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Nápoles: una mirada más allá…

Alguien me dijo en una ocasión que en Nápoles “hay que mirar más allá de la basura” para alcanzar a comprender la complejidad de un mundo propio, la idiosincrasia de una ciudad diferente a otras que hayamos visitado en Italia, la ciudad de las mil ciudades: la que se ve en la superficie; la que yace en el subsuelo; la que crea un mundo propio mirando desde lo alto, sobre las colinas; la que se asoma al mar; la que nació de la leyenda- la de Parténope, la sirena bajo cuyo canto e influjo no sucubió el héroe Ulises lo que la llevó a la muerte y sobre cuya tumba nació la ciudad de Parténope, más tarde Neápolis.

Hay que elevar la mirada sobre los montones de bolsas, los restos y la inmundicia, sortear las presencias casi fantasmagóricas de los desheredados de la fortuna y la razón que vagan, en una nube de alcohol barato, por las calles de este Nápoles roto- Spaccanapoli- en el que otros hacemos cola ante las puertas de las trattorías tradicionales, esas en las que “si mangia bene e si spende poco”(se come bien y se gasta poco) y las pizzerías más populares de la ciudad.

 

 

Uno trata de entender ese sentido fatalista de la vida tan propio de los napolitanos- ¿para que hacer nada, preocuparse, si el mundo o la ciudad se caen a pedazos?-.Debe ser por esto, que en Nápoles, entre la herrumbre y las ruinas, no sólo las metafóricas, hay una imagen de la Virgen, un Santo o un Cristo doliente custodiando cada esquina, para proteger a los vivos y recordar a los muertos. Mucho me temo que la primera tarea es mucho más ardua y necesaria, pues quizá tan protegidos se sienten que es habitual que circulen entre las calles estrechas, sin distinguir derecha o izquierda, una legión de motos con tres pasajeros a bordo y por supuesto prescindiendo del casco. Tampoco es extraño observar a los bebés sentados en brazos de sus madres, ocupando el asiento del copiloto y sin usar el cinturón, mientras el conductor puede, tranquilamente, hablar por su teléfono móvil mientras gesticula enérgicamente con sus manos.

 

En medio del caos, uno puede encontrar algún remanso de paz, como la Piazza Bellini, desde cuyas terrazas y cafés – uno de los más famosos cafés literarios de Nápoles se encuentra aquí, el Intra Moenius- se pueden ver los puestos y librerías antiguas que desde Santa Maria de Constantinopoli y especialmente en Via Port’Alba se suceden unas tras otras. Muy cerca de allí abundan también los negocios de anticuariado y los de instrumentos musicales ya que el Conservatorio de música se encuentra a pocos pasos. En medio de la plaza se pueden ver los restos de la muralla grecorromana del siglo IV a.C., una pequeña muestra de esa ciudad subterránea, superpuesta con el paso de los siglos, y que cada cierto tiempo saca a la luz nuevos secretos.

 

Existe una ciudad bajo la ciudad, la Napoli Sotterranea, que se puede recorrer en visita guiada- es necesaria la reserva- desde la Piazza de San Gaetano, y poco a poco son más los recorridos a través de túneles- los últimos abiertos al público son los túneles borbónicos- que muestran una parte importante de la historia de la ciudad. Como siempre, la falta de tiempo deja esta visita en la lista de “pendientes”, ocupados en observar la superficie.

En este Nápoles viejo y cansado resulta bastante fácil orientarse- yo que con tanta facilidad me pierdo en los laberínticos callejones de cualquier casco antiguo- quizá debido a su peculiar ordenación urbana, los llamados “Decumani”, tres grandes arterias que vertebran el centro de la ciudad . El Decumano superior, hoy conocido como Via dei Tribunali, una de las más concurridas, en la que durante el día es fácil encontrar puestos que venden fruta o pescado en plena calle y que durante la noche congregan a cientos de jóvenes o turistas que esperan para cenar la famosísima pizza- en todos los locales dicen que la suya es la única y original-.

 

A ambos lados de la calle, tan estrecha que hay que llevar cuidado con los coches que circulan, y menos mal que es una zona de tráfico limitado, no pierdo ocasión de admirar tantas Iglesias, algunas ni siquiera vienen detalladas en los mapas turísticos, con las fachadas desvaídas pero en cuyo interior atesoran las más increíbles obras de arte. Resulta imposible pasar indiferente ante la Chiesa del Purgatorio ad Arco, con el tema de la muerte, tan recurrente en la tradición napolitana, en los símbolos del exterior. Dicen que existe la costumbre, entre los muchachos, de introducir los dedos en las cuencas vacías de la calavera que hay en la entrada, en busca de protección y buena fortuna.

Su presencia no inquieta en absoluto a un grupo de ancianos, sentados al sol en las primeras horas de la mañana, apoyados sobre sus bastones. Y es que la muerte y el más allá forman parte de la cultura y las creencias en Nápoles- la smorfia, o cábala, tiene su origen precisamente en la comunicación con los difuntos- A pie de la escalera por la que se accede a la Iglesia siempre hay flores frescas y velas por las almas que vagan en busca del perdón.

Apenas hay que desviarse un poco, en el cruce con Via Duomo, para tropezarse con la fachada límpia y luminosa de la Catedral que sorprende cuando hemos dejado atrás el color incierto de las paredes, las pintadas y reivindicaciones escritas con spray, la decadencia y desidia en las ventanas entreabiertas, la ropa colgada con desgana, hambrienta de sol.

 

 

Es imposible olvidarse de la presencia de algún mendigo en la entrada de la Catedral, cuando contemplamos el altar repujado en plata en la Capilla de San Genaro, el patrón de la ciudad, venerado por salvar a sus habitantes de la Peste. El tesoro de San Genaro es una de las principales joyas del barroco, y un derroche de oro, plata y piedras preciosas.

Pero unos de los lugares más especiales a los que se accede, desde su interior, son la Basílica Paleocristiana de Santa Restituta y el Baptisterio de San Giovanni in Fonte, considerado el más antiguo de occidente, y anterior al de San Giovanni in Laterano en Roma. La pila, en el suelo y pensada para sumergir hasta las rodillas al catecúmano adulto, resulta de lo más austera pero a elevar la mirada, en la cúpula, se descubren los restos de los hermosísimos mosaicos que relataban diversas escenas de la vida de Jesús. Aseguran que estos mosaicos superan en belleza a los de Ravenna, pero como no conozco estos últimos guardo mi opinión hasta el momento en que pueda visitarlos.

El Decumano inferior transcurre entre la Via de San Benedetto Croce, San Biagio dei Librai y la conocidísima San Gregorio Armeno, esa calle en la que todo el año es Navidad. Allí se concentran la mayor parte de los artesanos de los famosísimos “Pesepres” napolitanos… delicadas figuras que parecen cobrar vida y que recrean con todo lujo de detalles el nacimiento de Jesús. Un regreso a la infancia, como si el tiempo se hubiese detenido y no existiesen las burdas figuritas de plástico ni los horribles y estridentes adornos asiáticos que llenan los comercios de cualquier ciudad, algo, afortunadamente, impensable en Nápoles. Las imágenes de la Virgen, San José, el Niño o los Reyes Magos comparten espacio en esta calle con máscaras y figuras de Pulcinella, el personaje de la Comedia del arte que encarna como nadie el espíritu burlesco, el embaucador por excelencia, y que se ha convertido en símbolo de la ciudad.

 

Protegido, casi oculto, entre estas calles se encuentra uno de los lugares por los que habrá merecido la pena un viaje hasta Nápoles: la Capilla de San Severo. Concebida como mausoleo por Raimondo di Sangro, séptimo príncipe de San Severo- mecenas, escritor, inventor, alquimista y Gran Maestro de la Masonería- contiene algunas de las más maravillosas esculturas del Barroco. Entre todas, a cual más bella, destaca el famosísimo “Cristo velato” de Giuseppe Sanmartino a quien las fotos e imágenes que habíamos visto hasta entonces no hacen justicia. La decoración de la Capilla, en la que no hay descanso para nuestros ojos, es capaz de envolvernos, de transmitirnos una inmensa paz y una profunda emoción, ajenos a la algarabía de la calle. Porque no muy lejos de allí, en la Piazza de San Domenico, los ecos de algún músico callejero y el ambiente animado nos invitan a detenernos y a aprovechar la ocasión para tomar una sfogliatella, de pasta riccia, recién hecha en una de las pastelerías con más tradición en la ciudad, “Scaturchio”.

 

El Decumano superior transcurre muy cercano a nuestro hotel, y es precisamente alli, en la larguísima y estrecha Via Sapienza, a donde acudimos apenas hemos aterrizado. Buscamos una de esas pequeñas osterías frecuentadas por los vecinos del barrio, médicos del cercano Policlínico y también algunos turistas ya que “con esto de internet” resulta casi imposible que el viajero curioso no descubra el lugar, que afortunadamente permanece fiel a su filosofía de cocina sencilla y precios ajustados. Si se tiene ocasión hay que aprovechar para comer una excelente parmigiana, en un ambiente familiar, con el abuelo sentado junto a la caja registradora, o cualquier otro plato servido siempre con una sonrisa.

 

 

En Nápoles hay que mirar más allá de la basura, sobre todo en este Nápoles caótico y sin remedio. No muy lejos existe otra ciudad, el conocido como Nápoles limpio, de amplias plazas- como la del Plebiscito- Castillos y Palacios. Muy cerca se extiende el Puerto, en el que atracan continuamente los grandes cruceros, y que fue sede en el 2012 de una de las competiciones más elitistas del deporte mundial, la America’s Cup (la Copa América de vela). Ante el espectáculo de luces y sonido de la ceremonia inaugural, al que tuvimos ocasión de asistir, se olvida fácilmente que, a pocas calles, se extienden los Quartieri Spagnoli, uno de los barrios más pobres y controvertidos de la ciudad.

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La Costa Amalfitana: desde Sorrento a Positano y Amalfi, buscando a Marcello

Me he lanzado cuesta abajo nada mas apearme del autobús que, desde Sorrento y cargado de turistas, nos ha llevado a Positano, recorriendo las curvas vertiginosas de la Costa Amalfitana. He gritado: Marcello, Marcelloooo… entre risas, emulando a Diane Lane en “Bajo el sol de la Toscana”, esperando que el guapísimo italiano se asomase a un balcón que no consigo localizar. Así que decido bajar hasta la playa con la esperanza de encontrar aquel bar que regentaba su familia… pero solo encuentro restaurantes caros.
Antes, no obstante, no me he podido resistir a la foto junto a la baranda, la misma en la que Marcello decía aquello de…”Francesca, hay alguien para ti…” el vaporoso vestido blanco agitado por el viento, con el mar al fondo y la imagen de la cúpula de la Iglesia -la de la Assunta- con sus azulejos de color verde brillando bajo el sol.

Ahora repaso las fotos de nuestro viaje a la Costa Amalfitana y vuelvo a visionar el film. Como en un juego, intento buscar las diferencias: las mismas calles empinadas de Positano, flanqueadas por casitas pintadas de blanco, por cuyos balcones y terrazas asoman esplendorosas las buganvillas. Perfectas para recorrerlas sobre una vespa, sorteando a los curiosos que deambulan entre las tiendas para turistas, esas en las que venden cerámica pintada a mano, en tonos amarillos, como los motivos que la decoran, los limones, los famosos limones de Sorrento ¡Caramba!- exclamo desde el sofá de mi casa- ya se donde vive Marcello. Es lo que tiene observar un lugar a través de la cámara, como en el cine, uno nunca sabe si es real o simple atrezzo.

 

A Positano le ocurre lo que a muchas personas, que sin ser extremadamente bellas, resultan enormemente fotogénicas. Unos ojos azules, como el mar de Positano; un defecto apenas imperceptible que se pasa por alto en el conjunto armonioso del rostro; una luz especial; un perfume, otra vez el del mar que nos acompaña desde que hemos llegado, o el de las glicinas que cuelgan graciosas sobre un porche… Y así no se advierten algunos rasgos que la afean, como los techados de uralita junto a algunas casas, y las tupidas redes que cubren los huertos de limoneros- luego he sabido que para protegerlos del  sol- que ofrecen una imagen poco atractiva, sobre todo vistos desde lo alto, mientras nuestro autobús gira, vertiginosamente, en las últimas curvas justo antes de detenerse.

A ras de suelo todo resulta distinto. Siguiendo el larguísimo y serpenteante Viale Pasitea se alcanzan las callejuelas del pueblo, donde el aroma a limón es inconfundible: caramelos de limón, velas perfumadas, la apetitosa “delizia” que se vende en todas las pastelerías y, como no, el famosísimo limoncello, realmente bueno, distinto a cualquiera que se haya probado antes. Y un cierto bullicio, no demasiado agobiante- ¡No quiero pensar como será en verano!- de visitantes, que se confunden con la gente del pueblo que, en Viernes Santo, acompaña una procesión.

Abajo, sobre la arena de la playa, se trabaja para preparar la temporada: casetas donde alquilar embarcaciones, tumbonas o sombrillas… sin embargo la mejor vista de este mar se obtiene desde cualquiera de las terrazas de los hoteles que hay en Positano. Son pequeños establecimientos de aspecto sencillo, aunque la inmensa mayoría lucen 4 estrellas, las que otorgan una comodidad oculta a los ojos de extraños y el privilegio de ver el azul -cielo azul, mar azul- cada día al levantarse.

Guiados por el sentido común, nos alejamos de la playa y sus restaurantes pegados al mar para buscar alguna pequeña trattoria en la parte alta. No llegamos a contar las escaleras, pero creo que son alrededor de 400, por entre las que se abren ventanas al mar, pequeños callejones que dejan entrever retazos de horizonte.

Nos resulta complicadísimo encontrar uno de esos locales de comida a buen precio, ya que en Positano abundan los “Ristorantes”. Al menos la comida es buena- la fritura de calamares y gambas es excelente, al igual que la pasta con marisco- pero, a pesar de que hay muchas mesas vacías, veo demasiados turistas extranjeros y creo que ningún italiano entre los comensales. Seguramente lo mejor ha sido comer en la calle, bajo un entoldado, y disfrutar del limoncello al acabar.

El camino en dirección a la parada del autobús resulta duro después de la comida, pero nos permite encontrar la pequeña Iglesia dedicada a Santa Caterina, reconstruida por última vez en los años treinta y cuyo altar es lo único que queda de la estructura original, del S. XVIII.

El trayecto entre Positano y Amalfi no es apto para todos los estómagos y tan sólo la visión del panorama desde el autobús, que no circula a más de veinte kilómetros por hora, nos distrae durante el serpenteante recorrido. Durante el viaje -casi 50 minutos para completar 17 kilómetros- no nos abandona una continua sensación de vértigo, situados al borde del abismo, tan cerca del precipicio. La Costa Amalfitana es abrupta. Desde la ventanilla, vemos las rocas afiladas sobre las que tememos caer, tanto que cerramos los ojos de vez en cuando, como en una de esas atracciones de feria.

Intento no perder detalle, aprovechando las paradas que tiene que hacer el autobús para dejar paso a los que realizan el trayecto en sentido contrario o para sortear los vehículos aparcados en tantos miradores, puntos estratégicos desde los que obtener las mejores fotografías de la Costa Amalfitana. Así que resulta imposible que pase desapercibido un pequeñísimo pueblo, con sus casas enclavadas dentro de la roca, como uno de esos “pesepres” napolitanos. Un lugar curioso y lleno de encanto, merecedor sin duda del distintivo de “I borghi piú belli d’Italia” que descubro rápidamente… Furore – anoto en mi teléfono móvil , el método infalible contra la mala memoria-. Y del otro lado, el mar.
Busco rápidamente en la maraña de internet y me sorprende de nuevo. En la web del municipio leo:
” Furore, il paese che non c’è…”(el pueblo que no existe).
Merece la pena detenerse a leer con detenimiento, y anoto este lugar en esa lista donde etiqueto “lugares donde perderse”, aunque me asalta la duda : ¿Será posible disfrutar de la calma en medio de una de las rutas más turísticas de Italia?.
Al llegar a Amalfi tengo una extraña sensación, algo así como dicen los franceses un “dejà vu”. Y es que, una vez abandonamos la explanada junto al mar, donde paran todos los autobuses y se encuentra el parking, y nos dirigimos hacia el centro, me parece atravesar otra puerta, la de Monterosso al Mare en Liguria – que tan sólo unos meses antes habíamos visitado. Pero la sensación se desvanece en cuanto llegamos a la Piazza, en la que la impresionante fachada del Duomo, con su larguísima escalinata (hay quien afirma haber contado uno a uno hasta 99 escalones), nos hace elevar la vista y contemplar atónitos los reflejos, sobre los mosaicos dorados de su cielo, con la luz de la tarde.

La Catedral de Amalfi es un fiel reflejo de su historia; construida en el siglo IX, sufrió numerosas transformaciones, fue destruida y reconstruida, y aglutina por ello una variedad de estilos, como el árabe o el normando – por quienes fue conquistada la que fue la primera República Marinera de Italia- y posee un campanario de estilo románico. Pero, cuestiones arquitectónicas aparte, subyuga y sorprende encontrarla en medio del entramado de callejuelas que conforman el lugar. Como un testimonio de gloriosos tiempos pasados, el conjunto monumental de la Catedral- consagrada a San Andrés- incluye además el bellísimo Claustro del Paraíso, la Basílica del Crucifijo y la Cripta, en la que reposan la cabeza y los huesos del Santo.

Pero es el Claustro el lugar que mayor emoción me transmite, quizá por el silencio, quizá por la luz que a estas horas de la tarde se filtra entre los bellísimos arcos entrelazados, que descansan sobre 120 finas columnas dobles, herencia de la cultura oriental, por el color blanco, simple y puro, que permite reposar a nuestros ojos y seguramente a nuestras almas. No en vano, el llamado Claustro del Paraíso es el antiguo cementerio de los nobles de Amalfi, y en él se conservan algunos sarcófagos bellamente tallados.

Una vez reconfortado el espíritu, lo mejor es disponerse a recorrer sus calles, entre tiendas de souvenirs y productos típicos, donde se puede descubrir el secreto del presunto ardor amoroso de los amantes italianos: “la viagra natural”. Se ofrece en numerosos puestos y no es otra que la guindilla – el peperoncino- presente en tantas recetas tradicionales.

Después de callejear, una buena opción es pasear sin rumbo a lo largo del “lungomare” y esperar la puesta de sol. Impaciente, mientras tanto, yo sigo buscando:
– Marcello, Marcellooooooo…