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Blanca primavera en Radicofani

Radicofani,  20 de marzo de 2008. Recuerdo la fecha exacta porque el día anterior habíamos llegado con cierto retraso, debido a un problema en nuestro vuelo, así que tuvimos que postergar nuestros planes de acercarnos hasta Siena en una fiesta tan señalada como San Giuseppe. Amanece apenas en Radicofani (Siena), y los copos leves, suaves, casi imperceptibles, se confunden con el humo de las chimeneas…será ceniza- comenta alguien. Salimos a la calle y el viento helado nos despierta del todo, mientras sonreímos, como niños, cuando la nieve nos salpica la ropa. Caminamos por la estrechísima Via del Moro, donde se ubica nuestro apartamento «Bellavista»; muy acertado el nombre pues desde la ventana se descubre el paisaje de la Val D’Orcia, en este pequeñísimo Borgo elevado mas de 800 metros por encima del nivel del mar. Como ya os contamos en otro post, Roberto, el propietario, se encargó personalmente de su restauración, en un edificio que data del siglo XIII.

 

Este pueblo medieval, no tan conocido como otros en el Valle, posee un encanto y una belleza irresistibles. Visible desde la carretera mucho antes de llegar, destaca la Rocca, el castillo que vigila todo su entorno y donde se atrincheró su héroe local, Ghino di Tacco. Perteneciente a una de las familias de la aristocracia de Siena, en el S.XIII se convirtió en una especie de «Robin Hood» en la Toscana, de hecho encontraréis una estatua en su honor en una de las calles que circunvala la población, una vez se deja atrás la Iglesia parroquial de San Pedro . La Iglesia, construida entre los siglos X y XI, y  declarada monumento nacional, contiene una escultura de la Anunciación, obra de Andrea della Robbia.

 

Marina decidida a unirse a la banda de Ghino di Tacco

Radicofani huele a leña, que se quema en las chimeneas y estufas de esas casas antiquísimas. Los techos, me he fijado en nuestro apartamento y no he podido evitar el «fisgar» a través de las ventanas y balcones abiertos, se cubren de ladrillo refractario entre las vigas de madera.
Pero si hay un aroma que no he podido olvidar es el del pan recién hecho en el horno del pueblo. Pan cocido en la leña, que huele a pan, que sabe a pan, y junto a éste pizza, bizcochos y otras delicias irresistibles. Pedimos «pane salato» porque de lo contrario el pan toscano es soso, me costó averiguarlo en nuestro primer viaje a Toscana y fue de casualidad; en un horno de Pienza pedí pan y me dijeron que «sólo les quedaba salado». Escondido en el Vicolo del Teatro, junto al horno, uno de esos estupendos alimentaris que tanto me gustan en Italia, «Pane e companatico», donde compramos un buen pecorino, embutidos y paté casero para preparar los opíparos desayunos que uno sólo puede permitirse cuando está de vacaciones. La amabilísima propietaria nos ofrece degustarlos cada día al hacer la compra.
Estamos pendientes del tiempo, y buscamos en las noticias de televisión la manera de averiguar el estado de las carreteras. Cuando llega Roberto nos dice que en Montepulciano no hay nieve pero que en otras poblaciones del Val D’Orcia, más cercanas a los Montes Amiata, es dificil circular; así que cambiamos la ruta prevista para ese día esperando que el tiempo mejore. De hecho, en los días siguientes, cuando visitamos  Bagno Vignoni o Castiglione D’Orcia, nos encontramos con bellas estampas propias de una postal navideña y no de esa primavera que acaba de estrenarse en el calendario.

Inolvidable la belleza de las calles empedradas, de la puerta en su muralla, de la tranquilidad que sólo se verá levemente alterada cuando a partir del sábado de Pascua las familias lleguen al pueblo para reunirse con padres, abuelos o tíos. En la noche de Viernes Santo, la procesión con el Cristo crucificado recorre las calles de Radicofani, acompañada de la banda de música.Su Semana santa ha sido declarada como una de las más bellas de Italia (en el séptimo puesto según el portal Skyscanner) y precisamente esta procesión de Viernes Santo es la más antigua de toda la Toscana.

En las pastelerias se preparan los dulces típicos de estas fiestas, entre ellos un bollo (la schiacciata de Pascua)  que se comparte en las meriendas campestres el domingo de Pascua y también el lunes, que en Italia se celebra y conoce como «la Pasquetta».

En Radicofani, mucho más que en otros lugares de la Toscana en los que  quizá estén un poco cansados del exceso de visitantes, la gente es amable y comunicativa. Marina acudía al «internet point», de conexión lenta e imposible, a su vez tienda de informática y de revelado fotográfico, donde Niccola y los pocos jóvenes que se ven por el pueblo se reúnen para charlar. Uno de ellos nos muestra orgulloso la foto de una de esas vacas de raza autóctona de tamaño descomunal; nos dice el peso del animal, no lo recuerdo, pero quedamos impresionados. Nos habla en italiano a veces demasiado rápido para nosotros.
Guardo hermoso recuerdos de esos días, de las estupendas pizzas que Mateo nos servía en «Il Pana», y del limoncello al que nos invitaba al terminar la cena; y del magnífico restaurante «La Grotta» -acudimos siguiendo la recomendación de Roberto-  donde comimos la mejor lasagna ai funghi (setas) que he probado hasta ahora, acompañada del estupendo vino de la casa que sirven, y los irresistibles dulces a la hora del postre, tarta millefoglie o tiramisú elaborados en la pastelería del pueblo.

 

Nada nos hacía sospechar que aquella iba a ser una blanca primavera en la Toscana; nuestra esperanza era poder vislumbrar las primeras flores salpicando el verde en los alrededores de Siena. Pero aquello fue lo que nos encontramos… por si acaso, la última noche antes de partir bajamos el coche desde la calle empinada que rodea la muralla y lo aparcamos en la parte baja. Menos mal, porque aquella noche nevó copiosamente. Lo último  que recuerdo es la imagen de los toldos y mesitas de la terraza del bar, a la entrada del pueblo, cubiertos por un grueso manto blanco cuando apenas amanecía.

 

La Roca de Radicofani, que cada noche velaba nuestro sueño, nos hacía imaginar grandes gestas junto al héroe Ghino di Tacco. Es una lástima que Roberto ya no alquile su casa, la que por unos días sentí como propia, para poder regresar a ese rincón soñado, lejos del turismo bullicioso, donde perderme entre las curvas, pronunciadísimas, de las carreteras; dejarme engullir por los campos donde crece el grano duro, ese que da sabor y textura diferentes y únicos a la pasta, para buscar la sombra, aunque sea estrecha y alargada, de los cipreses que coronan las colinas.

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