina hacia atrás sus cabellos canos acompañado de sus nietos, un niño de cabello rubio que camina junto a él con el cuello de su polo camisero levantado- he ahí un futuro modelo, pienso- y una niña delicada y delgadísima, como lo son la mayoría de las italianas -quizá algún día descubra el secreto-.

Quedó, y no podemos menos que bromear sobre el asunto, en los pequeños detalles de los callejones que nos guarecen del sol y el calor, en la ropa tendida en una ventana y
que, curiosamente, es del mismo color que la fachada, como si se hubiese mimetizado, o estuviese hecho a propósito, como si fuese de atrezzo o quisiera de algún modo demostrar que existe una vida normal y cotidiana en las casas que, a buen seguro, han dejado de ser modestas viviendas de pescadores.

Photo by TwnPines2 on Foter.com / CC BY-SA

 

A través de los callejones llegamos hasta la escalinata que sube a la Iglesia de Divo Martino, consagrada a San Martín de Tours. El adoquinado de la explanada sobre la que se yergue dibuja un bello mosaico. Nos acoge con el frescor que ofrecen siempre los templos. Recientemente se han realizado diversos trabajos de restauración ( no recuerdo la cantidad del proyecto) para lo que, en un cartel, se solicitan aportaciones. Y pienso, que contradicción, que el valor de cualquiera de los «barquitos» atracados en el puerto bastaría para cubrir el importe, o unos cuantos vestidos de alta costura, un bolsito de aquí, unos zapatos de allá, un poco de cachemir y lino…

 

Photo by Dr Korom on Foter.com / CC BY-SA

Es una pena que mi barco tenga hora de partida, apenas unas pocas para disfrutar del lugar, porque me quedo intrigada, deseosa, de averiguar que ocurre en Portofino cuando la luz del sol se esconde, las farolas se encienden y las velas en las mesas de los restaurantes invitan a sentarse. ¿Aparecerán entre las sombras las mujeres bellas y los hombres elegantes?.

Apenas unos minutos para partir, y doy una última vuelta por el muelle.De repente, no puedo resistirme: ¡rebajas! al 50%…no es Gucci, ni Pucci, ni Chanel, pero siempre podré presumir de unos bonitos foulards de algodón y una estupenda bolsa de playa, de una marca francesa, comprados en Portofino.

Rimazùu: alojarse en Riomaggiore como un local

Alojarse en Riomaggiore es una buena opción si estás planeando unas vacaciones en Le Cinque Terre. Esta hermosa localidad tiene un marcado carácter, e incluso un dialecto único y propio. Alojarse en Riomaggiore  permite al viajero disfrutar de la cotidianidad de los días, de las costumbres y celebraciones.

Cada mañana , al despertar, miro al horizonte con los ojos entrecerrados, abrumada por el sol que me acaricia suavemente la piel, igual que acaricia este mar azul sobre el que se posan. Lo observo. Parece tranquilo, casi inalterable, aunque sé que en ocasiones se vuelve bravucón, amenazante, poderoso como sólo la naturaleza lo puede ser.

Me apoyo sobre la baranda de la terraza, y me sacudo los restos del sueño- aún están tibias las sábanas- cuando en Rimazùu, que es como todavía llaman a Riomaggiore algunos lugareños en el antiquísimo dialecto ligur, comienza un nuevo día. Alojarse en Riomaggiore, como un local, permite observar como el pueblo se despabila cada mañana con el tañido de las campanas de su Iglesia principal- la de San Giovanni Battista- que poco después de las siete llama a los vecinos para la celebración de la misa, cuando las calles están casi en silencio y las contraventanas de color verde permanecen aun cerradas, dormidas las almas tras ellas. De vez en cuando canta un gallo, o se escucha el motor antes de que aparezca, repentinamente, tras el verde por una curva vertiginosa, el pequeño autobús con el que los habitantes del municipio van o vienen desde las aldeas de Groppo o Volastra.

Miro el blanco campanario de la Iglesia y le pregunto:
-¿Ahora callas?.Y poco después me responde, con el inconfundible toque en el momento de la consagración durante la Eucaristía.

Alojarse en Riomaggiore, en una de esas casas aferradas a las rocas tan características de Le Cinque Terre, y de Liguria, asomadas al mar, desde las que divisar y advertir de un posible ataque pirata, permite observar sin ser visto, ser testigo de las costumbres, de lo cotidiano y de las celebraciones.

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Si levanto un poco la vista puedo consultar en cualquier momento la hora exacta, en el reloj del Castillo, que parece estar a mi entera disposición. En su día fue un punto estratégico, en su papel de fortaleza, y hoy es un lugar mágico cuando en las horas de la tarde se comparte un banco, en la plazoleta anexa, con los mayores del pueblo. Gentes que charlan entre sí de las cosas del pasado ajenos,  seguramente por la costumbre, a la imagen que se avista desde lo alto, al color que toman el cielo y el mar -rojo, fuego u oro- también sobre las rocas a las que se aferran las casas y la vida en Rimazùu.

En el pequeño Oratorio de San Rocco, frente al Castillo y justo a nuestras espaldas, unas mujeres se afanan en cubrir al Santo de flores blancas… En pocas horas saldrá en procesión, acompañado de cientos de velas que alumbran el camino desde su emplazamiento hasta el centro histórico. Al bajar, llegando a la Piazza della Compagnia, donde se encuentra el Oratorio de Santa Maria Assunta, tropezamos con una curiosa estampa: desde la pequeña Iglesia el monaguillo, con la casulla demasiado corta por la que asoman unas bermudas, y un crucifijo a hombros, lleva el Cristo cuesta arriba para que salga en procesión. Es uno de esos momentos en los que desearía tener la cámara presta y la vergüenza a buen recaudo.

 

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Pienso por un momento, mirando desde la terraza, cuan protegidos estamos o al menos cuan encomendados a la Virgen y los Santos. Desde allí es posible «asistir» a la misa en el pequeño oratorio de la Assunta. Tan pequeño, de hecho, que llenan la piazzeta de sillas plegables y utilizan megafonía en el exterior. También desde aquí la vista tiene su «aquel», pues la ropa tendida en las casas anexas parece que lo está en la mismísima cornisa de la Iglesia. Serán precisamente cosas como ésta las que hacen que se mezclen lo humano y lo divino?.

Cuatro misas  y una procesión, todo ello cuando llevamos dos días de estancia en Riomaggiore ¿Casualidad o fervor extremo? Bien es cierto que las fechas son señaladas: Ferragosto, 15 de agosto día de la Asunción, y San Roque. Mientras desayunamos en el Bar Centrale llega el cura del pueblo, un joven con sotana larga, el pelo alborotado y las mejillas coloradas, acalorado por la caminata y la indumentaria. Resulta inevitable que esta imagen, en mi memoria, se torne en blanco y negro, asociada a tiempos pasados.

 

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A pesar de ser día festivo, están abiertos todos los negocios de Via Colombo, algo así como la calle Mayor, la que lleva a todos los lugares: al túnel que une el pueblo con la estación ferroviaria, a las escaleras por las que se accede al pequeño puerto, a sus restaurantes, al lugar donde atracan los barcos turísticos y desde donde se toma el camino a la playa- véase que el concepto de playa aquí nada tiene que ver con el que podamos tener en mente, pues se trata de una zona de gruesas piedras en las que resulta complicado tumbarse al sol-.

Me he dado cuenta de que en Riomaggiore es raro encontrar personas con sobrepeso, a pesar de las docenas y docenas de focaccias que se despachan en la panadería, de la pasta suculenta que se come o se cena en las casas, por cuyas ventanas escapan los  efluvios delicados de tomate y albahaca, de las salsas que se guisan a fuego lento acompañadas de la música de los fogones – la que orquestan las cucharas, sartenes, ollas y tapas- e incluso de alguna cancioncilla que se tararea alegre en la cocina. Claro que ésto tiene una sencila explicación: todo el pueblo es una larga y constante subida, tanto si se sigue Via Colombo como si no. Resulta en vano buscar algún camino más liso y llano, pues si uno se aventura por los callejones laterales lo más fácil es que se encuentre con tramos interminables de escaleras. Creo que este año puedo saltarme el propósito que cada septiembre se hacen cientos, miles, de personas y ahorrarme unas cuantas sesiones de gimnasio. ¿Véis? Otra ventaja de alojarse en Riomaggiore.

 

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Aun así no dejo de asombrarme cada vez que veo a la gente del lugar saltando entre las rocas para darse un baño en el mar. Yo, que además sufro de vértigo, siento que se me encoge el estómago mientras intento llegar hasta donde se encuentran. Cuando lo consigo, palidezco de envidia al descubrir a personas que pasan de los 70 y que se mueven, nunca mejor dicho, como pez en el agua.

Como Riomaggiore es el primero de los cinco pueblos, si se viene de la Spezia, que conforman el parque nacional de Cinque Terre, es también el primero en recibir a los numerosísimos turistas que llegan por tierra o mar. Me cruzo con ellos mientras bajo lentamente por Via Colombo para comprar pan, fruta y pecorino, o algunos tomates de aspecto retorcido pero sabor intenso- aunque presupongo que no tan exquisitos como los del huerto de mi «vecino», que cada día los riega concienzudo, taciturno, sin levantar la cabeza en ningún momento, mucho menos para saludar.-Por cierto, aquí cualquier pequeño espacio entre dos casas es un lugar idóneo para sembrar un huerto: pimientos, tomates, calabazas, judías verdes, y limoneros cargados de frutos de piel gruesa y aroma profundo.

 

Un poco más arriba de este pequeño hotel estaba nuestra casa en Riomaggiore

Prefiero, después de haber comprado en todos, el «Alimentari Franca», el que está en la parte más baja de la calle, o si se prefiere el primero que se encuentra nada más salir del túnel que une la estación con el centro del pueblo. Tiene excelentes productos, está limpísimo y además es un negocio familiar en el que jóvenes y no tan jóvenes atienden con amabilidad, algo que no es excesivamente usual en estas tierras ya que los italianos de Liguria, y concretamente de la Spezia, tienen fama de poseer un carácter «cerrado» y de ser un poco desconfiados. Puedo asegurar, no obstante, que ésto puede resultar un tópico, aunque, si debo ser sincera, echo de menos la «chiaccherata» con la tendera en cualquier pueblo de la Toscana, o el saludo de los vecinos aunque les resultemos unos completos extraños.

Estoy pensando en como cambia nuestra percepción de los lugares o de las personas cuando no estamos sólo de paso, cuando permanecemos durante unos días- claro que unos días tampoco son suficientes- en los mismos. Hace un año visitamos Riomaggiore, como tantos lo visitan hoy, cámara en mano, asombrados por el encanto de las casas aferradas a la roca, fotografiando los murales del artista Silvio Benedetto, o dispuestos a iniciar el recorrido por la famosa Via dell’amore.

Nunca es suficiente, salvo que tuviésemos la fortuna de ser uno de tantos que regresan cada verano al lugar de su infancia, al calor de unos brazos maternos, al recuerdo de las risas, los juegos entre los callejones, al escondite, como siguen haciendo los niños por aquí.

Curiosamente este mismo verano he descubierto un blog que se publica en un diario nacional. Habla precisamente de eso… y quien lo escribe lo hace, precisamente, desde un lugar que descubrí, tan sólo por unas horas, el verano pasado. Se trata de Tellaro. Me provoca una  sonrisa comprobar que mis apreciaciones eran ciertas cuando escribí:

«Observo a un grupo de mujeres en la mesa de al lado, poniéndose al día sobre sus vidas, de regreso al lugar de su infancia»

PD: Este y otros post sobre Cinque Terre fueron publicados originalmente entre los años 2011-2013 en el blog «De viajes y libros» (blogspot) No ha sido posible recuperar las fotos originales publicadas entonces.

Días de verano en Riomaggiore

Estoy en Riomaggiore y pienso: «Pongamos por caso que soy uno de esos riomaggioresi nel mondo», alguien que no quiere olvidar sus raíces y que pone todo su empeño en recordar, recoger y difundir la cultura, la gastronomía y hasta un dialecto propio que en nada se parece al italiano. Pongamos por caso que vuelvo cada verano a Riomaggiore, a la casa della nonna, para reencontrame con los recuerdos y las gentes del pasado. Pudiera ser, quizá, uno de tantos italianos que buscan un lugar donde pasar el verano, huyendo del calor excesivo de las ciudades. Incluso podría ser uno de esos artistas que un día llegaron aquí, y subyugados por la belleza del mar, el aroma de la albahaca, los escondites entre las rocas, la quietud de los estrechísimos callejones y la historia antiquísima- como todas las historias alimentada también de leyendas- decidieron  quedarse para siempre.

 

Podría, en ese supuesto,  haber pintado los murales que detallan la vida y el trabajo en Riomaggiore, los retratos de hombres y mujeres de piel curtida por el sol  y el viento, ellas cargando enormes cestos de uvas sobre sus cabezas, montaña abajo, cuidando del preciado fruto, fruto de su sustento. Más tarde, y por aquello de que la necesidad agudiza el ingenio, idearon un sistema de railes por los que trepar montaña arriba con un pequeño vehículo similar a un tractor con dos contenedores a los lados.

Los murales son obra de Silvio Benedetto pero muchos otros decidieron quedarse en Riomaggiore, estableciendo sus pequeños negocios de artesanía, donde mostrar y vender sus obras, únicas y originales. Supongo que se quedaron porque encontraron aquí su particular paraíso, a salvo del mundo. Y supongo- sólo puedo suponer, acostumbrada a fantasear sobre las vidas ajenas- que toleran la invasión de los turistas en verano, aprovechan la temporada para sus negocios, y sueñan con la llegada del otoño, incluso del invierno, para dedicarse a aquello que aman cuando el silencio sólo se quiebra con el silbido del viento y el abrazo, a veces furioso, de las olas rompiendo sobre las rocas.

 

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Podría ser… pero tan sólo soy uno de tantos visitantes, que decidieron regresar a Riomaggiore durante unos días, para vivir y comprender un lugar que, sobre todo en verano, recibe la visita de cientos, miles, de personas que llegan en los trenes abarrotados y en los barcos turísticos que provocan una auténtica invasión. Durante unos días intentaré ser una riomaggiorese más, aunque tan sólo sea una riomaggiorese estacional.

Una buena forma de comenzar el día es desayunar en el Bar Centrale, en realidad desayunar por segunda vez, ya que el primer café en la terraza me resulta irresistible. A veces los vecinos se me adelantan y paso un mal rato mientras me llega el aroma de su «moka» (la cafetera italiana) borboteando en el fogón. Son un matrimonio de jubilados, de Florencia- me dice Gianna, la casera, con la desconfianza propia del mundo rural  hacia los forasteros, especialmente hacia aquellos que compran una casa en el lugar que consideran suyo-.

Las mesas del bar están casi siempre ocupadas, por turistas que acaban de llegar, por quienes ya tienen sus maletas consigo camino de la estación y la nostalgia anticipada en los ojos, por los parroquianos de siempre, por jóvenes madres con sus hijos o «jóvenes» abuelas con sus nietos. Si uno se fija bien distinguirá fácilmente a unos y otros, y no sólo por el idioma que hablen, la indumentaria que porten o su aspecto físico. Los turistas extranjeros, americanos especialmente, no pueden resistirse a una tortitas en el desayuno, los europeos e  italianos optan por el cornetto… a los riomaggeresi los distinguiréis porque toman una porción de focaccia incluso a primera hora de la mañana.

-Nonna, hai presso la focaccia?
-Siii
-Grazie, grazie nonna!- tintinea una voz infantil.

Después, sin prisa ni urgencia, con el ritmo lento que acompaña a nuestros gestos la seguridad de sabernos dueños de nuestras horas, hacemos aquello que más me gusta: pasar desapercibidos, como uno más, entre la gente.

Leo, en una entrevista reciente al escritor Paul Theroux, que hay dos modos de desempeñar este egoista trabajo de viajar y escribir: uno en aquellos lugares del mundo donde pasar desapercibido, donde perderse como uno más en la multitud. Y otro en paises donde eres diferente a todos, donde todo el mundo te identifica (en Africa, por ejemplo). Ambas maneras ofrecen distintas posibilidades de escritura- afirma el autor.

Yo, personalmente, prefiero la primera. La del mimetismo con el ambiente y el lugar, con las costumbres y la lengua. Quizá es la única que conozco, y aun no he tenido ocasión de experimentar las sensaciones que producen el sentirse enormemente distinto, por el idioma, la cultura o el color de la piel. Aunque bien pensado, en algunos lugares de la vieja Europa uno llega a sentirse bastante diferente.

Como la ola de calor africano que nos invade afecta por igual a lugareños y foráneos -a pesar de que «le Cinque Terre» gozan de un espléndido microclima donde las temperaturas en agosto no suelen superar los 28 grados y donde siempre sopla la brisa del mar- hay que buscar la la mejor forma de combatirla. Sumergirse en las aguas límpidas y transparentes; o bien  sentarse entre las rocas dejando que la espuma alegre y vivaracha nos salpique, unas veces suavemente, otras con más fuerza, en un interminable juego de contar…uno, dos, tres… ahora.

 

 

Los vecinos de la Spezia suelen huir del agobio de la ciudad para disfrutar de estas aguas:

-Esta mañana en La Spezia hacía más calor que en Palermo- aseguran haber escuchado en la radio.

Y uno sería capaz de permanecer allí durante horas si no fuera porque, en tal estado de ensimismamiento y despreocupación, apenas se advierte la quemazón sobre los hombros hasta que la piel enrojecida nos alarma y un dulce sopor nos envuelve mientras miramos, con extraña sorpresa, la pendiente que nos aguarda para iniciar el regreso a casa.

Con la pereza pegada a los talones, tarareando con actitud indolente alguna cancioncilla, subimos las escaleras talladas en la piedra, derrotados ante la evidencia de que hay que subir, sí o sí, abnegados ante la certeza de que todavía queda un trecho, Via Colombo arriba y mucho más… Por el camino dirimimos otra gran incógnita: ¿Hacemos una parada en «il pescato cucinato», para comprar una bandeja de deliciosos boquerones, calamares y gambas fritas, o proseguimos hasta «primo piatto» y llevamos a casa pasta fresca cocinada al instante? De cualquier modo, pienso acompañarlo de una botella de vino blanco bien frío, Cinque Terre DOC de bodegas Sassarini, que me ha recomendado el dependiente de la enoteca, un tipo amable y atractivo que me pregunta sobre mis preferencias en cuanto al vino:

– Seco o afrutado?
– Mejor seco…
-También yo lo prefiero – y me queda la duda sobre si es completamente sincero, o si ha desplegado sus dotes de buen vendedor. Pero al final resulta que el vino me gusta, asi que… ¿qué mas da?.

Las horas lentas de la tarde discurren entre el duermevela de la siesta, la lectura en la terraza o un culebrón que emite la RAI al que definitivamente me he «enganchado»; y es que lo tiene todo: hermosos paisajes en la verde Umbría, el casolare de mis sueños, secretos de familia, el negocio del vino y la buena cocina.

Para estirar las piernas, nada como una buena passeggiata, aunque dada la orografía de Le Cinque Terre el intento puede acabar en una dura sesión de trekking. Sin embargo, al caer la tarde, queda la opción de recorrer el paseo más romántico, la Via del’Amore, que une Riomaggiore con Manarola, ya que a partir de las siete, y hasta la mañana siguiente, es de acceso libre y por tanto gratuito. Compruebo que los candados se han multiplicado desde mi visita anterior, tanto amor encadenado eternamente…

Actualizamos: debido a las sucesivas  riadas y desprendimientos, la Via dell’Amore ha estado cerrada durante bastante tiempo (desde 2012) aunque hay 200 metros accesibles desde la localidad de Manarola. Ojalá sea este el año en que nuevamente pueda recorrerse desde Riomaggiore y podáis disfrutarla como nosotros.

También se puede hacer una parada en una auténtica terraza sobre el mar. «A Pie’ de Ma’ «es un bar muy agradable, literalmente sobre el mar, justo donde comienza el sendero. Uno puede disfrutar de una bebida contemplando la puesta de sol, moviendo los pies al ritmo de la música de jazz, y ocasionalmente y con mayor fortuna de la música en directo.

 

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Una vez recorrido el sendero, se puede caer en la tentación de sentarse a cenar en cualquiera de los restaurantes de la pintoresca Manarola, bajo las bombillas de colores que adornan las terrazas, a las que se llega sorteando las barcas recién pintadas, que descansan en tierra firme, secando los barnices con el viento salado, el mismo que seca las ropas ondeantes en las ventanas. Resulta dificil resistirse a los efluvios del pescado y el marisco, a la parrilla o acompañando la pasta, negarse el placer de acabar lamiendo las gotitas de salsa que resbalan por nuestros labios, sorbiendo los «linguine ai batti batti»- un marisco desconocido para nosotros, no tan fino como la langosta o la cigala pero sabroso acompañando el plato (si quieres una completísima guía de lugares para comer en Cinque Terre, no te pierdas nuestro post)

 

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Si uno decide regresar sobre sus pasos, aventurándose entre risas por el sendero apenas iluminado, debe tener cuidado de no dar un traspiés. Mucho más cabal seria tomar el tren pero ¿quién puede resistirse a un poco de aventura, conteniendo la respiración, recorriendo con paso ligero el camino, imaginando peligros acechantes entre las sombras? Probablemente las únicas sombras acechantes sean las de alguna pareja de enamorados, que sentados en un recodo hagan de este un lugar de encuentro, tal y como otros lo hicieron antes dando nombre al camino.

Cuando ya se vislumbran las luces de Riomaggiore, el viento nos trae los sonidos de una música alegre y vital. En el pequeñísimo puerto, una orquesta interpreta conocidísimos temas de la música italiana, mientras los riomaggeresi se mezclan con las turistas americanas, en un juego de seducción y juventud que no cambia con el devenir de los tiempos.

– ¿Qué hacen por ahí abajo?- se preguntan los mayores, unos a otros.

– Bailan como locos- responde alguno, resignado.

Y la luna mira, sonriente, como las noches suceden a los días, mientras los cuerpos jóvenes se balancean al ritmo de la música, o se lanzan al agua desde el puerto… porque tan sólo las noches de verano pueden ser tan hermosas como los días en Riomaggiore.

Soldato Capecchi Cesare

Tan sólo una breve inscripción: «Soldato Capecchi Cesare, morto il 29-5-1917». Ni una lápida, ni monumento funerario alguno. Las flores frescas que me dicen que alguien le recuerda y, junto a él, otros soldados muertos durante la primera guerra mundial. A pocos metros una enorme ancla, erigida en memoria a los desaparecidos en el mar. Rebobino una y otra vez la cinta de la videocámara (si, han pasado unos años, y entonces las videocámaras no eran digitales) intentando percibir algún detalle más de aquel lugar inesperado, pero sólo veo flores. Flores hermosas junto a cada uno de los nombres y fechas, junto a la raiz de los árboles que rodean la verja de este cementerio, y tras la misma verja austera de hierro.
Vuelve la lluvia insistente, que no nos abandona  en esta mañana de marzo. De camino desde Sorano, donde el tiempo apenas nos ha dado un respiro para recorrer sus callejuelas, repletas de talleres en los que los artesanos trabajan la madera del olivo (aún conservo, tras muchos años y mudanzas, un tapón para el vino en forma de gato), nos hemos cruzado con algún grupo de osados excursionistas pertrechados con chubasqueros y botas, a la búsqueda, cual valientes aventureros, de la multitud de excavaciones y tumbas etruscas. Es en los alrededores de Sovana donde se encuentran la mayor parte de las Necrópolis.
Aparcamos, carretera arriba, al llegar a Pitigliano,  que se divisa confundiéndose, mimetizado, con la roca. Encontramos de camino este lugar para el recuerdo, y no me parece un lugar triste ni oscuro, a pesar del día gris.
Son estos lugares inesperados los que dan verdadero sentido a mi viaje. Viajar debiera ser descubrir y contemplar sin previo aviso, pero sin mirar el reloj o el calendario. Así que en realidad somos meros visitantes, ocasionales, que debemos conformarnos con lo que un día o unas horas dan de sí. Con todo, no dejéis por ello de visitar esta zona de la Toscana, en la provincia de Grosseto, aunque sea en una breve escapada por la zona más al sur de la región, tal como hicimos nosotros.

Llegando a la ciudad leo: » Pitigliano, la cittá del tufo». Como supongo que lo del tufo no se refiere a ningún mal olor, pregunto en cuanto tengo ocasión por el significado de esta palabra. Para intentar combatir el frío y la humedad que nos cala hasta los huesos, entramos en un pequeño bar buscando un café caliente. Lo encontramos nada más atravesar la puerta de acceso a la ciudad, en la Piazza garibaldi, y si la memoria no me confunde, cosa que no sería de extrañar, es el » Caffe del Teatro».  El local esta repleto de fotos de Valentino Rossi y otros pilotos de motociclismo, así como de multitud de recuerdos y más fotos de su dueño, un viejo motero. Cuando le pregunto «qué es el tufo», golpea con el puño las paredes del local. «Esto es el tufo», señala, y me explica que es la roca de la que está construída la ciudad. Es una roca volcánica, muy porosa, en realidad formada por cenizas y otros sedimentos que fueron quedando tras las erupciones.

De modo inesperado, acabo de conocer el nombre de aquel propietario apasionado de las motos. Se llamaba Marco y por lo que he podido saber, al menos en 2015, ya no regentaba el local y se había mudado a Piancastagnaio, en la provincia de Siena. También que después de esta fecha, aunque no se cuándo exactamente, el Caffe del Teatro  ha cerrado.

En la entrada del Palazzo Orsini hay un pozo de mármol travertino. No recuerdo exactamente cual es la leyenda pero,  como ya podréis imaginar,  hay que cumplir con el ritual de echar unas monedas en su interior. Fue residencia de los condes de Pitigliano y Sorano y hoy en día sede del obispado. En su interior, el Museo arqueológico y el Museo del Palacio junto a la biblioteca y el archivo diocesano.
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Recorremos las estrechas callejuelas, donde abundan los comercios de artesanía en madera de olivo y llegamos hasta el ghetto. Pitigliano acogió desde el siglo XVI una numerosa comunidad judía, hasta un diez por ciento de sus habitantes, que tuvo una excelente convivencia con el resto de la población.  Se creó la Universidad Hebraica de Pitigliano y,  durante la ocupación nazi,  los vecinos de ésta ciudad y de otras conlindantes dieron cobijo a numerosos judíos. Se ha restaurado la Sinagoga, el horno Kosher y el cementerio hebraico.

La lluvia no da tregua, se puede oir el sonido de nuestros pies dentro de los zapatos… chof, chof. Acudimos a una pequeña trattoria, «Cotto e crudo», recomendada por nuestro amigo el motero, no es ninguna de las que figuran en las guías de viaje. El local es pequeño, con apenas capacidad para 15 comensales, con los techos abovedados,  como tantos en la Toscana. Para combatir el frío me decido por una zuppa di farro. Mi anterior viaje a Toscana fue en el mes de agosto y este plato invernal y contundente no era entonces el más apropiado. El farro es un cereal, de grano más pequeño que el trigo. Con él se elaboran numerosas pastas y esta famosa receta,  similar a un potaje, con sus tropiezos de chorizo, panceta… perfecto para «animar» el cuerpo.

El local continúa abierto, con una hermosa terraza en la que comer si el tiempo lo permite, en la Piazza della Reppublica y frente al Castello Orsini.

 

Una vez más se reafirma mi opinión de que hay tantos lugares bellos en esta región que quedan eclipsados por la fama de otros. Pero también es cierto que descubrirlos es una bendición para nosotros. Pasear por sus calles casi desiertas, compartir la barra de un café con los vecinos, y entrar en un restaurante donde sólo encontramos a algún cliente local es muy agradable. Sólo espero regresar a Pitigliano e intentar no sentirme como una visitante. Sentarme a contemplar como la ciudad se confunde con la roca, como una eterna viajera, sin mirar el reloj, quizá delante de su nombre… soldato Capecchi Cesare. Y poder conocer, y contaros por fin, su historia.

Blanca primavera en Radicofani

Radicofani,  20 de marzo de 2008. Recuerdo la fecha exacta porque el día anterior habíamos llegado con cierto retraso, debido a un problema en nuestro vuelo, así que tuvimos que postergar nuestros planes de acercarnos hasta Siena en una fiesta tan señalada como San Giuseppe. Amanece apenas en Radicofani (Siena), y los copos leves, suaves, casi imperceptibles, se confunden con el humo de las chimeneas…será ceniza- comenta alguien. Salimos a la calle y el viento helado nos despierta del todo, mientras sonreímos, como niños, cuando la nieve nos salpica la ropa. Caminamos por la estrechísima Via del Moro, donde se ubica nuestro apartamento «Bellavista»; muy acertado el nombre pues desde la ventana se descubre el paisaje de la Val D’Orcia, en este pequeñísimo Borgo elevado mas de 800 metros por encima del nivel del mar. Como ya os contamos en otro post, Roberto, el propietario, se encargó personalmente de su restauración, en un edificio que data del siglo XIII.

 

Este pueblo medieval, no tan conocido como otros en el Valle, posee un encanto y una belleza irresistibles. Visible desde la carretera mucho antes de llegar, destaca la Rocca, el castillo que vigila todo su entorno y donde se atrincheró su héroe local, Ghino di Tacco. Perteneciente a una de las familias de la aristocracia de Siena, en el S.XIII se convirtió en una especie de «Robin Hood» en la Toscana, de hecho encontraréis una estatua en su honor en una de las calles que circunvala la población, una vez se deja atrás la Iglesia parroquial de San Pedro . La Iglesia, construida entre los siglos X y XI, y  declarada monumento nacional, contiene una escultura de la Anunciación, obra de Andrea della Robbia.

 

Marina decidida a unirse a la banda de Ghino di Tacco
Radicofani huele a leña, que se quema en las chimeneas y estufas de esas casas antiquísimas. Los techos, me he fijado en nuestro apartamento y no he podido evitar el «fisgar» a través de las ventanas y balcones abiertos, se cubren de ladrillo refractario entre las vigas de madera.
Pero si hay un aroma que no he podido olvidar es el del pan recién hecho en el horno del pueblo. Pan cocido en la leña, que huele a pan, que sabe a pan, y junto a éste pizza, bizcochos y otras delicias irresistibles. Pedimos «pane salato» porque de lo contrario el pan toscano es soso, me costó averiguarlo en nuestro primer viaje a Toscana y fue de casualidad; en un horno de Pienza pedí pan y me dijeron que «sólo les quedaba salado». Escondido en el Vicolo del Teatro, junto al horno, uno de esos estupendos alimentaris que tanto me gustan en Italia, «Pane e companatico», donde compramos un buen pecorino, embutidos y paté casero para preparar los opíparos desayunos que uno sólo puede permitirse cuando está de vacaciones. La amabilísima propietaria nos ofrece degustarlos cada día al hacer la compra.
Estamos pendientes del tiempo, y buscamos en las noticias de televisión la manera de averiguar el estado de las carreteras. Cuando llega Roberto nos dice que en Montepulciano no hay nieve pero que en otras poblaciones del Val D’Orcia, más cercanas a los Montes Amiata, es dificil circular; así que cambiamos la ruta prevista para ese día esperando que el tiempo mejore. De hecho, en los días siguientes, cuando visitamos  Bagno Vignoni o Castiglione D’Orcia, nos encontramos con bellas estampas propias de una postal navideña y no de esa primavera que acaba de estrenarse en el calendario.

Inolvidable la belleza de las calles empedradas, de la puerta en su muralla, de la tranquilidad que sólo se verá levemente alterada cuando a partir del sábado de Pascua las familias lleguen al pueblo para reunirse con padres, abuelos o tíos. En la noche de Viernes Santo, la procesión con el Cristo crucificado recorre las calles de Radicofani, acompañada de la banda de música.Su Semana santa ha sido declarada como una de las más bellas de Italia (en el séptimo puesto según el portal Skyscanner) y precisamente esta procesión de Viernes Santo es la más antigua de toda la Toscana.

En las pastelerias se preparan los dulces típicos de estas fiestas, entre ellos un bollo (la schiacciata de Pascua)  que se comparte en las meriendas campestres el domingo de Pascua y también el lunes, que en Italia se celebra y conoce como «la Pasquetta».

En Radicofani, mucho más que en otros lugares de la Toscana en los que  quizá estén un poco cansados del exceso de visitantes, la gente es amable y comunicativa. Marina acudía al «internet point», de conexión lenta e imposible, a su vez tienda de informática y de revelado fotográfico, donde Niccola y los pocos jóvenes que se ven por el pueblo se reúnen para charlar. Uno de ellos nos muestra orgulloso la foto de una de esas vacas de raza autóctona de tamaño descomunal; nos dice el peso del animal, no lo recuerdo, pero quedamos impresionados. Nos habla en italiano a veces demasiado rápido para nosotros.
Guardo hermoso recuerdos de esos días, de las estupendas pizzas que Mateo nos servía en «Il Pana», y del limoncello al que nos invitaba al terminar la cena; y del magnífico restaurante «La Grotta» -acudimos siguiendo la recomendación de Roberto-  donde comimos la mejor lasagna ai funghi (setas) que he probado hasta ahora, acompañada del estupendo vino de la casa que sirven, y los irresistibles dulces a la hora del postre, tarta millefoglie o tiramisú elaborados en la pastelería del pueblo.

 

Nada nos hacía sospechar que aquella iba a ser una blanca primavera en la Toscana; nuestra esperanza era poder vislumbrar las primeras flores salpicando el verde en los alrededores de Siena. Pero aquello fue lo que nos encontramos… por si acaso, la última noche antes de partir bajamos el coche desde la calle empinada que rodea la muralla y lo aparcamos en la parte baja. Menos mal, porque aquella noche nevó copiosamente. Lo último  que recuerdo es la imagen de los toldos y mesitas de la terraza del bar, a la entrada del pueblo, cubiertos por un grueso manto blanco cuando apenas amanecía.

 

La Roca de Radicofani, que cada noche velaba nuestro sueño, nos hacía imaginar grandes gestas junto al héroe Ghino di Tacco. Es una lástima que Roberto ya no alquile su casa, la que por unos días sentí como propia, para poder regresar a ese rincón soñado, lejos del turismo bullicioso, donde perderme entre las curvas, pronunciadísimas, de las carreteras; dejarme engullir por los campos donde crece el grano duro, ese que da sabor y textura diferentes y únicos a la pasta, para buscar la sombra, aunque sea estrecha y alargada, de los cipreses que coronan las colinas.

Roadtrip por el sur de La Toscana: 5 días en la Val d’Orcia

Alquilar un coche es la mejor opción para recorrer lentamente la mágica y única Val d’Orcia, al sur de la Toscana. Nosotros, que ya conocíamos bastante bien la región, queríamos regresar a esta zona en concreto. Nuestro primer viaje fue en verano, cuando las colinas de la Val d’Orcia se asemejan más a las dunas en un árido desierto, así que estábamos ansiosos por descubrirlas con el verde intenso del trigo sembrado.

Si disponéis al menos de 5 días, os proponemos un recorrido, tal y como hicimos nosotros, para descubrir los lugares más famosos pero también otros menos conocidos.

Alquilamos un coche familiar en Roma, porque allí es donde aterrizamos, y viajábamos 5 personas. Podéis comparar precios y escoger lo que mejor se adapte a vuestras necesidades en esta web. Depende de vuestro aeropuerto de salida quizá tengáis disponibles vuelos a Florencia o Pisa.

La Val d’Orcia patrimonio de la Humanidad

En el año 2004 entra a formar parte de los lugares Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Los criterios: «la Val d’Orcia es un reflejo de la forma en la que se reescribió el paisaje para reflejar los ideales del buen gobierno y para crear imágenes estéticamente agradables». De hecho, la bellísima ciudad de Pienza se considera la ciudad ideal según los cánones renacentistas.
La orografía de la Val d’Orcia resulta inconfundible. Sobre las cumbres, pequeñas cumbres de las colinas, los «Podere» (granjas o caseríos) vigilan un paisaje infinito, como faros lejos del mar que guían nuestros pasos. Las hileras de cipreses nos conducen hasta ellos… ¡Cómo si fuese posible perderse en el camino!.

Recuerdo perfectamente aquel primer día de nuestro viaje:  en el cielo había tan sólo algunas nubes, las pocas que no había podido arrastrar una lluvia aun reciente.

Es uno de tantos parajes que encontraréis a lo largo de la «strada statale» 146 que al llegar a San Quirico d’Orcia confluye con la Via Cassia, antiquísima calzada que parte de Roma hacia la Toscana, y que nos permite descubrir algunos de los rincones mágicos de esta región.

Alojarse en la Val d’Orcia

Escogimos uno de los lugares seguramente menos conocidos de la zona, con las ventajas que ello conlleva: tranquilidad, precios más contenidos y nada de aglomeraciones ni masas de turistas.

Radicofani es un precioso pueblo amurallado en la zona más al sur de Toscana, en la provincia de Siena. El apartamento en el que nos alojamos, en la estrechísima Via del Moro, se llamaba «Bellavista» -muy acertado el nombre- pues desde la ventana se descubría el paisaje de la Val D’Orcia. Roberto, el propietario, se había encargado por completo de su restauración. Desgraciadamente Roberto ya no alquila el apartamento (quisimos regresar en otra ocasión y no fue posible).

Precisamente por eso, él fue quien nos facilitó el contacto de la que ya consideramos nuestra casa en Toscana, a poco más de 40 kilómetros de allí, en la no menos hermosa localidad de Montefollonico.

Descubrir la Val d’Orcia

Con la comodidad y la libertad de viajar a tu aire en coche, os proponemos algunos de los lugares que nos gustó descubrir en este segundo viaje a Toscana.

Por supuesto, es «obligatorio» visitar localidades como Pienza y seguir ruta hasta San Quirico d’Orcia o la encantadora localidad de Montalcino, famosa por sus vinos. Os permitirá disfrutar del idílico paisaje de colinas y cipreses y hacer algunas de las fotos más famosas de la Toscana. El único inconveniente que podéis encontrar es que haya un exceso de turismo pero ¡qué se le va a hacer!

Siguiendo esta ruta os proponemos que os desviéis un ratito para visitar el antiguo monasterio de Sant’Anna in Camprena, perteneciente a la orden de los Benedictinos en el siglo XV, convertido hoy en un hotel. El lugar es conocido porque allí se rodó la película, protagonizada por Juliette Binoche y Ralph Fiennes, «El paciente inglés». También en los alrededores se obtuvieron algunos de los más bellos paisajes de «Gladiator». Pero, por encima de todo, el lugar invita a quedarse, a disfrutar de la paz y el silencio de las antiguas celdas, a contemplar el paraje apartado y solitario, a pesar de que tan sólo 6 kilómetros nos separan de la bella, turística y más concurrida ciudad de Pienza.

Muy cerca de allí, la serpenteante carretera que sube a Monticchiello, os recordará inevitablemente a la imagen de la publicidad de una famosa marca de pasta y pizzas italiana.

Abandonamos las sinuosas colinas que rodean a Pienza y San Quirico para dirigirnos hacia el más agreste paisaje que rodea el Monte Amiata, parque nacional, de origen volcánico. En este recorrido encontramos numerosas fuentes termales, cuyos beneficios descubrieron ya los etruscos, muchos siglos antes de que llegara la moda de los «spa».

» Vietato il bagno» (prohibido el baño), se nos advierte ante la enorme piscina de aguas sulfurosas que ocupa la piazza en Bagno Vignoni, donde se reflejan las casas de piedra, bellas y austeras, que la rodean. Lorenzo de Medici y Santa Catalina de Siena encontraron alivio para sus enfermedades en estas aguas y hoy algunos pueden hacerlo en los hoteles-centros termales abiertos al público.

En Bagni San Filippo seguimos el sendero (indicado) que nos dirige hasta el fosso bianco, donde la enorme roca calcárea que parece cubierta de nieve perpetua y que algunos llaman «la ballena blanca», se yergue sobre las pozas de agua que pueden alcanzar los 52 grados. La primera vez que contemplé este paraje fue en una película, de tan pésima calidad que ni siquiera recuerdo su título, creo que relataba la experiencia de un escritor americano falto de inspiración, y quedé tan impresionada por el lugar que me prometí visitarlo en cuanto tuviese ocasión.

Un gato gordo y perezoso dormita sobre el empedrado de la Piazza il Vecchietta, en Castiglione d’Orcia, cuyo nombre hace honor al pintor y escultor Lorenzo di Pietro. Marina persigue al manso felino con su cámara, mientras él parece gozoso de posar ofreciendo su panza a las caricias y mimos. Busca un lugar privilegiado al sol, junto al pozo de mármol travertino, de 1618, que preside la plaza silenciosa, frente al Palazzo Comunale.
Las callejuelas, estrechas y llenas de escaleras, nos conducen hasta otra plazuela, más animada por algunos niños y lugareños. Dos pequeñísimas mesas se disponen ante la entrada de «Il Ritrovino», bar, enoteca, alimentari… un local con escasas mesas en el que no nos resistimos a un café y una porción de tarta casera, bizcocho con almendra o chocolate. Curioseo en la alacena, que expone productos de agricultura biológica, mermeladas, salsas y farro, la primera vez que veo el grano utilizado en la famosa zuppa. Se asemeja al trigo, más pequeño, pero su sabor una vez cocinado es más parecido al de las lentejas, al menos en mi recuerdo.

Piazza il Vecchietta

La Roca de Tentennano, del siglo XIII, permanece para recordar un pasado de luchas entre Siena y Florencia, eternas rivales,  a quienes perteneció en unos u otros momentos de la historia, y en cuyos muros se refugió santa Catalina de Siena. Aunque parece ser que la suya fue sobre todo una misión de paz, intentando apaciguar a los señores de la Val d’Orcia, más allá de un simple retiro espiritual.
No es el único vestigio de las continuas luchas que vivieron estas tierras: la posición estratégica de algunos «borgos», amurallados una gran mayoría, y los restos de otras torres o fortalezas son buen ejemplo del espíritu duro y orgulloso de quienes los poblaron desde hace siglos.

Si os adentráis en el Parque natural del Amiata encontraréis pequeñísimos pueblos que os recordarán donde estáis pero no por su orografía ni paisaje (nada de colinas ni cipreses) Nombres como Vivo d’Orcia, Campliglia d’Orcia, o Ripa d’Orcia. Lugares con encanto que no aparecerán en la mayoría de las guías pero que os proporcionarán el placer de recorrerlos con absoluta tranquilidad y libres de turistas.

 

Qué visitar desde la Val d’orcia

Si disponéis de tiempo (al final todo depende del ritmo de cada uno) hay otras lugares muy interesantes que podéis visitar desde vuestro punto de partida en la Val d’Orcia. En 5 días y en modo «slow travel» os sugerimos algunos de nuestros lugares favoritos.

Siena

Eterna rival de Florencia, hasta el siglo XIV dominó la región. Su característica Piazza del Campo en la que se celebra cada año una de las fiestas más famosas del mundo, Il Palio,  y su Catedral (también Patrimonio de la Humanidad UNESCO) son solo algunos de los atractivos que ofrece. Los seneses se muestran orgullosos de serlo y , a pesar del turismo, la ciudad mantiene su caracter propio.

Tengo que confesar que es una de mis ciudades preferidas en Italia y que la hemos visitado en numerosas ocasiones.

Las ciudades del Tufo: Pitigliano, Sorano y Sovana

A unos 50 Km desde nuestro punto de partida (Radicofani) y ya en la provincia toscana de Grosseto, se encuentran estas tres localidades cuya característica es estar construidas, muchas de ellas excavadas en la propia roca, con el tufo, o toba volcánica.

Con una importantísima presencia de necrópolis etruscas en los alrededores, especialmente entre Sovana y Sorano, podéis hacer visitas guiadas (aunque nosotros desistimos porque aquel día llovía a mares)

Pitigliano es conocido como «la pequeña Jerusalén». La ciudad acogió desde el siglo XVI a una numerosa comunidad judía con la que se estableció una excelente convivencia. El Palazzo Orsini, la Sinagoga, y recorrer las callejuelas del antiguo barrio judío bien merecen una escapada.

 

Si volvéis al aeropuerto de Roma, desde la Val d’Orcia, os sugerimos dos lugares de paso ,en los que deteneros, que seguro no os dejan indiferentes: la bellísima Orvieto, con su impresionante Catedral,  y Civita di Bagnoregio, la ciudad que muere (dicen que su terreno arcilloso se desmorona cada año)

Esta es la libertad que te proporciona conducir a tu aire con un coche de alquiler ¡Por muchos roadtrips más, viajeros!