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Escala en Portofino

Una escala en Portofino… Podría parecer, pero nada más lejos de mi intención, que intento dar publicidad a una conocida fragancia, de una de esas marcas que son sinónimo del lujo absoluto. Gesticulo ante el teclado intentando pronunciar con un afectadísimo acento y termino desmadejada por la risa. Aunque debo decir que el perfume al que me refiero posee un innegable frescor cítrico, que me recuerda a los limones de aroma profundo que se cultivan en la costa ligur, tan pegados al mar que su olor se confunde con el de la sal, que va y viene a merced de la brisa o de los cambios de dirección del viento.

 

«Escala en Portofino» no es el primer título que se me había ocurrido para esta entrada, pero es que el otro, algo así como «¿dónde quedó el glamour?», me pareció sarcástico en exceso. Porque en realidad lo mío fue una escala en Portofino, aunque no descendiese de un crucero de lujo ni de un yate privado sino de un simple barco de recorrido turístico . El que, sólo en temporada estival, los lunes, miércoles y viernes, hacía el trayecto desde Cinque Terre hasta el promontorio de Portofino, recorriendo la hermosa Riviera de Levante. Actualizamos: en 2018 el servicio se limitaba a los lunes y viernes.

 

Portofino

Photo by gminguzzi on Foter.com / CC BY-SA

 

Los toldos y hamacas de rayas azules y blancas, las casetas de playa, de madera o lona, a nuestro paso por las localidades balnearias de Bonassola o Deiva Marina, conforman una imagen idílica desde el agua, con cierto encanto decadente, a bordo del barco que se mueve más de lo deseable.

Intento concentrarme en el dibujo de la costa, en el mapa que sigo mentalmente, y de vez en cuando sobre el papel, en las torres y campanarios que asoman, entre el azul y el verde, cuando estamos frente a  Moneglia -ese pueblecito con enorme encanto y sus dos iglesias, que desde siglos atrás provocan un enfrentamiento dialéctico, una auténtica competitividad, entre sus habitantes: ¿cual de las dos es más bella, la de San Giorgio o la de la Santa Croce?…la verdad, no sabría por cual decantarme.

A pesar de ello no puedo olvidarme de un leve malestar en mi estómago, acrecentado seguramente por la visión de un pasajero pálido que soporta el viaje, apenas iniciado, tendido sobre el suelo de madera del barco, atendido por su esposa, con un paño húmedo en la frente. Ella le jura que regresarán en tren mientras pregunta, suplicante, a la tripulación si no hay ninguna otra parada, desde la última que hicimos, hasta Portofino.

El viento en la cara, mi afán en sujetar el sombrero de paja, tan coqueto, adornado con una cinta de gasa, que amenaza con salir despedido hacia arriba como un globo de helio, las gotitas saladas que saboreo en mis labios, me mantienen entretenida durante el trayecto. También la incertidumbre, la duda, una cierta actitud ansiosa por descubrir si el viaje valdrá la pena.

Portofino ocupaba un lugar secundario en mis preferencias cuando organicé nuestro itinerario. Alguien me dijo que no era mucho más bello que cualquier otro pueblo de la costa, solo que en lugar de puestos de souvenirs encontraría tiendas de lujo. Y yo, prejuiciosa, tal y como me reconozco, siempre afirmo que no me interesan los lugares que solo ofrecen la ostentación, el lujo y los caprichos de los ricos y poderosos. Aun así, decidí que lo mejor era comprobarlo personalmente, intentar averiguar porque este lugar, durante tanto tiempo, arrancó suspiros entre quienes pronunciaban su nombre… Portofino.

La última vez, y no hace tanto, que leí algo sobre Portofino fue en el suplemento dominical de un periódico: reportaje en blanco y negro, con fotos sugerentes que transportaban a otra época. Y es que, aunque siga siendo refugio de ricos y famosos, de grandes estrellas del cine, fueron los 50 y los 60 los años dorados de este antiguo pueblecito de pescadores.

 

Portofino

Photo by Dr Korom on Foter.com / CC BY-SA

 

Como he mantenido en mi cabeza esa imagen en blanco y negro, lo que más me sorprende arribando al pequeño puerto es el colorido que lo inunda todo; los ocres, anaranjados, de las fachadas cuidadísimas que refulgen con la luz del mediodía, los colores brillantes de los toldos que parecen recién repuestos, como si el sol y el viento, el salitre tan cercano, no les afectase en absoluto. Pero, sobre todo, el verde que todo lo rodea, allá donde desviemos nuestros ojos, que parece dar sombra y cobijo al visitante. No en vano estamos ante uno de los parques naturales más hermosos y ricos en especies. Las altas, y anchas, copas de los pinos mediterráneos me trasladan a la infancia, aunque son lo único que me la recuerdan.

El folleto turístico decía: «giro panoramico a San Fruttuoso». La antigua abadía, entre  Camogli y Portofino, es un auténtico oasis de paz, tan solo accesible desde el mar o a pie. Nos acercamos lo suficiente como para hacer algunas fotos, aunque me hubiese gustado sentarme en la orilla con los pies sumergidos en las aguas limpísimas de esta área marina protegida. Y, una vez más, como en tantas otras ocasiones, me digo aquello de «otra vez será…»

 

Photo by Ciccio Pizzettaro on Foter.com / CC BY-NC-SA

 

Desciendo, contenta de comprobar que el sombrero sigue sobre mi cabeza, sin peligro porque calzo unas alpargatas planas, mientras echo un vistazo a mi alrededor, aunque he tenido tiempo suficiente durante la travesía de examinar a mis compañeros de viaje: minúsculos biquinis, chancletas o camisetas anchas y descuidadas. No es que yo me haya ataviado como para acudir a una fiesta, pero basta un vestido de algodón fresco y mi sombrero de paja para destilar mucho más «glamour» que chanclas, camisetas o mini-shorts.

Estoy encantada de sentir el suelo firme bajo mis pies, y aunque es cierto que me reciben, desde los toldos, los rótulos y logotipos de las más lujosas marcas de moda, y que los tendeteres aquí ofrecen cachemir y maravillosas camisas de lino natural- a más de trescientos euros la pieza- tengo que reconocer que el pequeño puerto me parece hermoso, mucho más de lo que probablemente esperaba.

Aventurarse a comer en cualquiera de los restaurantes del puerto puede tener resultados nefastos para el bolsillo, salvo que el presupuesto no sea un problema, de modo que optamos por sentarnos en la terraza de un bar, el de aspecto más sencillo y normal posible. Aun así, un refresco no baja de siete euros… eso sí ¡Nos obsequian con un pequeño cuenco de patatas fritas!. Pero la parada merece la pena, y no sólo para refrescarnos, sino porque ofrece un lugar perfecto desde el que observar todo lo que sucede en la calle.

A nuestra derecha un matrimonio de jubilados ingleses, yo creo que procedentes de algún crucero o excursión, a tenor de la pegatina circular de color rosa que lucen en su camiseta- después observo que otros viandantes la llevan azul, verde…- toman una cerveza que han enfriado con cubitos de hielo. Me ofrecen la cubitera por si quiero enfriar la mía, a lo que respondo con una amplia sonrisa y un «no, thanks».

Una familia italiana- padres, abuelos y niños- ocupa otra contigua y cuando abren el folleto que hace de carta y leen los precios de los bocadillos se levantan rápidamente de las sillas, entre exclamaciones de incredulidad y ofensa. Yo reprimo la risa, aunque ya había mirado los precios sin inmutarme, y decidido que comería algo en el local de enfrente, un horno en el que no dan abasto a servir excelentes porciones de focaccia genovesa recién hecha.

Me recuesto en la silla, parapetada tras mis gafas de sol, e inicio esa especie de juego solitario de observar e imaginar las vidas ajenas. Gucci, Pucci, Dior… sin embargo la mayoría de las tiendas están vacías, si acaso con algunos turistas que curiosean. Y pienso, qué enorme contradicción, que la elegancia que exhiben los escaparates está muy lejos del aspecto de los viandantes: bermudas imposibles, sandalias con calcetines, cuerpos que se exhiben con exceso- con exceso de todo- y no dejo de preguntarme dónde están las mujeres hermosas, de estilizada figura y caminar sereno, las que emanan seducción y misterio, como en las fotos de aquel reportaje en blanco y negro.

Y surge, inevitable, la pregunta: Portofino… ¿dónde quedó el «glamour»?.

 

Portofino

Photo by Fabio – Miami on Foter.com / CC BY-NC-SA

 

Quedó en el aspecto cuidado de las calles, los barcos espectaculares que siguen atracando, la belleza de las casas – ay, quién pudiera…!- la belleza serena de una joven, al menos una, que camina erguida sobre sus tacones; la elegancia del nonno que peina hacia atrás sus cabellos canos acompañado de sus nietos, un niño de cabello rubio que camina junto a él con el cuello de su polo camisero levantado- he ahí un futuro modelo, pienso- y una niña delicada y delgadísima, como lo son la mayoría de las italianas -quizá algún día descubra el secreto-.

Quedó, y no podemos menos que bromear sobre el asunto, en los pequeños detalles de los callejones que nos guarecen del sol y el calor, en la ropa tendida en una ventana y
que, curiosamente, es del mismo color que la fachada, como si se hubiese mimetizado, o estuviese hecho a propósito, como si fuese de atrezzo o quisiera de algún modo demostrar que existe una vida normal y cotidiana en las casas que, a buen seguro, han dejado de ser modestas viviendas de pescadores.

Photo by TwnPines2 on Foter.com / CC BY-SA

 

A través de los callejones llegamos hasta la escalinata que sube a la Iglesia de Divo Martino, consagrada a San Martín de Tours. El adoquinado de la explanada sobre la que se yergue dibuja un bello mosaico. Nos acoge con el frescor que ofrecen siempre los templos. Recientemente se han realizado diversos trabajos de restauración ( no recuerdo la cantidad del proyecto) para lo que, en un cartel, se solicitan aportaciones. Y pienso, que contradicción, que el valor de cualquiera de los «barquitos» atracados en el puerto bastaría para cubrir el importe, o unos cuantos vestidos de alta costura, un bolsito de aquí, unos zapatos de allá, un poco de cachemir y lino…

 

Photo by Dr Korom on Foter.com / CC BY-SA

Es una pena que mi barco tenga hora de partida, apenas unas pocas para disfrutar del lugar, porque me quedo intrigada, deseosa, de averiguar que ocurre en Portofino cuando la luz del sol se esconde, las farolas se encienden y las velas en las mesas de los restaurantes invitan a sentarse. ¿Aparecerán entre las sombras las mujeres bellas y los hombres elegantes?.

Apenas unos minutos para partir, y doy una última vuelta por el muelle.De repente, no puedo resistirme: ¡rebajas! al 50%…no es Gucci, ni Pucci, ni Chanel, pero siempre podré presumir de unos bonitos foulards de algodón y una estupenda bolsa de playa, de una marca francesa, comprados en Portofino.