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Blanca primavera en Radicofani

Radicofani,  20 de marzo de 2008. Recuerdo la fecha exacta porque el día anterior habíamos llegado con cierto retraso, debido a un problema en nuestro vuelo, así que tuvimos que postergar nuestros planes de acercarnos hasta Siena en una fiesta tan señalada como San Giuseppe. Amanece apenas en Radicofani (Siena), y los copos leves, suaves, casi imperceptibles, se confunden con el humo de las chimeneas…será ceniza- comenta alguien. Salimos a la calle y el viento helado nos despierta del todo, mientras sonreímos, como niños, cuando la nieve nos salpica la ropa. Caminamos por la estrechísima Via del Moro, donde se ubica nuestro apartamento «Bellavista»; muy acertado el nombre pues desde la ventana se descubre el paisaje de la Val D’Orcia, en este pequeñísimo Borgo elevado mas de 800 metros por encima del nivel del mar. Como ya os contamos en otro post, Roberto, el propietario, se encargó personalmente de su restauración, en un edificio que data del siglo XIII.
radicofani val d'orcia

 

Este pueblo medieval, no tan conocido como otros en el Valle, posee un encanto y una belleza irresistibles. Visible desde la carretera mucho antes de llegar, destaca la Rocca, el castillo que vigila todo su entorno y donde se atrincheró su héroe local, Ghino di Tacco. Perteneciente a una de las familias de la aristocracia de Siena, en el S.XIII se convirtió en una especie de «Robin Hood» en la Toscana, de hecho encontraréis una estatua en su honor en una de las calles que circunvala la población, una vez se deja atrás la Iglesia parroquial de San Pedro . La Iglesia, construida entre los siglos X y XI, y  declarada monumento nacional, contiene una escultura de la Anunciación, obra de Andrea della Robbia.

 

Radicofani

Marina decidida a unirse a la banda de Ghino di Tacco

Radicofani huele a leña, que se quema en las chimeneas y estufas de esas casas antiquísimas. Los techos, me he fijado en nuestro apartamento y no he podido evitar el «fisgar» a través de las ventanas y balcones abiertos, se cubren de ladrillo refractario entre las vigas de madera.
Pero si hay un aroma que no he podido olvidar es el del pan recién hecho en el horno del pueblo. Pan cocido en la leña, que huele a pan, que sabe a pan, y junto a éste pizza, bizcochos y otras delicias irresistibles. Pedimos «pane salato» porque de lo contrario el pan toscano es soso, me costó averiguarlo en nuestro primer viaje a Toscana y fue de casualidad; en un horno de Pienza pedí pan y me dijeron que «sólo les quedaba salado». Escondido en el Vicolo del Teatro, junto al horno, uno de esos estupendos alimentaris que tanto me gustan en Italia, «Pane e companatico», donde compramos un buen pecorino, embutidos y paté casero para preparar los opíparos desayunos que uno sólo puede permitirse cuando está de vacaciones. La amabilísima propietaria nos ofrece degustarlos cada día al hacer la compra.
Estamos pendientes del tiempo, y buscamos en las noticias de televisión la manera de averiguar el estado de las carreteras. Cuando llega Roberto nos dice que en Montepulciano no hay nieve pero que en otras poblaciones del Val D’Orcia, más cercanas a los Montes Amiata, es dificil circular; así que cambiamos la ruta prevista para ese día esperando que el tiempo mejore. De hecho, en los días siguientes, cuando visitamos  Bagno Vignoni o Castiglione D’Orcia, nos encontramos con bellas estampas propias de una postal navideña y no de esa primavera que acaba de estrenarse en el calendario.

Inolvidable la belleza de las calles empedradas, de la puerta en su muralla, de la tranquilidad que sólo se verá levemente alterada cuando a partir del sábado de Pascua las familias lleguen al pueblo para reunirse con padres, abuelos o tíos. En la noche de Viernes Santo, la procesión con el Cristo crucificado recorre las calles de Radicofani, acompañada de la banda de música.Su Semana santa ha sido declarada como una de las más bellas de Italia (en el séptimo puesto según el portal Skyscanner) y precisamente esta procesión de Viernes Santo es la más antigua de toda la Toscana.

En las pastelerias se preparan los dulces típicos de estas fiestas, entre ellos un bollo (la schiacciata de Pascua)  que se comparte en las meriendas campestres el domingo de Pascua y también el lunes, que en Italia se celebra y conoce como «la Pasquetta».

En Radicofani, mucho más que en otros lugares de la Toscana en los que  quizá estén un poco cansados del exceso de visitantes, la gente es amable y comunicativa. Marina acudía al «internet point», de conexión lenta e imposible, a su vez tienda de informática y de revelado fotográfico, donde Niccola y los pocos jóvenes que se ven por el pueblo se reúnen para charlar. Uno de ellos nos muestra orgulloso la foto de una de esas vacas de raza autóctona de tamaño descomunal; nos dice el peso del animal, no lo recuerdo, pero quedamos impresionados. Nos habla en italiano a veces demasiado rápido para nosotros.
Guardo hermoso recuerdos de esos días, de las estupendas pizzas que Mateo nos servía en «Il Pana», y del limoncello al que nos invitaba al terminar la cena; y del magnífico restaurante «La Grotta» -acudimos siguiendo la recomendación de Roberto-  donde comimos la mejor lasagna ai funghi (setas) que he probado hasta ahora, acompañada del estupendo vino de la casa que sirven, y los irresistibles dulces a la hora del postre, tarta millefoglie o tiramisú elaborados en la pastelería del pueblo.

 

Nada nos hacía sospechar que aquella iba a ser una blanca primavera en la Toscana; nuestra esperanza era poder vislumbrar las primeras flores salpicando el verde en los alrededores de Siena. Pero aquello fue lo que nos encontramos… por si acaso, la última noche antes de partir bajamos el coche desde la calle empinada que rodea la muralla y lo aparcamos en la parte baja. Menos mal, porque aquella noche nevó copiosamente. Lo último  que recuerdo es la imagen de los toldos y mesitas de la terraza del bar, a la entrada del pueblo, cubiertos por un grueso manto blanco cuando apenas amanecía.

 

Radicofani Rocca Val d'orcia

La Roca de Radicofani, que cada noche velaba nuestro sueño, nos hacía imaginar grandes gestas junto al héroe Ghino di Tacco. Es una lástima que Roberto ya no alquile su casa, la que por unos días sentí como propia, para poder regresar a ese rincón soñado, lejos del turismo bullicioso, donde perderme entre las curvas, pronunciadísimas, de las carreteras; dejarme engullir por los campos donde crece el grano duro, ese que da sabor y textura diferentes y únicos a la pasta, para buscar la sombra, aunque sea estrecha y alargada, de los cipreses que coronan las colinas.

Roadtrip por el sur de La Toscana: 5 días en la Val d’Orcia

Alquilar un coche es la mejor opción para recorrer lentamente la mágica y única Val d’Orcia, al sur de la Toscana. Nosotros, que ya conocíamos bastante bien la región, queríamos regresar a esta zona en concreto. Nuestro primer viaje fue en verano, cuando las colinas de la Val d’Orcia se asemejan más a las dunas en un árido desierto, así que estábamos ansiosos por descubrirlas con el verde intenso del trigo sembrado.

Si disponéis al menos de 5 días, os proponemos un recorrido, tal y como hicimos nosotros, para descubrir los lugares más famosos pero también otros menos conocidos.

Alquilamos un coche familiar en Roma, porque allí es donde aterrizamos, y viajábamos 5 personas. Podéis comparar precios y escoger lo que mejor se adapte a vuestras necesidades en esta web. Depende de vuestro aeropuerto de salida quizá tengáis disponibles vuelos a Florencia o Pisa.

La Val d’Orcia patrimonio de la Humanidad

En el año 2004 entra a formar parte de los lugares Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Los criterios: «la Val d’Orcia es un reflejo de la forma en la que se reescribió el paisaje para reflejar los ideales del buen gobierno y para crear imágenes estéticamente agradables». De hecho, la bellísima ciudad de Pienza se considera la ciudad ideal según los cánones renacentistas.

La orografía de la Val d’Orcia resulta inconfundible. Sobre las cumbres, pequeñas cumbres de las colinas, los «Podere» (granjas o caseríos) vigilan un paisaje infinito, como faros lejos del mar que guían nuestros pasos. Las hileras de cipreses nos conducen hasta ellos… ¡Cómo si fuese posible perderse en el camino!.
Recuerdo perfectamente aquel primer día de nuestro viaje:  en el cielo había tan sólo algunas nubes, las pocas que no había podido arrastrar una lluvia aun reciente.

Es uno de tantos parajes que encontraréis a lo largo de la «strada statale» 146 que al llegar a San Quirico d’Orcia confluye con la Via Cassia, antiquísima calzada que parte de Roma hacia la Toscana, y que nos permite descubrir algunos de los rincones mágicos de esta región.

Alojarse en la Val d’Orcia

Escogimos uno de los lugares seguramente menos conocidos de la zona, con las ventajas que ello conlleva: tranquilidad, precios más contenidos y nada de aglomeraciones ni masas de turistas.

Radicofani Val d'Orcia

Radicofani es un precioso pueblo amurallado en la zona más al sur de Toscana, en la provincia de Siena. El apartamento en el que nos alojamos, en la estrechísima Via del Moro, se llamaba «Bellavista» -muy acertado el nombre- pues desde la ventana se descubría el paisaje de la Val D’Orcia. Roberto, el propietario, se había encargado por completo de su restauración. Desgraciadamente Roberto ya no alquila el apartamento (quisimos regresar en otra ocasión y no fue posible).

Precisamente por eso, él fue quien nos facilitó el contacto de la que ya consideramos nuestra casa en Toscana, a poco más de 40 kilómetros de allí, en la no menos hermosa localidad de Montefollonico.

Descubrir la Val d’Orcia

Con la comodidad y la libertad de viajar a tu aire en coche, os proponemos algunos de los lugares que nos gustó descubrir en este segundo viaje a Toscana.

Por supuesto, es «obligatorio» visitar localidades como Pienza y seguir ruta hasta San Quirico d’Orcia o la encantadora localidad de Montalcino, famosa por sus vinos. Os permitirá disfrutar del idílico paisaje de colinas y cipreses y hacer algunas de las fotos más famosas de la Toscana. El único inconveniente que podéis encontrar es que haya un exceso de turismo pero ¡qué se le va a hacer!

Siguiendo esta ruta os proponemos que os desviéis un ratito para visitar el antiguo monasterio de Sant’Anna in Camprena, perteneciente a la orden de los Benedictinos en el siglo XV, convertido hoy en un hotel. El lugar es conocido porque allí se rodó la película, protagonizada por Juliette Binoche y Ralph Fiennes, «El paciente inglés». También en los alrededores se obtuvieron algunos de los más bellos paisajes de «Gladiator». Pero, por encima de todo, el lugar invita a quedarse, a disfrutar de la paz y el silencio de las antiguas celdas, a contemplar el paraje apartado y solitario, a pesar de que tan sólo 6 kilómetros nos separan de la bella, turística y más concurrida ciudad de Pienza.

Muy cerca de allí, la serpenteante carretera que sube a Monticchiello, os recordará inevitablemente a la imagen de la publicidad de una famosa marca de pasta y pizzas italiana.
Abandonamos las sinuosas colinas que rodean a Pienza y San Quirico para dirigirnos hacia el más agreste paisaje que rodea el Monte Amiata, parque nacional, de origen volcánico. En este recorrido encontramos numerosas fuentes termales, cuyos beneficios descubrieron ya los etruscos, muchos siglos antes de que llegara la moda de los «spa».

» Vietato il bagno» (prohibido el baño), se nos advierte ante la enorme piscina de aguas sulfurosas que ocupa la piazza en Bagno Vignoni, donde se reflejan las casas de piedra, bellas y austeras, que la rodean. Lorenzo de Medici y Santa Catalina de Siena encontraron alivio para sus enfermedades en estas aguas y hoy algunos pueden hacerlo en los hoteles-centros termales abiertos al público.

En Bagni San Filippo seguimos el sendero (indicado) que nos dirige hasta el fosso bianco, donde la enorme roca calcárea que parece cubierta de nieve perpetua y que algunos llaman «la ballena blanca», se yergue sobre las pozas de agua que pueden alcanzar los 52 grados. La primera vez que contemplé este paraje fue en una película, de tan pésima calidad que ni siquiera recuerdo su título, creo que relataba la experiencia de un escritor americano falto de inspiración, y quedé tan impresionada por el lugar que me prometí visitarlo en cuanto tuviese ocasión.
Bagni San Filippo Val d'Orcia
Un gato gordo y perezoso dormita sobre el empedrado de la Piazza il Vecchietta, en Castiglione d’Orcia, cuyo nombre hace honor al pintor y escultor Lorenzo di Pietro. Marina persigue al manso felino con su cámara, mientras él parece gozoso de posar ofreciendo su panza a las caricias y mimos. Busca un lugar privilegiado al sol, junto al pozo de mármol travertino, de 1618, que preside la plaza silenciosa, frente al Palazzo Comunale.
Las callejuelas, estrechas y llenas de escaleras, nos conducen hasta otra plazuela, más animada por algunos niños y lugareños. Dos pequeñísimas mesas se disponen ante la entrada de «Il Ritrovino», bar, enoteca, alimentari… un local con escasas mesas en el que no nos resistimos a un café y una porción de tarta casera, bizcocho con almendra o chocolate. Curioseo en la alacena, que expone productos de agricultura biológica, mermeladas, salsas y farro, la primera vez que veo el grano utilizado en la famosa zuppa. Se asemeja al trigo, más pequeño, pero su sabor una vez cocinado es más parecido al de las lentejas, al menos en mi recuerdo.
Castiglione d'Orcia Val d'Orcia

Piazza il Vecchietta

La Roca de Tentennano, del siglo XIII, permanece para recordar un pasado de luchas entre Siena y Florencia, eternas rivales,  a quienes perteneció en unos u otros momentos de la historia, y en cuyos muros se refugió santa Catalina de Siena. Aunque parece ser que la suya fue sobre todo una misión de paz, intentando apaciguar a los señores de la Val d’Orcia, más allá de un simple retiro espiritual.
No es el único vestigio de las continuas luchas que vivieron estas tierras: la posición estratégica de algunos «borgos», amurallados una gran mayoría, y los restos de otras torres o fortalezas son buen ejemplo del espíritu duro y orgulloso de quienes los poblaron desde hace siglos.

Si os adentráis en el Parque natural del Amiata encontraréis pequeñísimos pueblos que os recordarán donde estáis pero no por su orografía ni paisaje (nada de colinas ni cipreses) Nombres como Vivo d’Orcia, Campliglia d’Orcia, o Ripa d’Orcia. Lugares con encanto que no aparecerán en la mayoría de las guías pero que os proporcionarán el placer de recorrerlos con absoluta tranquilidad y libres de turistas.

 

Qué visitar desde la Val d’orcia

Si disponéis de tiempo (al final todo depende del ritmo de cada uno) hay otras lugares muy interesantes que podéis visitar desde vuestro punto de partida en la Val d’Orcia. En 5 días y en modo «slow travel» os sugerimos algunos de nuestros lugares favoritos.

Siena

Eterna rival de Florencia, hasta el siglo XIV dominó la región. Su característica Piazza del Campo en la que se celebra cada año una de las fiestas más famosas del mundo, Il Palio,  y su Catedral (también Patrimonio de la Humanidad UNESCO) son solo algunos de los atractivos que ofrece. Los seneses se muestran orgullosos de serlo y , a pesar del turismo, la ciudad mantiene su caracter propio.

Tengo que confesar que es una de mis ciudades preferidas en Italia y que la hemos visitado en numerosas ocasiones.

Las ciudades del Tufo: Pitigliano, Sorano y Sovana

A unos 50 Km desde nuestro punto de partida (Radicofani) y ya en la provincia toscana de Grosseto, se encuentran estas tres localidades cuya característica es estar construidas, muchas de ellas excavadas en la propia roca, con el tufo, o toba volcánica.

Con una importantísima presencia de necrópolis etruscas en los alrededores, especialmente entre Sovana y Sorano, podéis hacer visitas guiadas (aunque nosotros desistimos porque aquel día llovía a mares)

Pitigliano es conocido como «la pequeña Jerusalén». La ciudad acogió desde el siglo XVI a una numerosa comunidad judía con la que se estableció una excelente convivencia. El Palazzo Orsini, la Sinagoga, y recorrer las callejuelas del antiguo barrio judío bien merecen una escapada.

Roadtrip Val d'Orcia

 

Si volvéis al aeropuerto de Roma, desde la Val d’Orcia, os sugerimos dos lugares de paso ,en los que deteneros, que seguro no os dejan indiferentes: la bellísima Orvieto, con su impresionante Catedral,  y Civita di Bagnoregio, la ciudad que muere (dicen que su terreno arcilloso se desmorona cada año)

Esta es la libertad que te proporciona conducir a tu aire con un coche de alquiler ¡Por muchos roadtrips más, viajeros!

Pienza: la Via dell’ Amore, el pecorino y mi amigo Lapo

Ni las calles de París, ni un paseo en góndola en la idolatrada Venecia… ¿Existe algo más romántico que pasear por la Via dell’ Amore en Pienza? Eso es lo que os encontraréis en la que es, sin duda, una de las ciudades más bellas de la Toscana. Junto a la calle del Amor, la Via della Fortuna y al otro lado la Via del Bacio (la calle del beso). El paseo más romántico es el que recorre la Via delle Mura, la antigua muralla que protege la ciudad, desde dónde se divisa una de las mas hermosas vistas de la Val d’Orcia.

Pienza esta considerada la «ciudad ideal», según los cánones renacentistas. El Papa Pio II, durante el siglo XV,  encargó al arquitecto Bernardo Rossellino la construcción de varios edificios en su ciudad natal, entre ellos el Duomo, el Palacio Papal y el Ayuntamiento. No dejéis de visitar la oficina de turismo, emplazada en el bellísimo Palazzo Pubblico. En su patio interior hay un pozo y una luz especial que todo lo envuelve.
A pesar de que Pienza es una ciudad pequeña, por muchas veces que la recorras, nunca deja de sorprenderte la belleza del trazado de sus calles, los rincones que descubres… La calle principal es el Corso il Rossellino, llena de tiendas y con un inconfundible aroma a algo muy típico de Pienza, el pecorino. Seguramente la mayoría pensará que una calle que huele a queso no tiene nada de romántico, pero para los gourmets ¡es todo un placer! Este queso, elaborado con leche de oveja, lo encontraréis en muchos lugares de la Toscana, pero ninguno goza de la merecidísima fama como aquel que se elabora en Pienza. Es cierto que la mayoría de los establecimientos que os ofrecen éste y otros productos típicos de la zona, como las excelentes mermeladas (No sólo para el desayuno, probad las de cebolla o berenjena con manzana para acompañar el queso) la pasta (especialmente pici, la más toscana), las hierbas aromáticas o las salsas a base de trufa blanca o negra, no son precisamente baratos, pero os diré un pequeño truco: cuanto más os alejéis de la entrada a la ciudad por el Corso, los  precios de estos productos disminuyen, quizá no sustancial, pero si sensiblemente.
 
En mi segunda visita a Pienza disfruté si cabe más de la ciudad. Creo que ésto es algo normal, pues uno ya no llega con la urgencia del que todo lo quiere ver, una vez se conocen ya su Catedral, sus Palazzos y Museos, y se limita a disfrutar del paseo, el ambiente y sus tiendas de productos artesanales. También era una temporada no tan «alta» para el turismo y, de hecho, la mayoría de visitantes eran italianos. Recorríamos, una vez más, el Corso il Rossellino para comprar alguna de las delicias que allí se ofrecen, y era un verdadero placer hacerlo sin aglomeraciones. Allí descubrimos a Lapo. No tenía mas de 6 ó 7 años y en una mesa fabricada con cartón ofrecía su mercancía. Me pregunté si era mera diversión, un entretenimiento para el niño mientras su madre trabajaba, o quizá precisamente ella (dueña de la carnicería junto a la que estaba sentado) con una mayor visión de «negocio» le habría dado la idea.
Lapo pintaba sobre trozos de cartón de embalar, con su cajita de acuarelas y trazo infantil, imágenes de los paisajes típicos toscanos, a semejanza de los souvenirs y postales. «Ogni quadro 1 euro» rezaba en el cartel. La verdad es que nos resultó tan gracioso que no nos resistimos a pararnos y observar. Lapo, con sus mejillas regordetas y sonrosadas, daba buena cuenta de un bocadillo de salami, que solo dejaba a un lado para usar el pincel. Pedimos permiso a su madre para sacarle una foto ¡Previo pago de otro euro! y, por supuesto, compramos un cuadro que aún conservo. Si caímos en la «trampa para turistas» o no, prefiero no saberlo.
 
Calculo que Lapo transita en este momento por esa edad incierta de la adolescencia. Quizá recorre la Via dell’Amore o besa a su primer amor en la Via del Bacio. También me pregunto que habrá sido de su afición a la pintura, si va camino de convertirse en un famosísimo artista y yo soy la afortunada dueña de una de sus primeras obras.

La Capilla di Vitaleta, la foto más famosa de la Toscana

Ilustra la portada de guías de viaje, aparece en primer plano en las búsquedas de imágenes de Google, la encontraréis en cualquier libro sobre la Toscana y en muchas películas  rodadas en estas tierras…os hablo de la Capilla de Vitaleta.

Existen otras pequeñas Capillas como ésta, y las podréis ver recorriendo las serpenteantes carreteras rodeadas de colinas, pero Vitaleta se ha convertido sin duda en un icono de la Toscana. La Capilla entre cipreses, inmutables con el cambio de estación.

Ha sido inmortalizada por grandes fotógrafos, Andrea Rontini, Stefano Caporali… (por cierto, de nuestro curioso encuentro con el primero en su galería de Castellina in Chianti os hablaré en otra ocasión) y por miles de personas que han quedado cautivadas por este lugar único.

Me resulta muy difícil transmitir  todo lo que la visión de este lugar nos produjo, y es que en este caso aquello de que «una imagen vale más que mil palabras» no es del todo cierto. Por muchas fotos que veamos no es posible hacerse una idea, hay que estar allí para abarcar con la mirada ese amplio paraje casi desierto, donde las colinas se suavizan todavía más si cabe, y que mantiene la misma calma desde hace siglos.

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La primera vez que divisamos la Capilla de Vitaleta hacíamos la ruta que va desde Montalcino hasta Montepulciano, dejábamos atrás San Quirico d’Orcia para dirigirnos a Pienza y nos dimos de bruces con esa imagen que tanto habíamos visto mientras preparábamos nuestro viaje. Es complicado encontrar un lugar donde parar el coche cuando transitas por las estrechas carreteras de la Toscana, pero lo hicimos…era el mes de agosto y el paisaje nos resultó impactante. El color de las colinas en verano las convierte en una serie de ondulantes dunas, resulta árido, duro, como si de un desierto se tratase… sólo la presencia de los cipreses te reconcilia con la naturaleza.

La segunda vez que visitamos este paraje era a finales de marzo. La visión que nos ofrecía era radicalmente distinta y las colinas eran de un verde imposible. Las nubes proyectaban su sombra sobre los campos de grano y los hacían «bailar» ante nuestros ojos. Esta vez no nos conformamos con tomar unas fotos desde la carretera, y a pesar del cartel de «propiedad privada» decidimos bajar por aquel camino. Nos cruzamos con un coche y preguntamos si se podía acceder hasta la Capilla por allí. Resultó ser el propietario de un agroturismo, cuya propiedad estábamos «invadiendo», quien nos indicó que hasta la misma Capilla no… ¡sólo faltaba! pensé. Aparcamos delante de su casa, y nos adentramos en el camino ligeramente embarrado (en esos días había llovido, incluso nevado en otras zonas no muy lejos de allí). El viento era fresco, pues ese año (2008)  la primavera había hecho caso omiso del calendario y decidió que no era el momento de regalarnos temperaturas más suaves, así que se limitó aobsequiarnos con las lluvias frecuentes en la Toscana durante esa estación.

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Pensé que el relato de lo que vivimos ese día iba a resultar más sencillo, pero se me está haciendo muy difícil. Caminar entre la hierba que me llegaba hasta más arriba de las rodillas, respirar aquella paz profunda y llegar hasta la Capilla de Vitaleta para tocar sus muros… no es una cuestión de creencias religiosas, aunque en esta capilla apareció una imagen de la Virgen atribuída a Adrea della Robbia que actualmente se encuentra en la Iglesia de la Madonna di Vitaleta  en San Quirico d’Orcia. Se cree que la imagen se compró en Florencia en el S. XVI y que formaba parte de una Anunciación. La Capilla, como todo el Valle d’Orcia, está declarada patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, aunque me apena enormemente su deterioro.

Como decía, no se trata de creencias o no… en este lugar, simple y llanamente, uno se reconcilia con la vida o consigo mismo. Uno puede cerrar los ojos y escuchar el silencio infinito que todo lo envuelve, y aun así, privado de la visión, la imagen permanece.

Hace ya un tiempo, compré un libro cuyo título sería muy adecuado para este artículo, o quizá el autor hubiese debido incluir en el mismo este lugar de la Toscana. Se trata de «Lugares donde se calma el dolor», de César Antonio Molina, y en su contraportada se puede leer:

» ¿Existen lugares donde estamos libres del dolor, donde no nos puede alcanzar la muerte? Acercarnos a ellos es entrar en contacto con espacios donde el tiempo se detiene a la manera de una especie de limbo a salvo de todo»…

Eso es exactamente de lo que estoy hablando… en este lugar en el que,  aunque os pueda sorprender, hay quien me ha pedido reposar para siempre.